19 octubre 2007

La que se parió a sí misma

Por Delfina Acosta

La que se parió a sí misma es esa mujer que, nacida, venida nomás al mundo, fue recibida alegremente, por cierto, en un ambiente con olor a anestesia y mercuro cromo.Ella lloraba, como corresponde, y una voz femenina le pedía que guardara silencio.La que se parió a sí misma es esa mujer que en su niñez no recibió más que leche de desdichas. Cierto: la amamantó –suficientemente– la madre en horarios controlados y le limpió los ojos y le cortó las uñas. Pero luego, ya crecida, no supo casi del cariño, de la honda ternura de aquel ser humano que le dio la vida.

No supo de cuentos sobre duendes y cometas al caer la noche, sino de reprimendas por tocar el pan, por ensuciar el mueble principal de la sala, por despertarse a medianoche, por limpiarse mal los dientes.

Existen tantas mujeres que tuvieron apenas la compañía de una madre. La indiferencia, a veces, fue el lenguaje.

Miren que hay madres buenas y bondadosas, pero también, señores y señoras, las hay histéricas, crueles y violentas.

Me refiero a aquellas que descargan cachetazos como rayos en las mejillas de las criaturas.

Vivieron una infancia triste muchas mujeres.

A algunas les tocó una progenitora neurasténica, y adicta, quizás, a las píldoras para dormir o al alcohol.

A otras les tocó ser hijas de una señora empecinada en llevar a cabo sus caprichos y egoísmos en el acto.

A tantas les ha tocado en suerte “artistas” que convertían el hogar, día tras día, en el gran teatro del mundo, cuando gritaban al marido sus miserias humanas, buscando una riña.

Se sabe que ellas, hijas, a su vez, de la desdicha, han repetido –fielmente– la conducta de sus progenitoras.

No tuvieron, al fin y al cabo, la culpa de su terrible conducta. Esta es mi versión sincera.

Pero yo aplaudo a la mujer que se parió a sí misma.

A aquella que, a pesar de la indiferencia casi inhumana destilada por quien le dio la vida, ha aprendido a moldear su carácter.

Estoy hablando de la mujer que se parió a sí misma, que sola alma se educó, que se liberó de las pesadillas y pudo dejar atrás el recuerdo de una infancia llena de frustraciones.

Ella ha logrado, pariéndose a sí misma, convertirse en una persona útil a sí misma, a su familia y a la sociedad.

La mujer que se parió a sí misma, siendo ya madre, sabe que no debe repetir el fallido modelo de crianza en su hijo.

Conoce desde muy lejos qué cosas hacer y qué cosas no hacer.

La que se parió a sí misma habla amigablemente con su hijo, le da consejos básicos, elementales, y se acuesta con él en la cama para contarle que el mundo, a pesar de sus luces y de sus sombras, es un lugar donde se puede ser feliz.

¿Me equivoco, acaso, cuando digo que hay crianzas enfermizas, generadoras de penas, traumas, complejos e impedimentos innumerables para salir mal despachados a la sociedad? ¿Me equivoco?

Y luego, por ahí, por allí y por allá, una señorita cuenta que quiere ser madre, y trae un hijo al planeta, pero lo asfixia –tempranamente– con su temperamento colérico y su ánimo marcado por la melancolía y la inmadurez.

La mujer que se parió a sí misma sabe cuán difícil, por cierto, fue ser niña.

Se limitó a jugar sola, rayando con tiza las paredes de los corredores. Cuando la soledad del dormitorio era muy grande, noche tras noche, al despertar lloraba por cualquier cosa.

O gemía. Había una voz que le gritaba rayando el disco: “¡Chiflada!”. Ha de saber la madraza, que se debe a su linaje.

Ha de reconocer la madre que el cariño puede más que el regaño, que los límites fueron hechos para ser respetados, que un abrazo grande y fuerte es cuanto el niño mocoso y llorón necesita tanto como un vaso de leche.

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