07 diciembre 2010

Elogio de la Lectura y la Ficción




Discurso pronunciado por Mario Vargas Llosa con ocasión de recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, el 7 de diciembre de 2010.

Texto completo Fuente: Fundación Nobel.

18 junio 2010

El día que conocí a José Saramago


La noticia me golpea apenas despliego la primera página de la prensa digital española. El escritor portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998, falleció esta madrugada en su casa de Lanzarote. Tenía 87 años y estaba fatalmente enfermo.

Los buenos escritores no deberían morir o, en todo caso, deberían de tener más de una vida. También los poetas, los pintores, los músicos, en fin, los cultores y hacedores de cualquier género artístico que interpretan, reflejan y reiventan la vida a través de sus obras.

Para mi, Saramago es clase aparte. Lo conocí en Madrid, durante una conferencia en la Biblioteca Nacional a la que asistí contra lluvia y viento. Fue en las postrimerías del invierno en 2005. Ese día me fugué de la clase de última hora y salí disparada de la universidad. Una garúa persistente y prolongada entorpecía el tráfico. Un viento malhumorado destruía los paragüas. Un montón de gente llenaba los andenes del Metro en Getafe. El trayecto se me hizo más largo que de costumbre, pero llegué a tiempo para elegir una silla en la cuarta fila del salón donde se realizaría el acto. Para entonces Rosa Regás era la Directora General de la Biblioteca Nacional.

Al cabo de veinte minutos de espera, durante los cuales algunos de los asistentes no hicimos otra cosa que comentar sus libros, Saramago entró acompañado de su esposa, Pilar del Río, y de otras cuatro personas que compartieron la mesa del podio con él. En el salón había tanta gente que muchos tuvieron que permanecer de pie durante toda la charla. Era un hombre alto, delgadísimo y huesudo. Vestía un traje gris y una corbata oscura. Entró moviendo la cabeza como un ventilador en mínima velocidad, mirando alternativamente de un lado al otro del salón. Saludó con una amplia sonrisa en la que sus labios desaparecieron y sus gafas se agrandaron.

Habló un poco de su vida en Portugal, de sus lecturas juveniles mientras trabajaba en diversos oficios. Dijo que aprendió a escribir leyendo a otros autores. Su español tenía un marcado acento portugués y con frecuencia parecía que intercalaba palabras en esta lengua, pero era por la pronunciación. Dijo que escribía en portugués y luego su esposa traducía sus textos. Ella, sentada en la tercera fila, entre el público, le devolvía una mirada cargada de admiración y asentía con cierta timidez. Habló acerca de algunas de sus obras, en particular, de "El evangelio según Jesucristo", "El año de la muerte de Ricardo Reis", "La caverna" y sus "Ensayo sobre la ceguera" y "Ensayo sobre la lucidez". Hizo algunas precisiones respecto de su estilo literario: porqué inserta los diálogos en la narración, porqué casi no usa puntos y aparte, porqué escribe de corrido, porqué en algunas obras -por ejemplo, en Caín- no usa versales para los nombres propios...

Me quedé hasta el último minuto, cuando ya toda la audiencia se había marchado, para saludarle personalmente. Mientras firmaba algunos libros que los asistentes llevaron, conversé unos minutos con su esposa Pilar y fue ella quien nos presentó. "Esta es chica es venezolana", le dijo. Saramago estrechó mi mano y se inclinó para intercambiar un beso en la mejilla. Y antes de que yo le dijera algo, me lanzó la pregunta que, desde 1999, suelen hacernos los extranjeros: "¿Cómo está Chávez?" Debe estar bien, porque sigue en el poder, le contesté. El se rió, echando la cabeza hacia atrás. Y a usted, ¿por qué le agrada un tipo como Chávez?, le pregunté. Me respondió con una generalidad: "Todos los pueblos necesitan una revolución para madurar". Caminamos juntos hasta el hall de la Biblioteca Nacional. Por supuesto, le expresé mi admiración por su talento y su trabajo de escritor. Pero también le manifesté que no compartía en lo absoluto su postura respecto del gobierno de mi país. Como en ese momento no cargaba ningún libro suyo en mi mochila, aceptó estampar su autógrafo en mi libreta de apuntes. Me dio un par de consejos acerca del oficio de escritor y nos despedimos.

Antes de sumergirme en la estación del Metro de Colón, llamé por el celular a mi amigo Gabriel Planas para contarle que acababa de conocer a Saramago. Eran las 9 de la noche en Madrid... y las 3 de la madrugada en Venezuela. Pero a Gabo no le importó que le despertara, porque nadie mejor que él entendía la importancia de este encuentro. Espero que ahora, estando ambos en el mismo sitio, se hagan buenos amigos.


24 mayo 2010

El palestino




El palestino
es el título del nuevo libro del periodista que se hace llamar Antonio Salas, en el que se narra cómo entrenan los terroristas cerca de Caracas. Sí, aquí mismo, en Venezuela, donde usted y yo vivimos y padecemos, entre otras calamidades, las que aparejan las muy inconvenientes relaciones del gobierno nacional con los gobernantes de países calificados de terroristas.

El autor se hizo pasar por musulmán venezolano con el nombre de Mohamed Abdalah, aprendió a hablar árabe, estudió el Corán, se circuncidó y vivió infiltrado durante seis años, con una cámara oculta, en la resistencia palestina, en un grupo armado bolivariano y en la facción venezolana de Hizbulá.

Según Salas, sólo alrededor de Caracas hay seis campos de entrenamiento terrorista donde aprendió a disparar toda clase de armas y conoció a miembros de las FARC y de ETA.

La presentación del libro se hará el próximo martes, 25 de mayo, a las 12 del día (hora de España) y, por razones de seguridad, el autor seguirá el evento únicamente a través de Antena 3 Noticias, que lo transmitirá en directo.

Haga click sobre esta imagen para leer el primer capítulo. Y después de leer el libro completo, hablamos.



Del mismo autor:


22 abril 2010

Libros, rosas y tertulias


Este viernes, 23 de abril, se celebra el Día Internacional del Libro, en homenaje a los más grandes íconos de la Literatura universal: Miguel de Cervantes y William Shakespeare. En esta misma fecha se festeja en Cataluña (España) la victoria de Sant Jordi (San Jorge) sobre el dragón para salvar a una princesa. La leyenda, que representa el triunfo del Bien sobre el Mal, fue recogida en 1264 por Iacobus de Voragine en el libro "Legenda sanctorum", conocido también por el título "Leyenda dorada". En ella se cuenta que cuando San Jorge atraviesa con su espada al monstruo, la sangre derramada por éste formó un enorme charco donde en seguida surgió un bellísimo rosal. La vinculación entre ambas festividades ha dado origen a la tradición de obsequiar libros y rosas en esta fecha.


En Caracas, la Plaza Francia de Altamira es, una vez más, el escenario donde editoriales, distribuidores, libreros, escritores, lectores y curiosos compartirán en el marco de la segunda edición del Festival de la Lectura, desde el 23 de abril hasta el 2 de mayo de 2010.

Recitales de poesía, tertulias con poetas y escritores, conciertos musicales, conferencias, charlas, seminarios... Un auténtico festín.



29 abril 2008

Libros que hicieron historia

Por Delfina Acosta

Hay libros que cambiaron la historia de la humanidad. Empecemos por la Biblia, que transformó al mundo. Y no digo que lo haya mejorado, precisamente, pues el Nuevo Testamento, integrado, en su mayoría, por las cartas o epístolas de San Pablo, aportó un sentimiento cristiano que fanatizó al hombre. El fanatismo dividió el modelo de la causa cristiana. Formó un clero, con enorme peso en países como España.

El Nuevo Testamento ha servido, a través de su lectura, para transformar vidas magulladas por el dolor. El pensamiento cristiano se instaló en la mente, y también en las almas de las gentes.

El cristianismo tomó su lado más grotesco cuando llegó el tiempo de la Inquisición, y muchos infelices, acusados de herejes, eran condenados a sufrir tormentos físicos y morir en la hoguera.

La transformación del alma es algo subjetivo, y sobre eso, pensándome prudente, no me atrevo a hablar. Sí puedo decir que, amparados en la religión cristiana, los pueblos de América han tratado de observar costumbres que, al menos en su contextura escrita, buscan dar una vida digna al individuo.

Cuántos religiosos, cuántos hombres de la Iglesia Católica se han rebelado contra las torturas y los vejámenes cometidos por los gobiernos totalitaristas en América Latina.

LA CABAÑA DEL TÍO TOM

Hay un libro, La Cabaña del Tío Tom, escrito por la autora Enriqueta Beecher Stowe, que contribuyó -grandemente- a desencadenar una guerra civil que ya se veía venir entre los pobladores del norte y del sur de los Estados Unidos. La escritora iba publicando su novela, por entregas, a un periódico abolicionista. Esas entregas causaron una impresión prudente en los lectores, pero la publicación del libro, en el año 1852, despertó la conciencia del pueblo norteamericano. Se vendieron 50.000 ejemplares. Se desató la guerra entre los norteños y sureños que duró tres años. Al terminar el enfrentamiento, la esclavitud fue suprimida. Ya no más recolección de sol a sol, y bajo el látigo, de algodones para los amos insensibles quienes pensaban -incluso- que los negros no tenían almas. Ya no más grilletes, ni ventas en subastas públicas.

Había dicho Abraham Lincoln, de la autora de La cabaña del tío Tom, que Enriqueta fue la mujer que ganó la guerra.

EL PODER DE LA PALABRA

El poder de la palabra es infinito. Cuando uno escribe, guiado no solamente por el intento de denunciar, de poner en el tapete de las discusiones, aquellos vicios que arruinan la moral y las costumbres del hombre, cualquiera que sea su nacionalidad y su creencia religiosa, está justificando el uso de la palabra.

La palabra, que el autor la concibe como un arma de cambio para mejorar el nivel de vida de la gente, debe ser dicha con firmeza, casi con sentido religioso, sin faltar a la verdad.

El libro El capital, de Carlos Marx, cambió el destino de muchos países. Instaló el comunismo, que para mi interpretación, es una doctrina llena de luces. Pero el lector sabe que la intención del libro sólo tuvo éxito en la teoría, pues el comunismo desapareció, o, mejor expresado, mostró que era un pan muy duro.

El hecho de privar de la libertad al hombre es la más enorme tragedia que se pueda diseñar.

Ahora piense el lector en el grado extremo de tragedia que significa el secuestro de personas, práctica muy común en nuestros tiempos.

¿Cómo se puede aceptar que se separe a un ser humano de su familia, y se lo mantenga privado de su libertad, en un lugar solitario, a cambio de dinero?

Cierto es que el secuestro no tiene nada que ver con el comunismo de Carlos Marx.

Es preciso que alguien de mentalidad iluminada escriba un libro sobre la práctica atroz del secuestro para que éste desaparezca de la faz de la tierra. Sería el libro de los libros.

Hasta la fecha, poco o casi nada han hecho los gobernantes para acabar con el secuestro. Y debe considerarse que los países del mundo hacen un llamado ferviente, a través de la prensa, pidiendo por la liberación de los rehenes de las FARC.

Si la política verbal o activa de los dirigentes de varios países no da mayores resultados, ¿habrá que aguardar, pues, que alguien escriba una obra maestra capaz de desatar la bronca de los pueblos contra el secuestro?

Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, es un libro que intranquiliza; a través de sus muchas páginas, escritores, periodistas, sociólogos y simples lectores entiendan cómo se fue gestando el poderío de los pueblos desarrollados sobre la debilidad de los países de América Latina.

ESCRIBIR UN LIBRO

Lo importante de escribir un libro que toca las más sensibles cuerdas de un pueblo es que se está ayudando al lector a considerar la opción de rebelarse contra la historia oficial y tomar como causa de lucha, la práctica de la deforestación, el exterminio de indígenas, el rapto (a través de la política manipuladora) de los derechos del hombre.

Los versos de Pablo Neruda, quien escribe sobre el minero chileno que va perdiendo lentamente la vida en un trabajo de explotación, trazaron pensamientos angustiosos en el hombre del siglo XX.

Cierto es que la poesía social es una herramienta poderosa para muchos fines.

Pero quiero referirme a la poesía social de altos quilates. Entre los poetas socialistas que tuvieron gran influencia en muchas generaciones se encuentran Pablo Neruda, Hérib Campos Cervera, Elvio Romero, César Vallejo, Rafael Alberti. Y paro de contar.

ARTE DEL MUNDO

Hay libros de gusto exquisito, de forma literaria llena de gracia y de creatividad, que pasan a formar parte de la gran colección de arte del mundo de habla hispana. Por ejemplo, Fortunata y Jacinta, Don Quijote de la Mancha, Don Segundo Sombra, etc.

Aun dentro de estos libros, es posible percibir, y con mucha fuerza, una intención de cambio. Creo que todo escritor escribe, finalmente, porque quiere cambiar el mundo. Don Cervantes, a través de su personaje Don Quijote, nos muestra un planeta donde la formulación idealista está dispuesta a marchar por algún camino.

Quien escribe pensando en su prójimo está ayudando al lector a tomar conciencia de la sociedad y del individuo.

AMORES

Tengo los ojos enfermos,
deslumbrados, de mirarte
día tras día en la mesa,
donde viniste a sentarte,
frente a mi inocencia blanca
de niño con cuerpo grande.

Tengo la boca reseca
y los labios anhelantes
de juntarse con los tuyos,
que enseñan cuando los abres,
esa lengua pequeñita
en su cárcel de corales.

Tengo el sentido perdido
por el ansia de estrecharte
fuerte, fuerte, entre mis brazos
que alguna vez tú tocaste,
entre risas, distraída,
sin saber que en mí dejaste
temblores de pasión y fuego
en la esperanza de amarte.

Tengo febril como el sol
mi cuerpo que busca el tuyo,
tal como el buey busca el yugo
que esclaviza y da pavor,
tu cuerpo, vida y calor,
que no será mío, amor.


Juan José Leiro

07 abril 2008

Cómo convertirse en un icono progre

Por Juan Carlos Girauta

La caída del muro de Berlín debió simbolizar y comportar una caída, la del monstruoso sistema de ideas que durante décadas había inoculado en el pensamiento occidental virus totalitarios incompatibles con algunos valores definitorios de nuestro sistema, valores que se resumen en uno: la libertad. En concreto, la libertad de pensamiento, de opinión, de expresión.

Siendo cierto que, a finales del siglo XX, eso que genéricamente llamamos democracia liberal ganó la guerra fría y la de los valores, y siendo más cierto aún que los liberticidas de izquierdas se vieron obligados a renovar precipitadamente sus ropajes ideológicos y su arsenal argumental, las lamentables secuelas de la contienda no lo son menos.

El paisaje después de la batalla –de las muchas y largas batallas– es engañoso. Habitamos países opulentos bendecidos por el intercambio y, en general, es indudable el respeto en Occidente a los derechos y libertades tradicionales defendidos por el liberalismo. Sin embargo, los que perdieron han conservado una sensación de superioridad moral absolutamente injustificada. Y la mayoría de los que ganaron se lo han permitido por aquiescencia, silencio, estúpida conformidad con el error y con el horror. Es un hecho indubitado y lamentable que una izquierda aquejada de tics totalitarios ha mantenido la primacía en el espacio discursivo público. Una primacía que arroja violentamente al infierno del desprecio y el ostracismo a aquellas voces que se permiten analizar, glosar o recrear los asuntos públicos sin acatar los postulados del mal llamado “progresismo”, que es en realidad recalcitrante reacción travestida.

Pablo Molina es una de esas voces detestadas por los hegemónicos, lo que dice mucho en su favor. Paralelamente, se ha ganado por derecho propio la atención y el respeto de una audiencia que para sí quisieran muchos de los profesionales de la ortodoxia progre. He coincidido felizmente con él en ese prodigioso proyecto virtual llamado Libertad Digital; como él, escribo en el diario de los liberales columnas de opinión para un público cuya magnitud desconcierta, irrita y solivianta a los guardianes del pensamiento; como él, y como el resto de compañeros de andanzas digitales, he sufrido el etiquetaje implacable de los maniqueos; como él, padezco y disfruto de todo ello desde fuera de Madrid, la tierra de los libres en este principio de siglo XXI. Si la omnipresencia del discurso progre puede resultar asfixiante en cualquier caso, enfrentarse a ella desde la periferia es, se lo aseguro, toda una experiencia.

Tanta coincidencia explica por qué sigo con fidelidad inquebrantable todo lo que escribe Pablo Molina. Pero hay una razón mucho más importante: el inmenso placer de leerlo, la constatación de que ahí hay un autor capaz de combinar la energía del combatiente ideológico, la eficacia expositiva y el más extraordinario sentido del humor. Y cada uno de estos raros atributos merece que fijemos nuestra atención.

En lo ideológico, Molina ha comprendido perfectamente, desde el principio y con todas sus consecuencias, algo que escapa a la mayoría de opinadores españoles que se sienten liberal-conservadores: aceptar de forma liminar las categorías que presiden la visión progre del mundo, aunque sea para discrepar, ya significa haber perdido.

En algún momento, que coincide cronológicamente con el felipismo, la gran masa social que en España favorece a la izquierda dejó de considerar necesario dotarse de ideas y comprendió que resultaba mucho más cómodo guiarse por una fácil intuición. Bastaba con tener identificado a un enemigo con el que hay que ser implacable en cualquier caso y bajo cualquier circunstancia; el enemigo es el capitalismo (del que disfrutan), los Estados Unidos (cuya salvaguarda mundial de las libertades les protege), la globalización (que no logran definir), Israel (país del que nada saben), la Iglesia (que reza por ellos), la llamada derecha española (que tantas ventajas les ha dado). Bastaba con sumarse ciega y acríticamente a las causas con las que la descolocada izquierda ha sustituido sus nocivas propuestas de antaño: el calentamiento global, la multiculturalidad, la “España plural”, los papeles para todos, el matrimonio homosexual, la canonización del terrorismo palestino, la beatificación de la delincuencia okupa y la justificación de la yihad. La lista, por supuesto, no es exhaustiva. Lo relevante, como traté de explicar en La eclosión liberal, es que las ideas se han sustituido por prejuicios, con lo que el progre evita la discusión cabal, que siempre exige un esfuerzo de formación e información, y recurre sistemáticamente al etiquetaje del contrario, trocado en apestado, en no-persona, en cosa despreciable.

Sabe Pablo Molina, y lo ha demostrado con creces en centenares de artículos y en su imprescindible libro La dictadura progre, que es inútil empezar a hablar –o a escribir– con los pies puestos en ese terreno. Comprende que cualquier articulación de ideas que admita la aberrante superioridad de ese pastiche analfabeto de chantajistas morales y autores ajenos a la izquierda son capaces de empezar a construir sus modelos, hipótesis, análisis o comentarios desde fuera del reino del prejuicio. Lo normal es admitir preventivamente alguno de los espantajos progres, a modo de salvoconducto que les exima del temido estigma (extrema derecha, derecha extrema, facha o casposo son algunas de las modalidades del etiquetaje), para establecer a continuación una serie de adversativas; sin embargo…, a pesar de lo cual…, lo que no es óbice para…, etc.

Hace falta mucha energía para arremangarse y levantar un montón de columnas de opinión, para poner en marcha una carrera de escritor, para forjarse un prestigio como analista… apuntando desde el principio contra los prejuicios hegemónicos, señalarlos insistentemente con el dedo, ponerlos en evidencia, llamarlos por su nombre, mantener sobre ellos el foco de la lucidez y demolerlos sin abandonar la cuchufleta. Y eso es justamente lo que Pablo Molina hace.

Del segundo atributo a destacar, la tremenda eficacia expositiva, está el lector a punto de saber de primera mano en este libro, y sería superfluo que el prologuista se extendiera en ella. Me limitaré a consignar la importancia que autores como Pablo Molina tienen en el contexto de la sociedad abierta y transparente del conocimiento y la inmediatez. Media España es ajena al sistema de prejuicios progres, por mucho que los medios de comunicación se resistan a reflejar equilibradamente esa realidad. Sin internet, el panorama sería pavoroso. Pablo Molina ocupa un destacadísimo lugar entre aquellos que articulan, estructuran y formulan las posiciones ideológicas de esa parte de España. Es uno de los que le da voz y altavoz. En sus escritos encontramos confirmación, a menudo consuelo y reparación, y siempre jocosa lucidez. Lo que nos conduce al tercer atributo.

Nuestro autor, no contento con librar la batalla ideológica desde la posición más difícil, y con ofrecer un torrente generoso de argumentos que son inmediatamente esgrimidos por los lectores en sus personales contiendas, ha optado por dotar a sus escritos de mofa, befa, chanza, refocile burlesco, pirueta guasona y zumba de nivel. Un ejercicio de riesgo al alcance de pocos, del que sale mejor que bien parado. Sale más contento que unas Pascuas, y con él el lector, que encuentra un regalo adicional en su lectura. Parte Molina del columnismo alegre, de una tradición a la que, por edad, habrá alcanzado en el último Campmany y en el Ussía de siempre. Hay un yacimiento impagable, muy difícil de practicar, en ese periodismo político de altura y carcajada. También en eso, Molina es una mina. Que lo disfruten.

Este texto es el prólogo que ha escrito JUAN CARLOS GIRAUTA para CÓMO CONVERTIRSE EN UN ICONO PROGRE, el más reciente libro de PABLO MOLINA, que acaba de publicar la "Editorial Libros Libres" y que ya figura en el catálogo del club Criteria.


31 marzo 2008

Los libros prohibidos

Delfina Acosta

Desde que el mundo es mundo, la palabra del hombre ha estado sometida al juicio de los demás. Las muchas epístolas o cartas que dan soplo y vida al Nuevo Testamento, fueron escritas por San Pablo. Las epístolas a los Colosenses hallaron inspiración estando San Pablo, uno de los más eminentes hombres de la doctrina cristiana, en prisión.

Era contra la ley leer la Biblia, inicialmente. Además, estaba escrita en latín.
Martín Lutero (1483–1546), ávido de conocer más sobre la palabra de Dios, a quien buscaba con el fuego de la fe, empezó a estudiar el latín y el hebreo, para terminar traduciendo el Nuevo Testamento al alemán. La primera edición, en 1521, fue de tres mil ejemplares, y todos los que conocían alemán, aprendían el Nuevo Testamento con rapidez.

No fue precisamente la traducción del libro al idioma alemán lo que le costó a Martín Lutero ser excomulgado, sino el hecho de haber desafiado –abiertamente– a la Iglesia católica. Un monje dominico, Tetzel, predicador de las indulgencias, deja mal a la Iglesia, en 1517. Grandes cobranzas percibía la Iglesia católica a través de la “compra” de las almas recluidas en el purgatorio por medio de las indulgencias. Esas sumas de dinero eran invertidas, en parte, en la construcción de la basílica de San Pedro.

Ofendido por la manipulación de los bienes materiales en asuntos espirituales, Martín Lutero escribió sus noventa y cinco tesis, clavándolas (dicen) en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittenberg. Pero demos un salto brusco. Vamos a otras prohibiciones, a otros libros que eran considerados por sus críticos como atentados contra la moral y las sanas costumbres.

EL POETA CENSURADO

Algunos poemas de Las flores del mal, del poeta francés Charles Baudelaire, fueron motivo de críticas escandalosas. El 25 de junio de 1857 salió a la venta la primera edición de Las flores del mal que causó sensación en el mundo literario.

Un artículo insidioso de Le Figaro denunció la obra por inmoral, y en agosto se procesó al autor y al editor en un sensacional juicio del Tribunal Correccional, que condenó a que fueran excluidos seis poemas del mismo. Victor Hugo felicitó al autor de Las flores del mal por su obra, desde su destierro de Guernesey. Cierto es que los versos de Baudelaire blasfeman, pero blasfeman bellamente, y contra esto no se puede tomar resolución contraria, pues la belleza está por sobre todas las normas. La mediocridad sí debería ser condenada en el vientre mismo del libro.

Una novela, por demás divertida y llena de canales eróticos, es Lolita, escrita por el novelista ruso Vladimir Nabokov (1899–1977). Trata sobre la relación amorosa entre una niña de doce años y un hombre mayor de cuarenta. La obra de marras fue publicada en el año 1955, en París, motivando reacciones y comentarios como “inmoral, perversa, lujuriosa, etc, etc.”, en Francia y en Inglaterra. La novela, censurada, y después aprobada, fue llevada además al cine.

Tiene mucho que ver, por cierto, con el sexo, con los arrebatos románticos, con las huidas de las mujeres que dejan a sus maridos flácidos; el éxito de muchas novelas que repiten –casi invariablemente– estos dos actos: a) reprimenda de los críticos b) calurosa aceptación por parte de los lectores. Por ejemplo cito a El amante de Lady Chatterley. Escrita por D.H. Lawrence, la novela cuenta la existencia de una mujer que encuentra la plenitud amorosa y sexual en brazos de un leñador, ante la incapacidad de su marido por hacerla feliz.

Provocó el libro indignación. Cierto es que no hacía más que poner al descubierto la moralina hipócrita de una sociedad, pero en la fecha de su publicación, en 1928, El amante de Lady Chatterley fue objeto de todo tipo de censuras. El hecho de ser un gran aporte artístico a la literatura del siglo XX le perdonó la vida, como se dice. Dicen que hay muchos libros que fueron y siguen siendo prohibidos porque su lectura lleva a la locura a quienes lo leyeron. Puede tratarse de aquellos libros en los que el escritor aborda los grandes enigmas de la mente, tal vez.

Pero hay muchos libros que fueron censurados por ser considerados peligrosos para determinados gobiernos. ¿Quién, en un país totalitario, no despertó sospechas por haber leído El Capital, de Carlos Marx? Y cito sólo este título, pues si no, me iría en una lista excesivamente larga.

El mismo Sigmund Freud, sufrió en carne propia la persecución, por el hecho de ser judío e investigador eminente. Sus libros y los libros de otros colegas suyos, fueron quemados por los nazis, en Berlín. El totalitarismo es la misma peste.

EL ALBATROS

Sólo por divertirse suelen los marineros
cazar albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, indolentes compañeros de ruta,
al barco que resbala sobre amargas vorágines.
Apenas los colocan sobre la ancha cubierta,
estos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
abaten tristemente sus grandes alas blancas
como dos remos rotos que arrastran a sus lados.
¡Qué débil y que inútil es este viajero
que si tan bello fue se convierte grotesco!
Uno quema su pico con su pipa encendida,
otro intenta imitar, cojeando, su vuelo.
El Poeta es igual a este rey de las nubes
que ríe de las flechas y vence el temporal;
desterrado en la tierra y en medio de las gentes,
sus alas de gigante le impiden caminar.

Charles Baudelaire

¿Qué son los poetas?

Por Delfina Acosta

¿Para qué sirven los poetas? Muchas personas, muchos intelectuales de calibre, han lanzado esta pregunta a lo largo de la historia.

Tiempo atrás, en la España del siglo XIX, la incursión de la mujer en la poesía era, todavía, despreciada. Se consideraba que la poesía no era asunto de las damas, pues ellas hacían mejor papel dentro de la sociedad, y de la casa, bordando o mostrando talento ante un piano de cola.

En el libro La regenta, del escritor español Leopoldo Alas “CLARÍN”, Ana, Anita Ozores, la figura central de la novela, tiene un encuentro de naturaleza casi mística con la poesía, en lo alto de una colina, a temprana edad. Se afana por escribir versos, con los ojos borrados por las lágrimas, pero su habilidad para la poesía, prontamente se ve abortada por un desequilibrio nervioso, que registra constantes episodios de histeria en su existencia.

Frágilis. La naturaleza frágil de esa niña no halla correspondencia con lo que se supone que es el arte, y debe hacer a un lado sus pretensiones de literata, que, por otra parte, son vistos con cierto escándalo por la hipócrita sociedad de Vetusta.

Los poetas sirven para todo. Así se hable mal de ellos en El Quijote, donde se los tiene por locos. En las páginas del famoso libro de Cervantes (genio de los genios) corre la versión que de que los poetas contagian su locura y son muchos.

CÁNDIDO Y LOCO

Cuando tú, poeta, te acercas a un persona, la misma te pregunta qué haces, cuál es tu oficio, a qué actividad te dedicas, etc. Viéndote en la necesidad de hacer honor a la franqueza, le dices que eres poeta, entonces la personita de marras, la de la pregunta, digo, se queda pensando nubes borrosas de ti. No sabe qué tienes en la cabeza. Te supone vago, en principio, distinto de los demás individuos y poco útil para la sociedad, o, al menos, para sus propios fines. A veces te piensa cándido y loco. Y hay excepciones, digo...

Vamos a la opinión del genial poeta alemán, Heinrich Heine, sobre la poesía, o, dicho sea en términos más prácticos, el cuerpo del delito: “Tal vez la poesía sea una enfermedad del hombre, lo mismo que la perla no es otra cosa que la sustancia producida por la enfermedad que sufre la ostra”.

Ortega y Gasset habla en estos términos sobre la función que viene a cumplir el vate: “La misión del poeta es inventar lo que no existe. El poeta aumenta el mundo, añadiendo a lo real, que ya está ahí por sí mismo, un real continente...

Al poeta le es dado pensar fuera del tiempo porque piensa por su propia vida que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada... Diríase que llevamos dentro, inadvertida, toda futura poesía y que el poeta, al llegar, no hace más que subrayarnos, destacar a nuestros ojos lo que ya poseíamos.”

CÉDULA DE POESÍA

Va uno a un sitio, donde lo deben registrar por asuntos burocráticos, esto es, tomar los datos. No se expiden cédulas en las que conste que uno, amante de las palomas de las plazas céntricas, de las grandes corrientes marinas, de las ideas voraces, es poeta. Es decir, uno puede decir, que es estudiante, pero poeta, no.

Y si ya en tono más entretenido, conversando con las señoras de la vecindad, tú les dices que te agradan las lecturas de Dostoievski, de Benito Pérez Galdós, de Gabriel García Márquez, de Dulce María Loinaz; te miran como se mira a una tortuga que hace uso de la palabra. Les parece necedad que en vez de dedicar unas buenas horas de tu tiempo en hacer algo rentable, te pases leyendo a tanta gente desconocida.

Cuando dices que eres poeta, te miran con ganas de entenderte, de intentar comprender, al fin y al cabo, qué migas encuentras en escribir versos. No entienden por qué cable, por qué ondas magnéticas, te llegan las chispas al cerebro. Lo más común y cotidiano es que te pregunten: “¿Y de tu cabeza, nomás, sacas las poesías. Cómo es que la inspiración te viene...; no entiendo...; estudiaste...?”

Y tú les respondes que no es así, que hay que leer, pero ya al rato no quieren saber más nada de tus explicaciones y te dejan a un costado de su vida. Ven en ti a una persona -ciertamente- inofensiva, pero poco práctica y pícara para llevar una conversación jugosa.

Jean Paul Sartre, el autor de La náusea, que descreía de todo, tenía unos razonamientos importantes en relación con los poetas y su creación artística: “La misión del poeta es devolver su dignidad al lenguaje... Sólo podremos salvaguardar la literatura emprendiendo la tarea de desengañar a nuestro público... Por la misma razón, el deber del escritor es tomar partido contra todas las injusticias , vengan de donde vengan... Solamente el presentimiento de la justicia permite indignarse contra una injusticia... No hay fines que elegir. Los fines se inventan. El hombre tiene que inventar cada día”.

EL DOLOR DE PENSAR

El poeta sufre. El dolor de pensar se da en él de una manera continua. Me refiero, claro está, al sufrimiento del poeta culto, inspirado, que lee a Heine, que se despeina estudiando las obras de Jorge Luis Borges, de Vicente Huidobro, de Miguel de Unamuno, de Juan Gelman, de Octavio Paz, de Pablo Neruda, etc.

Exagerando, diría, que su cutis es distinto al cutis de las personas “normales”. No vive el poeta de la melancolía. Pasa malos ratos. La economía no es con él. Si llega a la fama, no llega a rico. Son frecuentes sus angustias metafísicas, tanto como sus preocupaciones materiales.

Para muchos, el poeta es un dios, alguien que interpreta los rayos, que agria y endulza (al mismo tiempo) la cotidianeidad.

Los enamorados consultan con él, cuando el amor se les va de las manos. Se cree en el poder del soneto.

Para muchos, la poesía es vagancia. Para los entendidos y sensibles de espíritu, la poesía es esa cosa bella, dolorosa, real e irreal a la vez, que nunca terminará de entenderse ni de definirse totalmente.

Pero vamos al credo poético de un vate y cerremos la nota.

Que el verso sea como una llave
que abre mil puertas.

Una hoja cae; algo pasa volando.

Cuanto miren los ojos creado sea
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra.

El adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.

El músculo cuelga,
como algún recuerdo, en los museos.

Mas no por eso tenemos fuerza.

El vigor verdadero
reside en la cabeza
¡Por qué cantáis la rosa, oh, Poetas!
Hacedla florecer en el poema;
Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el Sol.

El poeta es un pequeño Dios.


Vicente Huidobro
(Santiago de Chile, 1893- Cartagena, 1948)

28 marzo 2008

Mira: tengo en las manos un jarro de ternura

Por Félix Grande

Mira: tengo en las manos un jarro de ternura,
ya no sé si es alegre o es triste estar contigo;
siento la lengua como a una chepa y no te digo
nada que signifique lo que nuestra aventura;

y estar juntos parece la creación entera,
cuánta creación debajo de nuestras cuatro sienes;
a ti y al tiempo tengo, a mí y al tiempo tienes:
somos ricos y pobres, como lengua sincera;

como lengua sincera destruimos, levantamos,
vivimos densamente y nos enamoramos
densamente, en silencio, sufriendo de emoción;

estar juntos parece morir juntos, parece
un jarro de ternura, muy frágil, que estremece
de noción de principio y de fin a la creación.


Poeta, escritor, ensayista y crítico español nacido en Mérida, Badajoz, en 1937. Autor de múltiples facetas, es un genuino representante de la generación de poetas de la década del sesenta. Es letrista, guitarrista y un estudioso apasionado del flamenco, al que dedicó su última obra «Paco de Lucía y Camarón de la Isla». Ha obtenido, entre otros, los premios de poesía Adonais en 1963, Alcavarán en 1963, Guipúzcoa en 1965, Eugenio d'Ors en 1965, Gabriel Miró en 1966, Casa de las Américas en 1967, Nacional de Literatura en 1978, Barcarola en 1989 y Premio Nacional de Letras 2004. De su obra deben destacarse las siguientes ediciones: «Taranto», «Las piedras», «Música amenazada», «Blanco Spirituals», «Las rubaiyátas de Horacio Martín» y «Biografía»

Cortesía de José Alberto Medina Molero

15 marzo 2008

Diario de amor


Por Delfina Acosta

Yo solía tener un diario. La necesidad de escribir mis abismos sin fondo me vino después de leer el diario de Ana Frank.

A veces, nada de cuanto me pasaba, anotaba. Insistía sobre cuanto deseaba que me pasara. Por ejemplo: “Estábamos mi primo y yo sentados sobre un viejo tronco de mango. La paloma le daba al palomo el pico en lo alto de un muro.

Era claro que llovería, pero a nosotros no nos importaba, pues si llovía nos quedaríamos acostados debajo del árbol. Que Adolfina, la empleada doméstica, pasara angustias, y prendiera la lámpara a gas, para salir a buscarnos bajo la tormenta, era un cálculo acertado. Pero aún así, ni modo. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿No se escapan, acaso, los primos? ¿No bajan corriendo una colina, mientras la lluvia moja sus ropas y zapatos, germinando en ellos la pulmonía y hasta la muerte?”

Estas y otras exageraciones escribía yo, en un cuaderno enorme, de una sola raya, y forrado con papel dorado.

Mi primo, cuando venía a pasar los fines de semana a casa, bajaba de su caballo de señorito, de niño mimado por los lujos de una casa de dos pisos, para afirmarse en el piso de tierra del galpón, donde Adolfina, sudando, echaba las papas al caldo del almuerzo.

Apenas él llegaba, yo me miraba en el espejo con todos los rostros que podía inventar. Colocar una rosa en los cabellos me delataría. Claro que la rosa me haría gran favor, pero qué irían a pensar mi abuela y Adolfina de mí, sino que otra vez estaba de cabra, fuera de mi juicio, y lista para la fiebre nocturna.

“Acaso soy bonita”, me decía, y me dirigía hacia él.
M. A. me miraba. Bajaba la cabeza, con las mejillas encendidas. Aquella era su manera de observarme; lo sabía y temblaba de alegría.
Me mostraba los cálculos de álgebra que resolvía en un santiamén. Su matemática era para mí oscurantismo, ciencia o eslabón de otra jerarquía. Yo sólo sabía que era un genio, que me amaba locamente, que la voz le salía como un aleluya para la canción y la declamación.

- ¿Me querrás siempre? - me decía, mientras dibujaba una cruz con una ramita en la arena. El sol entraba a raudales en el galpón. Los gorriones que hacían su nido en la viga mayor del sitio, se alertaban cuando las ratas chillonas se metían en el techo de paja.
- Pues sí. Claro que te querré- le respondía.
- Entonces ya estamos en paz. Podemos ir a jugar a los indios - me susurraba, con la alegría como dos perlas en las pupilas.
Me ataban los primos, con una piola, a un árbol enorme. Los cuervos, arriba, como botones negros suspendidos del Sol, formaban parte del escenario de aquel filme de indios y vaqueros del lejano oeste.
- Han tomado cautiva a la princesa Delfi- gritaba Rita.
- Es seguro que será quemada por los indios de la otra tribu - se quejaba mi primo mayor.
- No come ni toma agua. Y además está mal herida. Le quebraron la cabeza, pobre… - cuchicheaban los primos.
Entonces aparecía M. A., el hombre blanco. Lamentaba tener que abandonarme aunque antes de partir me libraría de la hoguera.
- Te llevaré junto a tu tribu - juraba. Sus manos tibias apretaban mis manos. Moría de celos. Era un Otelo endiablado. No le permitía a su hermano mayor que me salvara de la indiada.
- Dame agua, agua… - le imploraba. Y él juntaba del aire, agua, en el cuenco de sus manos. Y me daba de beber. Y yo me incendiaba por dentro.

La lluvía venía a caer con una mansedumbre, un golpeteo tal, que luego todos resolvíamos acostarnos.

Las niñas en una cama. Los niños en otra.

Lejanos hilos de relámpagos se desataban en el firmamento. Yo acariciaba mi vientre, entonces, soñando con un hijo de mi primo.

El fuego, la lava, estallaban en mi cuerpo de niña enamorada, y dejaban duros como piedras los pezones de mis senos.

11 marzo 2008

El festín de la miseria

Por José Albero Medina Molero

Aguatinta de Felipe Morales (Oaxaca, México).



La anciana, cerrada de un negro barato descorre sus penas frente a las dos urnas. La humilde vivienda es un horno de reverbero, aún en la noche. Un aire caliente y amargo invade la sala con su gangosa lentitud, sofocando en angustias a la gente que la rodea...

Llega un vecino y el llanto se eleva de nuevo, como un canto de chechenas enloquecidas, apartando cuerpos, disolviendo las almas. Los brazos se juntan y separan en un gravoso carnaval de lamentos. El rumor campesino de un perro se oye a lo lejos, mientras la noche se viene encima, escoltada por unos luceros desganados y monótonos.

Juanita, desde sus arrugas tristes ve como se marchitan sus anhelos de otra vida. Sus nietos, reposan en el sopor patético que da la muerte a sus aprendices. Sus rostros la observan desde los portarretratos, que reposan sobre los ataúdes. La luz descolorida de las velas, apenas le abrasan el rostro, escamándola por dentro. El dolor la pulsa como a un viejo clavicordio, la devuelve impíamente a la realidad de la que inútilmente se evade a ratos, cuando después del pésame entabla una que otra conversación, absurdamente trivial con los amigos. No hay momento para los usuales chistes de velorio, parece que estos muertos rompiesen ese transido esquema del barrio, parece que estos muertos doliesen más que otros muertos.

El velorio se aviva y decae, como si la atravesase a ratos una larga sucesión de almas en pena. La anciana se resiste al desmayo redentor. Sobre aquel triste suelo de tierra, se hallan dos urnas, la de la derecha es la de Juan Luis, el nieto mayor, muerto cuando en compañía de otros soldados del batallón insurgente tomaba la Casa del Presidente. Pedro, el menor, ocupa el ataúd de la izquierda. Acribillado cuando defendía el Palacio de gobierno.

Mientras tanto, la miseria observa, más parecida a la muerte que ésta misma. Los otea burlona, desde la desierta y fría madrugada.

El solar

Por Delfina Acosta

Juan José Vélez Otero es un poeta español, muchas veces premiado, de exquisita inspiración poética. Sus versos dicen las necesidades del alma, a través de un lenguaje sencillo y espontáneo en su tristeza. Sigue Vélez Otero la conducta de los vates de ayer. La poesía es su amante, su amiga, su vicio, su patria y todo cuanto hay de responsabilidad estética en el orbe.

Juan José Vélez Otero es un poeta que se examina a sí mismo, que consulta con los libros y con los dioses para poder traducir las angustias del hombre de nuestro tiempo, en sensaciones poéticas al alcance de todas las imaginaciones y gustos.

La congoja de la soledad, la vehemencia de la sangre estrellándose contra la nada son algunas de las imágenes y expresiones que nos llegan a través de su libro El solar.

LA ESPERA

Si solamente me tocaras el corazón
(Pablo Neruda)

Si solamente vinieses a visitarme,
si llegases al menos una vez
con un cuenco de espigas en las manos,
con un cesto de sonidos
de campanas al alba a despertarme,
a tocarme el pelo, a pellizcarme
las mejillas con tus dedos blancos,
a besarme los labios y a llamarme cobarde.

Si solamente vinieses una vez
con los pájaros sonámbulos de la noche
a dar sentido al destierro,
a ofrecerme el olor a barro y a lluvia,
a pan caliente de la canal de tus pechos,
a violentar el silencio
y la luz cansada de estas nubes bajas.

Si vinieses al menos una vez
a traerme tabaco de mendigo pobre
y un puñado blanco de azahares
con que ahuyentar el olor
a dalias viejas de mi almohada.

Ven vestida de muerte al menos,
blanca por el camino intransitable de la fiebre,
a llenar de escalofríos el corazón
dormido en las ascuas de unos zapatos rotos.

Ven desnuda
a dormir conmigo bajo la tempestad y la niebla,
a partir el espejo obstinado del insomnio,
a que bebamos juntos por una noche siquiera
el vino salvaje
y hostil de los solitarios.


Juan José Vélez Otero

Llega, toca y lárgate

Por Roger Wolfe*

Es inútil, le dije.
Escribir.
Escribir es inútil.
Ya, me contestó.
Ya lo estaba yo pensando
el otro día.
¿Y a qué conclusión llegaste?
Pues eso. Lo que dices
tú. Que carece por completo
de sentido.
Sólo que...; bueno,
también poner ladrillos
es inútil.
Sirve para construir casas...,
y paredes. Paredones, también.
Quizá se trate de eso.
¿De qué?
Un oficio, joder, un
oficio. Ni más ni menos
que un oficio.
¿Como decía Pavese?
No, como Pavese no. Como ese músico
de jazz. ¿Te acuerdas?
Freddie Green.
Llega, toca, lárgate.


*Roger Wolfe, poeta, novelista y ensayista español nacido Westerham, Kent, Inglaterra, en 1962. Reside en España. Es un gran impulsor del realismo contemporáneo español representado en una obra que él mismo ha denominado como "Escritura total". Su primer poemario "Diecisiete poemas" 1986, fue seguido por "Días perdidos en los transportes públicos" 1992, "Hablando de pintura con un ciego" 1993, "Arde Babilonia" 1994, "Mensajes en botellas rotas" 1996, "Cinco años de cama" 1998, "Enredado en el fango" 1999 y "El arte en la era del consumo" 2001. Recibió el premio Anthropos en 1991 y el premio Ciudad de Barbastro de novela corta por "Fuera del tiempo y de la vida".

Cortesía de José Alberto Medina Molero

07 marzo 2008

Genios incompatibles

Por Delfina Acosta


El poeta chileno Pablo Neruda nació en Parral, Chile, en el año 1904. Contaba tan sólo con 19 años, la edad de la adolescencia, cuando su nombre se hizo famoso a través de su obra primeriza Crepusculario. Más tarde escribió Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Particularmente, creo que ese libro ha llegado a convertirse en una suerte de símbolo o manifiesto de la escritura amorosa de todos los tiempos y los vientos. Quién no conoce aquellas líneas poéticas que así comienzan: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”, es un desentendido de la belleza, de lo que da en llamarse pasmo del amor y del dolor.

En realidad, confesó en algunas revistas, Pablo Neruda, su preferencia por el poema aquel donde recuerda, con melancolía, a la mujer de la boina gris y el corazón en calma.

Dice el poema lo siguiente:

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo
y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros:
¡Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.


PABLO NERUDA

El estilo poético de Pablo Neruda es único, inconfundible. Neruda creó una manera nueva de decir las cosas, de cantar la vida, de celebrar el amor y la revolución. No se podrá superar nunca la gran influencia que el poeta chileno tiene en nuevas generaciones de vates, pues quien lo lee se siente muy atraído por sus palabras que son salidas de una suerte de trance poético. Musicalidad y ritmo contagiosos rubrican sus líneas.

EL SENTIMENTAL NERUDA

En una entrevista televisiva, escuché opinar a Jorge Luis Borges sobre Pablo Neruda, con las siguientes expresiones: “Pablo Neruda… Él comenzó siendo poeta sentimental…”. En otras palabras, Borges dio a entender que Pablo se equivocó al ser -después- un poeta de la revolución.

Se deduce que el autor de Fervor de Buenos Aires no tenía simpatía por Neruda. Cierto es que el vate chileno inició su carrera poética escribiendo al amor. Pero luego (ningún creador se debe a la idea paralizada) escribió para los oprimidos. Elevó su voz de denuncia contra la explotación del hombre de su Chile y de otros países del mundo. Viajó a España y lloró, a través de sus poemas, por la Guerra Civil española. A mí, personalmente, me agrada la poesía del Neruda enamorado de la mujer. La palabra apasionada del poeta enamorado de la revolución, de la causa social comunista, me embruja. Precisamente, su facultad para tener voces para todos los temas humanos, es lo que más se aplaude en el autor de Los versos del capitán.


LOS PASILLOS DE LA POESÍA BORGIANA

Jorge Luis Borges nació en 1899 en Buenos Aires, Argentina. Dijo él, en una entrevista televisiva, que los libros que escribió después de su primeriza obra Fervor de Buenos Aires, no fueron sino la repetición de aquel poemario. Particularmente, creo que Jorge Luis Borges fue un genio de la exacta estatura de Pablo Neruda.

El poeta chileno obtuvo el Premio Nobel de Literatura mientras que Jorge Luis Borges, amplio merecedor del máximo galardón, nunca ganó tal premiación.

Borges no fue comunista, llevó una vida sumergida en los libros de su biblioteca y en las traducciones al español de obras de genios como Franz Kafka. El amor, en cierta manera, le fue esquivo. Pablo Neruda abrió generosamente su pluma amorosa para festejar la dicha de la carne.

Neruda conoció el destierro. Su camino consistía en despistar a quienes tramaban capturarlo.

Jorge Luis Borges, tempranamente víctima de la ceguera, inventó el recuerdo para echar a caminar por los pasillos y los laberintos increíbles de la poesía y de la literatura. Hay generaciones de jóvenes que se declaran nerudianos. Igualmente, hay poetas que se declaran borgianos.

Neruda y Borges fueron cumbres, luces de cimas, respuestas contundentes a los mayores desafíos. Cada cual brilló con su estilo inconfundible.

Fueron genios incompatibles.

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo.

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar Ítaca
verde y humilde. El arte es esa Ítaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

03 marzo 2008

Galopante

Por José Alberto Medina Molero

Esta angustia cabalgante, 
salitrosa,
esa que me conduce al sinsentido,
al verde abismo de las cataratas de miedos,
de pastosos pensamientos. Es la angustia
que miro en los ojos de la rutina de los otros,
en sus gestos de violencia silente,
en la esperanza ausente,
en lo estéril del territorio,
en la torpe mirada de mis pasos
que solo las manos de tu ternura
centran y aligeran como una nube de azúcar.

La lectura es hábito y placer

Por Delfina Acosta

Hay lecturas ejemplares. Me refiero a aquellos libros que han sido escritos por verdaderos investigadores del lenguaje. Siendo el lenguaje el modo de trasmisión de los pensamientos del artista al lector, se aguarda que el castellano sea no sólo fluido, sino también libre de palabras que cumplen una función meramente decorativa.

El lenguaje utilizado por el escritor español Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales pinta con fidelidad una España de 1850 donde militares, clérigos, gentes del vulgo, monjas, ateos y revolucionarios hacían honor y defensa de sus respectivos papeles dentro de un ambiente marcado por la anarquía, el miedo, la valentía extrema y el deseo de la libertad.

Bueno estaría que los niños leyeran Marianela, otra obra de Benito Pérez Galdós, para que ellos entren en la triste ternura de un sentimiento casi infantil y echen a volar los duendes de su imaginación.

CHICOS POBRES

Otra obra de rico valor es Juvenilia, escrita por Miguel Cané. A mi juicio, el escritor hace su descargo de sus tiempos de estudiante en un colegio para chicos pobres, que tenían que guardarse la bronca de ir a la cama mal cenados, y de vivir, literalmente, en continuo estado de arresto.
He leído la obra por tercera vez en el año 2007. Me parece ver a Miguel Cané, evocador de viejos tiempos, negándose a recibir la hostia de su preceptor. Cómo habría él de creer en una salvación, en un Dios, cuando la desventura de una vida pobre y descuereada por el sacrificio había volcado el agua de la amargura en su espíritu.

Por supuesto, Don Quijote de la Mancha es un libro para leer seis, siete veces. Tal vez ocho. Su lectura sirve tanto para el lector común como para el más afanoso y obsesivo escritor. Fuente de recursos imaginativos, Don Quijote de la Mancha eleva el potencial creativo de los narradores y de los poetas.

Las poesías de Lope de Vega son para toda hora y lugar. Los cien mejores libros del vulgo no tienen nada que hacer ante un soneto del Fénix de los ingenios.
En lo tocante a la ortografía, cualquier libro clásico es recomendable para niños y adolescentes, pues los autores de libros que han vencido el paso del tiempo han sumado años y años de conocimiento sobre redacción, ortografía, lenguaje puro y estilo anunciador de buenas nuevas.

CUIDADO CON LAS TANDAS

Pero cuidado con algunas tandas de poemarios y colecciones de cuentos de nuevas generaciones que van apareciendo, pues su debilidad está en la falta de acentos y en la pobreza extrema de su lenguaje. Hay poemarios bellísimos como aquel celebrado Veinte poemas de amor y una canción desesperada, del poeta chileno Pablo Neruda. Según mi entender, este libro de todos los libros, no solamente aviva la inspiración de los jóvenes vates, sino que además es una prueba rotunda de que el lenguaje amoroso halla predominio en todas las eras, incluyendo, claro está, la era digital.
Otra lectura que recomiendo es La guerra y la paz. Buena obra es Cien años de soledad, calificada por el escritor argentino Jorge Luis Borges como una de las mejores novelas de todos los tiempos.

25 febrero 2008

Mientras cae el otoño


Por Giovanni Quessep*

Nosotros esperamos
envueltos por las hojas doradas.
El mundo no acaba en el atardecer,
y solamente los sueños
tienen su límite en las cosas.
El tiempo nos conduce
por su laberinto de hojas en blanco
mientras cae el otoño
al patio de nuestra casa.
Envueltos por la niebla incesante
seguimos esperando:
La nostalgia es vivir sin recordar
de qué palabra fuimos inventados.


*Poeta y ensayista colombiano nacido en San Onofre, Sucre, en 1939. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Javeriana de Bogotá, y en Italia se especializó en Poesía del Renacimiento y Lectura Dantis. Desde 1992, es Doctor Honoris Causa en Filosofía y Letras de la Universidad del Cauca, de la cual es profesor de Literatura. Ha sido colaborador de prestigiosas revistas y está considerado como uno de los poetas capitales de la segunda mitad del siglo en Colombia. De su amplia obra poética merece destacar las siguientes publicaciones: «Después del paraíso» en 1961, «El ser no es una fábula» en 1968, «Duración y leyenda» en 1972, «Canto del extranjero» en 1976, «Madrigales de vida y muerte» en 1978, «Muerte de Merlín» en 1985 y «Antología poética» en 1993. «Brasa lunar» su libro más maduro, obtuvo el Premio Nacional de Poesía José Asunción Silva 2004.

Cortesía de José Alberto Medina Molero

18 febrero 2008

La voz que no cesa


Por Delfina Acosta

El caso es que Benedetti es un poeta que llega a los corazones de los jóvenes porque su palabra es sencilla, elemental y roja de amor. Sus versos claros, transparentes le han valido amplia resonancia entre los lectores. A mí, particularmente, me extraña que no le hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura.

Conoció el exilio: Debió abandonar en 1973, Uruguay, para radicarse en Buenos Aires. De la Argentina corrió a Perú, donde conoció el arresto y la deportación, para ir a parar en Cuba. Y de Cuba se embarcó para España. Vivió el exilio en compañía de su esposa, Luz López. El itinerario político de Mario Benedetti se empareja con la odisea. Ahora, el poeta, viudo ya, vive sus días otoñales en Uruguay.

Que su existencia fue apasionada y radical nadie pone en duda. Junto a miembros del Movimiento de Liberación Nacional- Tupamaros, fundó en 1971 el Movimiento de Independientes 26 de marzo. Esa agrupación llegó a formar parte de la coalición izquierdista del Movimiento Frente Amplio en el Uruguay. Qué quieren que les diga. Si bien su poesía está abierta con generosidad al amor, a la vida, a los pasos cansinos de la cotidianeidad, su pensamiento es básicamente político y humanista.

Es difícil que un gran escritor o un enorme poeta no sea un fervoroso activista de una causa social determinada.

Entre sus obras, se destacan nítidamente dos novelas: La tregua, 1960, y Gracias por el fuego, 1965. Hizo periodismo, ensayos, relatos, poesía y teatro. Entre sus poemarios pueden citarse La casa y el ladrillo, 1977, Vientos del exilio, 1982, Geografías, 1984, Las soledades de Babel, 1991.

Su voz siempre se ha caracterizado por su crecido sentimiento de protesta. Sus pensamientos reflejan un modo crítico de observación de la política, el periodismo, y la cultura. Mario Benedetti es el ejemplo del intelectual que se hace resonancia de las angustias del hombre contemporáneo.

HAGAMOS UN TRATO

Compañera
usted sabe
que puede contar
conmigo
no hasta dos
o hasta diez
sino contar
conmigo

si alguna vez
advierte
que la miro a los ojos
y una veta de amor
reconoce en los míos
no alerte sus fusiles
ni piense qué delirio
a pesar de la veta
o tal vez porque existe
usted puede contar
conmigo

si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo
no piense qué flojera
igual puede contar
conmigo

pero hagamos un trato
yo quisiera contar
con usted
es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos
aunque sea hasta cinco
no ya para que acuda
presurosa en mi auxilio
sino para saber

a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.


20 enero 2008

La frase fugitiva

Por Liliana Fasciani M.

«La loca de la casa» me tiene desvelada. El libro de Rosa Montero lleva casi un año en mi biblioteca y hasta esta noche no se me había antojado leerlo. Ahora no consigo terminarlo, porque me ha tomado por sorpresa. Creí que era una novela y resultó ser un brebaje contra los demonios literarios. Bueno, más o menos. Pero no es la lectura la que me ha quitado el sueño, sino la auténtica «loca de la casa» –la mía– que me trae por la calle de la amargura desde hace algunos meses.

Lo curioso-casual es que me dio por leer ese libro en el mejor momento, es decir, en el peor momento. Justo cuando mi «daimon» anda todo alborotado, tratando de construir una historia a partir de una frase que llegó mientras estaba en la cola de dragón que se forma en la autopista diariamente, una de esas tardes perdidas por desperdiciadas en el tráfico insufrible de Caracas. Digo que la frase llegó porque no la buscaba. «La loca de la casa» la metió de contrabando en mi cabeza. Desde entonces ha estado martilleando sin cesar.

La frase se ha fugado. Estaba ahí, sonando sin voz, existiendo en solitario, ansiando una trama y un personaje para encajar en algún párrafo, y de repente se ha esfumado, como si un relámpago la hubiese desintegrado. Sus piezas revolotean, desperdigadas, en mi mente, igual que una sopa de letras. En este momento apenas vislumbro su celaje. Es una frase larga, parecida a un clavo del que puede colgarse cualquier cosa, siempre que sea liviana y delgada. De hecho, es una frase liviana y delgada que cabe en un susurro o en una divagación. Podría pasarla por el ojo de una cerradura o insertarla en un mazo de naipes, pero intuyo que ella preferiría posar junto a un balcón, mientras la mirada de quien la pronuncia contempla melancólicamente la ciudad.

Las palabras son rebeldes, lo que explica que haya frases que se fugan. Uno piensa que puede someterlas, doblegarlas a una idea o a un sentimiento, al margen de su propia existencia o del espíritu de sus significados. Hay que ser muy hábil en el permanente forcejeo con las palabras para que expresen lo que uno necesita. Algunas, tan independientes, se permiten el lujo de la autosuficiencia, como si pudiesen subsistir aisladamente, sin vincularse con los demás vocablos, en una soltería desconsiderada y arrogante que prescinde de las conjunciones, de las preposiciones, incluso de los verbos. Despampanantes y hurañas, dan la impresión de existir por sí mismas, conscientes de la importancia de su esencia y, por lo tanto, ajenas a su entorno, indiferentes a la desesperación de quien las requiere.

Sin embargo, esa frase, que de tanto ir y venir se ha hecho invisible, no está hecha de esa clase de palabras, sino compuesta por vocablos más humildes, para nada rimbombantes. Es una frase sencilla que podría pasar desapercibida si no la colocara en un monólogo o en un diálogo fundamental, si no creara para ella una atmósfera adecuada y un instante preciso. ¡Es una pena que ahora no la encuentre! Sé que anda por ahí, jugando al escondite. De vez en cuando asoma una tilde o me guiña un acento. Se burla de mi descaradamente, porque sabe que la busco. Si llegara a desaparecer del todo, tendría que recurrir a otras palabras para inventar una frase que cupiese en el vacío que ella dejara. Ni siquiera puedo confiar en que regrese sana y salva de su huida. Es probable que vuelva con una vocal desdentada o con una consonante coja. Sería una desgracia si se desbarrancara y perdiera la coma que lleva en el tobillo. Eso sería muy grave, pues automáticamente se transformaría. Una frase es como es y no puede ser de otra manera, porque entonces no es ella, sino otra distinta.

Han transcurrido muchos días y la frase no aparece. Debe haberse extraviado irremediablemente. Quizá sedujo a alguien que la supo aprovechar y ella se entregó sin recato. No, eso es imposible. Nadie, aparte de mi, la conoce. De todos modos, la culpa es mía. Me equivoqué al creer que la tenía perfectamente vigilada, que permanecería quieta en mi memoria hasta cuando decidiera utilizarla. Debe haberse sentido ignorada. O acaso se aburrió. Algunas veces pasa que las frases se cansan de esperar a que el escritor esté listo para dedicarles el tiempo y el espacio que merecen. Las más impacientes se largan con estrépito, tirando la puerta; las otras, más sensibles, se van calladamente, sin despedirse. Me aterra pensar que esa frase se haya ido. Me incomoda su ausencia. La sensación de pérdida es la misma que cuando mis mejores versos se han escurrido por el desagüe de la ducha. Jamás he logrado recuperar ninguno de los que se han mezclado con la espuma del jabón.

La frase ¡por fin! ha regresado. Entró sin hacer ruido y se apoltronó cómodamente en un rincón. A primera vista, parece estar intacta. Tiene la coma en su sitio, menos mal. «La loca de la casa» anda eufórica. Aunque su vida depende de mi, la historia depende de lo que yo haga con la frase fugitiva que ha vuelto como una hija pródiga. ¡Condenada reciprocidad! Se supone que en esta relación yo soy la pareja dominante. Falsa suposición. Mantenemos una lucha de poder que agota mis fuerzas hasta la rendición. Mientras la historia existe solamente en mi pensamiento, es todavía un embrión en desarrollo cuyo nacimiento depende de mi voluntad. Sin embargo, lo relevante y lo patético es que no soy yo quien ha creado al monstruito, sino ella, «la loca de la casa». Y después, ¡ay de mi!, sucederá lo de siempre. En cuanto escriba la frase, perderé casi todo mi poder. La historia, en algún momento, se emancipará, los personajes seguirán su propio rumbo, surgirán situaciones impredecibles… No podré impedirlo. Siendo mías la inteligencia y la memoria, «la loca de la casa» concibe las historias, preña a las palabras, yo sólo estoy obligada a parir a sus criaturas. La tirana me agobia noche y día, hace de mi su esclava. Y yo, lejos de oponer alguna resistencia, cedo sin protestar, la sigo obedientemente. Es inútil que intente sublevarme.

Sonó la hora. «La loca de la casa» me está desafiando. Quiere que me siente a escribir de una buena vez esa historia. Empezaré ahora mismo. No puedo arriesgarme a que la frase se escape de nuevo. Está muy inquieta. La coma titila, casi no puede respirar. Si escribiese a máquina, diría que la página continúa en blanco. Así era antes, cuando “Celestina”, mi pequeña Olivetti anaranjada, iba conmigo a todas partes, protegida bajo su negro y duro caparazón de plástico con asa. Colocaba una hoja en su rodillo y la dejaba ahí durante horas. En más de una ocasión dejé que transcurriese hasta una semana, entonces la pobre hoja, de tanto esperar, se adormilaba, acurrucada sobre la pechera de la fiel Celestina. La veía y sentía pena por ella. ¡Cuánta paciencia tienen las resmas de papel blanco! Ahora, lo blanco es la pantalla de la computadora. Mis dedos tamborilean sobre el teclado. Siento maripositas revoloteando en el estómago, como cuando he estado enamorada. Finalmente, la frase ocupará su lugar en el mundo. Una vez escrita, no podrá huir jamás. Dejaré que fluyan las palabras…

11 enero 2008

Más mentiras

Por Nelson Maica C.

"El malo, cuando se finge bueno; es pésimo".
Sir Francis Bacon


El por ahora presidente de Venezuela, desde la tribuna de Naciones Unidas en Noviembre del 2006, en USA, entre tanta palabrería grosera, soez, impropia de un ser humano normal, y para todo uso y gusto y vergüenza de los venezolanos, recomendó la lectura de uno de los textos escritos por Noam Chomsky, intelectual norteamericano, autor, como otros, admirado por los comunistas que aún quedan. Pero se olvidó, y desconocemos la razón, de sugerir también la lectura del texto: “Las 100 principales mentiras de Chomsky”, Por Paul Bogdanor, traducido por Mariano Bas Uribe. Las pueden conocer todas en internet. En vista de lo cual nos permitimos hacerles conocer, por ahora, algunas de ellas.

Las 10 principales mentiras de Chomsky sobre las matanzas masivas comunistas:

10. La mentira: "En comparación con las condiciones impuestas por la tiranía y la violencia de EE.UU., el Este de Europa bajo la esfera rusa era prácticamente un Paraíso".[1] Este numero, al terminar cada cita, corresponde al origen de la cita, la cual, por razones de espacio no suministramos en esta oportunidad. Por favor nos disculpan. La pueden ver en internet.

La verdad: Los comunistas mataron entre 4 y 5 millones de personas en Ucrania; 400.000 en Polonia; 360.000 en Rumanía; 300.000 en Bielorrusia; 200.000 en Hungría; 100.000 en Alemania del Este; 100.000 en Lituania; 70.000-100.000 en Yugoslavia; 30.000-40.000 en Bulgaria; 20.000 en Checoslovaquia y 5.000 en Albania. Otras atrocidades incluyen la muerte de más de 500.000 prisioneros de guerra y las violaciones masivas a más de 2 millones de mujeres por parte del Ejército Rojo en áreas de Alemania ocupadas por los soviéticos.[2]

9. La mentira: "También es relevante la historia de la colectivización en China, que, comparada con la Unión Soviética, muestra una mayor confianza en la persuasión y la ayuda mutua que en la fuerza y el terror y parece haber tenido más éxito".[3]

La verdad: Los comunistas declararon oficialmente que habían matado a 800.000 personas en los primeros años de dictadura, de forma no oficial admitieron la muerte de 2 millones en un solo año.[4] La colectivización forzosa china culminó en el Gran Salto Adelante, la peor catástrofe en la historia humana, en la que murieron 30 millones de personas.[5]

8. La mentira: "las fuentes básicas para las altas estimaciones de muertes en por la reforma agraria de Vietnam del Norte fueron personas relacionadas con la CIA o el Ministerio de Propaganda de Saigón (...) de hecho no hay evidencia de que los líderes ordenaran u organizaran ejecuciones masivas de campesinos".[6]

La verdad: Vietnam del Norte anunció que el 30% de las víctimas fueron inocentes y que 15.000 fueron ejecutados por error, lo que significa una matanza de 50.000 personas. Informaciones de desertores de Vietnam del Norte indican que se mató a 50.000. A un diplomático húngaro se le dijo a través de una fuente oficial que se había matado a 60.000. Un izquierdista francés que trabajaba en Vietnam del Norte escribió que se había masacrado a 100.000. El total de muertes habría sido muchas veces mayor, ya que las familias de los ejecutados murieron de hambre bajo la política de "aislamiento".[7]

7. La mentira: "El éxito revolucionario en Vietnam, tanto en la teoría como en la práctica se basó principalmente en tratar de atender las necesidades de las masas (...) Un movimiento adaptado para ganarse el apoyo de las masas rurales no ocasionaría baños de sangre entre la población rural".[8]

La verdad: Según estimaciones conservadoras, los escuadrones de la muerte del Vietcong asesinaron a 37.000 civiles en Vietnam del Sur; la cifra real fue mucho mayor, ya que se registró sólo una pequeña parte de los asesinatos anteriores a 1967 y los datos sólo llegan hasta 1972. Los terroristas del Vietcong también iniciaron una campaña de matanzas masivas contra aldeas civiles y campos de refugiados; en la parte álgida de la guerra, cerca de un tercio de las muertes civiles fueron resultado de atrocidades deliberadas del Vietcong.[9]

6. La mentira: "Dado lo confuso de los acontecimientos y evidencias, sumado a la completa falta de fiabilidad de las 'pruebas' de EEUU-Saigón, como mínimo puede decirse que el 'baño de sangre' del NFL-DVR[10] en Hue fue inventado a partir de evidencias realmente muy endebles".[11]

La verdad: Los comunistas se jactaron de asesinar a miles de personas en la ciudad sudvietnamita de Hue. Un regimiento informó que sólo sus unidades habían matado a 1.000 víctimas. Otro informe indicaba que 2.867 personas fueron asesinadas. Otro documento interceptado habla de una "enorme victoria" en la que mataron a más de 3.000 personas. Un documento posterior contaba 2.748 ejecuciones.[12]

5. La mentira: "En un fenómeno con pocos paralelos en la experiencia occidental, parece que ha habido un número de muertes injustificadas cercano a cero en la posguerra de Vietnam. El milagro de la reconciliación y la moderación (...) ha sido casi totalmente ignorado".[13]

La verdad: El desertor Nguyen Cong Hoan afirmó que entre 50.000 y 100.000 personas fueron masacradas por los comunistas. El prisionero político Doan Van Toai y el oficial comunista Nguyen Tuong Lai informaron que 200.000 desertores del Vietcong fueron fusilados. Un número estimado en 165.000 disidentes y prisioneros de guerra murieron en campos de concentración. Las expulsiones masivas llevaron a la muerte ahogados de 200.000-250.000 boat people, de acuerdo con cifras de la ONU.[14]

4. La mentira: "parece justo describir la responsabilidad de Estados Unidos y Pol Pot por atrocidades durante 'la década del genocidio' como más o menos del mismo calibre".[15]

La verdad: No son ni remotamente del mismo calibre. Las fuerzas estadounidenses causaron en Camboya aproximadamente 40.000 víctimas entre miembros de los Jemeres Rojos y civiles. Los Jemeres Rojos mataron a más de 1,8 millones de civiles entre 1975 y 1979.[16]

3. La mentira: "Una comparación que presentamos con gran detalle es especialmente reveladora: el 'baño de sangre benigno' llevado a cabo por Indonesia tras su invasión de Timor Oriental en 1975 y el 'baño de sangre vil' de los Jemeres Rojos cuando se apoderaron de Camboya el mismo año (...) las dos matanzas son comparables en escala y características".[17]

La verdad: No son comparables ni en escala ni en sus características. La invasión Indonesia de Timor Oriental causó 100.000-180.000 muertes.[18] El genocidio de los Jemeres Rojos en Camboya causó más de1, 8 millones de muertes.[19] Los militares indonesios llevaron a cabo una brutal represión de la resistencia armada en un territorio extranjero. El baño de sangre de los Jemeres Rojos fue un ataque motivado ideológicamente contra una población indefensa en su propio país.

2. La mentira: "Si 2-2½ millones de personas, alrededor de ⅓ de la población hubieran sido asesinados sistemáticamente por una banda de peligrosos criminales que hubieran accedido al gobierno, [el senador] McGovern estaría dispuesto a considerar una intervención militar. Suponemos que no habría hecho esta propuesta si la cifra de muertos fuera, digamos una centésima parte, es decir, 25.000 personas (...) [o] si las muertes no fueran consecuencia de matanzas o hambrunas sistemáticas organizadas por el estado sino más bien atribuibles en buena medida a venganzas entre campesinos, unidades militares indisciplinadas fuera del control del gobierno, hambrunas y enfermedades que son consecuencia directa de la guerra de EE.UU. u otros factores".[20]

La verdad: Ningún observador serio piensa que sólo murieron 25.000 personas bajo los Jemeres Rojos o que las muertes masivas fueran consecuencia de otra cosa que las matanzas y hambrunas sistemáticas organizadas por el estado. Incluso el líder de los Jemeres Rojos Khieu Zampan reconocía 2 millones de muertes, que atribuía a la invasión vietnamita.[21]

1. La mentira: "La evacuación [de los Jemeres Rojos] de Phnom Penh, ampliamente denunciada desde entonces hasta ahora por su indudable brutalidad, puede en realidad haber salvado muchas vidas. Es sorprendente que los hechos cruciales raramente aparecen entre las voces condenatorias".[22]

La verdad: Al menos 30.000 niños muy pequeños murieron como consecuencia directa de la evacuación de Phnom Penh por los Jemeres Rojos.[23] En total, al menos 870.000 hombres, mujeres y niños de Phnom Penh murieron bajo la dictadura de los Jemeres Rojos.[24]

¿Fue una manipulación? ¿Acaso es manipulador? Razón, además, para cambiarlo. ¡Para cambiarlos a todos! ¡Que renuncien todos!

¿Cuánto dinero del pueblo venezolano se gasto y seguirá gastando en el show contra Colombia y en “mejorar” las “imágenes públicas” ya “descoloridas” de él y sus “compinches”? Parece que esta circulando un pre calculo. Y Colombia les dio licencia “para todo lo relacionado con la recepción de rehenes” a algunos “representantes”. Un adagio popular dice “los mochos se juntan para rascarse”. Cierta contradicción: un aviso de ataque general de la guerrilla en el 2008 y entregan dos rehenes después que al cgi se “le vino el mundo encima”. Algo para reflexionar

¡Y, por favor, no vengan a decir ahora que los guerrilleros y el cgi son unos angelitos reunidos con Papá Dios! ¡Hasta cuándo farsa! ¿Qué estará “pensando” la justicia Colombiana y la Internacional? ¿Qué podrán hacer?

NO al comunismo. SI a la libertad. Restauremos la democracia plural en Venezuela.