04 marzo 2007

El poeta y Dios

Por Delfina Acosta*

Dios es el gran tema de Dámaso Alonso. Este vate madrileño, penosamente, tristemente, encendidamente, le escribe al Dios de sus noches desamparadas, invadidas por “pesadillas”, y a veces por “insectos”, en su libro capital: Hijos de la ira.

El poemario causa enorme impacto. Y no puede ser de otra manera, pues en los versos del texto se nota el drama existencial que le tocó vivir a Alonso cuando la Guerra Civil española estalla, cegando vidas inocentes.

Leer Hijos de la ira es comprobar cuán enormemente Dios, mete su dedo, vuelto fuego, en la carne y en la conciencia de Dámaso. Él quiere creer en Dios; desea pensar en su existencia, o en alguna forma de oración nocturna. Difícil tarea. Pretensión demasiado elevada porque a menudo le sobrevienen las muy humanas dudas, y sus versos, encolerizados, se levantan, como olas infestadas de tiburones, contra Él. A veces, el hastío, la desolación de una Madrid que “es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”, la soledad de hierro, le muestran la indiferencia de Dios, y se hunde en una suerte de versos que navegan usando como remos el dolor, el horror y el desencanto.

Pero hay momentos dentro del texto poético que nos revelan un sentimiento de mansedumbre, de entrega casi, de Dámaso. Como cuando dice, por ejemplo: ...¡Ay, Dios,/ cómo me has arrastrado,/ cómo me has desarraigado,/ cómo me llevas/ en tu invencible frenesí,/ cómo me arrebataste/ hacia tu amor! En este combate intelectual y moral que propone la magistral obra, no hay nada librado a la simple intuición. Dios, el mundo por él creado, los insectos y los monstruos a los que dio vida, son observados, como a través de una ira y de un amor contenidos por el colosal poeta.

En algunas líneas de Hijos de la ira, puede entreverse, sin embargo, cierta seducción que en él ejerce El Hacedor. ¿Por qué? Pues porque su creación poética pareciera crecer a la sombra del Señor, por cierto sumamente “exigente”, ya que una ira “virgen”, recién estrenada, es la que se halla presente en su obra.

Nunca he leído versos tan iracundos; ellos se presentan como si acabaran de bajar de un pasado animal, y despiertan, enceguecidos, ante un mundo donde la vida causa terror, asco, locura, alguna pequeña dulzura y desamparo. El interés genuino, sin lugar a dudas, de Alonso, por razonar en la figura del Creador, es también común en poetas anteriores y posteriores a él.

Pero la fuerza con que opera en su ánimo la figura de una deidad tiene alturas pocas veces vistas en otras obras.

Madrid es una ciudad de más de un millón
de cadáveres ( según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me
incorporo en este nicho en el que hace
45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán,
o ladrar los perros, o fluir blandamente
la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente
de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente
mi alma,
por qué se pudren más de un millón de
cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren
lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra
podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales
del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?


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