10 febrero 2008

Secuestrados y presos de guerra

Por Marcos Carrillo Perera

Aprovechó el carnaval para disfrazarse de militar y celebrar su más cara derrota. Cuando se monta el uniforme se siente envalentonado, guapo y apoyado –aunque simplemente sea un truco de su mente decaída.

Cree que puede decir cualquier cosa que se le antoje, así como si fuera el director de la carroza principal de una comparsa, en lugar de ser presidente de una república. (Es verdad que ha demostrado reiteradamente no poder entender la distinción entre persona e institución, pero es necesario insistir).

Con la irresponsabilidad de un edicto de Rey Momo, declaró no sólo la beligerancia de las FARC sino la soberanía territorial de los terroristas, lo que constituye un paso decidido para promover en nuestro país una representación diplomática oficial de los bandoleros –porque clandestina existe hace mucho tiempo, que le pregunten al canciller Rodrigo Granda y al ministro Rodríguez Chacín.

Pero el paroxismo llegó cuando afirmó que los secuestrados por los terroristas son prisioneros de guerra. Esta inaceptable expresión es una afrenta al mundo civilizado y a la vida de los que sufren tan injusta condena, lo que incluye a secuestrados y familiares. Con la frase, Chávez pretende minimizar la crueldad del trato que la guerrilla ha dado a los inocentes, torturado por años, o a los que asesinaron con tiros de gracia o collares bomba. Tal manipulación, no hace sino contribuir a obstaculizar un mellado proceso de paz en el que Chávez pasó de actor principal a insoportable fisgón.

La guerrilla colombo-venezolana secuestra con fines fundamentalmente crematísticos y, de paso, utiliza a sus encadenados como escudos humanos. Pero Marulanda y sus secuaces también mantienen secuestrado a muchas otras personas. Numerosos miembros de esas organizaciones delictivas son cautivos del uniforme camuflado que llevan y de las montañas colombianas que habitan. En la actualidad, buena parte de los guerrilleros son robados a sus padres desde niños y, si quieren alejarse de la vida de absurdas privaciones a las que los someten, son amenazados de muerte. También hay que luchar por la reinserción de estos secuestrados.

A pesar de todo, ese mismo lunes de carnaval, el mundo civilizado le dio una lección al patrocinador de los irregulares. Las multitudinarias marchas por el universal rechazo a los grupos terroristas colombianos, y la indiferencia de los aliados tarifados del gobierno venezolano frente al llamado a reconocer la beligerancia de las FARC y el ELN, son claros síntomas del aislamiento y la debilidad de la posición del atolondrado presidente.

Debe llenarnos de esperanza el espíritu de unidad frente a la fatalidad que ha vivido el pueblo colombiano y que ha salpicado de muerte nuestra frontera. La solidaridad manifestada durante las marchas en Venezuela demuestra que entre nuestros pueblos predomina el espíritu de la paz y la liberta, y que nuestra lucha es para que prevalezcan los valores democráticos en el continente.

Los pueblos de Venezuela y Colombia están unidos frente a las atrocidades de las FARC, el ELN y de quienes los apoyan. Nuestros países están destinados a cooperar para el logro de la paz y de la democracia. Frente a la atávica alocución presidencial, el lunes pasado el mundo civilizado reiteró que los secuestrados no son presos de guerra, son presos de conciencia.

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