02 febrero 2008

El caballo de Calígula

Víctor Maldonado C.

Alcibíades "el bello" estuvo en el centro de la vida política de Grecia. Su mejor biógrafa, Jacqueline de Romilly, nos lo muestra determinando la política de Atenas; después la de Esparta, y por último la de los sátrapas persas. Leyendo su historia, uno se da cuenta del rol que desempeñó en la ruina de Atenas, por dos razones que todavía hoy muestran una vigencia innegable.

En primer lugar, porque encarnó el imperialismo ateniense en su forma extrema y conquistadora, y en las imprudencias que provocaron su caída. En segundo lugar, porque es la figura arquetípica de aquel que antepone la ambición personal al interés común. Alcibíades es la desmesura.

Mimado, caprichoso y lunático, Calígula ejerció el poder imperial con crueldad y terror. Obsesionado con el juego morboso de decidir quién vivía y quien moría, terminó totalmente desconectado de la realidad, haciendo burlas de las instituciones clave de Roma. Cuenta la leyenda que incluso intentó nombrar a su caballo Incitato como cónsul y miembro del senado romano. Calígula es la crueldad.

Pasión, celos y necrofilia son las claves para entender la vida de Juana I de Trastámara, apodada La Loca. Tercera hija de los reyes católicos, se enamoró perdidamente de Felipe el Hermoso, Archiduque de Austria. Cuenta la leyenda que eso sucedió en el primer encuentro, pero que al poco tiempo Felipe perdió el interés en la que ya era su esposa, lo que provocó en Juana una celopatía incontrolable. Muerto Felipe, la reina enloqueció definitivamente. Ante el asombro de toda su corte, comenzó una larga procesión para llevar el cadáver de su esposo desde Burgos hasta Granada; durante las noches de ocho largos meses toda Castilla la vio recorrer el trayecto, sin querer separarse de su amado, sin cambiarse de ropa, sin lavarse, arropada por una melancolía irreversible. Juana es la pasión descontrolada.

Todos ellos locos egregios, unos más extremos que otros en la línea de la excentricidad, la pérdida de sentido de la realidad, la imposibilidad de discriminar entre lo importante y lo accesorio, o entre lo sublime y lo ridículo, reducidos por tanto a la repetición febril de conductas y al balbuceo sin sentido de temas transformados en obsesiones. La desmesura en la ambición de Alcibíades, la crueldad destemplada de Calígula, la pasión excesiva de Juana, son simples muestras de los caminos por los que se conduce la insensatez. ¿Cuál puede ser la diferencia entre cada una de sus conductas, e intentar colocar al país en el trance de descubrir las causas de una muerte ocurrida hace ciento sesenta y ocho años? ¿A qué tipo de locura estamos sometidos, cuando en el medio de la mayor catástrofe económica y social, el presidente designa una comisión especial encabezada por el vicepresidente de la República e integrada por diez ministros, el fiscal general y el presidente de un instituto autónomo para conocer las verdaderas causas de la muerte del libertador?

Mientras el alto gobierno se ocupa de arqueología forense, la realidad insiste en imponerse a todo aquel que la quiera ver: Muestra cómo aquí y ahora están muriendo 40 venezolanos todos los días, se están robando un vehículo cada 10 minutos, hacen falta cerca de dos millones de nuevas viviendas, estamos abatidos por el dengue y la malaria, por la inflación y el desabastecimiento, por la corrupción y la mentira. ¿Acaso el presidente no tiene suficiente conexión con una realidad que le pide a gritos que atienda los verdaderos problemas del país? ¿Acaso no siente que el ridículo, cual espíritu burlón lo está rondando? ¿Acaso no sabe que a nadie le interesan las razones por las cuales murió Bolívar, que resulta mucho más fructuoso ocuparse del presente nacional? Por lo que se ve, Alcibíades, Calígula y Juana La Loca son los fantasmas que rondan el palacio en las noches de insomnio del Presidente.

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