10 febrero 2008

¿Cuál virtud?

Por Nelson Maica C.

“La primera virtud es frenar la lengua,
y es casi un dios quien teniendo razón sabe callarse”.

Catón de Útica


En algún momento leí que el liberalismo no puede existir sin virtud porque la necesita, porque le es propia, porque el liberalismo se nutre de las fuentes de la virtud. Y las fuentes de la virtud son sencillamente el ser humano en familia y en religión y en asociación, en asociación civil. La virtud le es necesaria, también, para su propia conservación y preservación.

¿A qué viene esta idea? Viene como una consecuencia de ver y oír, sorprendido, las imágenes por televisión, grotescas e insólitas, del actual presidente venezolano mascando hojas de coca y, otras, glorificando a grupos guerrilleros y terroristas y, de paso, como en estos últimos diez años, repetir y repetir su cantaleta, fastidiosa ya, culpando al liberalismo y al neoliberalismo y a los estados unidos de todos los males del mundo. Sus amenazas y gritos de guerra. Y, sobre todo, el discurso de la muerte. El chantaje mediático en acción contra la población. ¿Hasta cuándo? ¿Qué le pasó a la “virtud ciudadana” en la política venezolana? ¿En cuál lugar está ahora?

Días después, mientras ojeaba un libro, llegó, de repente, un cúmulo de imágenes debatidas hace mucho tiempo cuando estaba en las aulas universitarias relacionadas con el liberalismo, su larga data, procedimientos, argumentos, sobre todo de algunos de sus pensadores, quienes parecían muy conscientes de la importancia que tenía la virtud para la existencia de un orden político liberal. Tratamos, entonces, de recordar cuanto pudimos de las obras de Thomas Hobbes (1588-1679, inglés), John Locke (1632-1704, inglés), Immanuel Kant (1724-1804, alemán) y John Stuart Mill (1806-1837, inglés).

Iniciamos la tarea de reinformarnos. Los apuntes viejos. Libros de la estantería. Conversación con amigos. Internet. Se nos presentó Aristóteles y de allí partimos para esta opinión. Aristóteles planteó, según nuestro parecer, que la virtud del ciudadano y la virtud del hombre no coinciden, sencillamente, porque la perfección humana es una sola y el ciudadano vive o puede vivir bajo distintos sistemas políticos y/o regímenes políticos. ¿A cuál virtud, entonces, referirnos en este breve espacio?

Definimos entonces “la virtud”, para esta opinión, como aquella que desarrolló un hábito que se hizo durable mientras existió determinado régimen político. Y esta instrumental definición nada tiene que ver con aquella virtud que busca la excelencia moral de por si, ni con la eudaimonia aristotélica (“la felicidad”, el fin-bien- último que persigue el hombre). Nos quedamos con la concepción de virtud que dura el mismo tiempo que un determinado régimen político, como el presente, porque nos parece que es cuanto estamos viviendo, por ahora, en Venezuela. Tocaremos los autores antes mencionados solo en cuanto a lo relacionado con la idea que dio origen a esta opinión.

El estado propuesto por Hobbes, para existir, necesita de las virtudes ciudadanas que hacen posible la “convivencia pacífica y la obediencia” y que sólo cuando los hombres gozan de plena libertad y, sólo entonces, son capaces de elegir responsablemente el tipo de gobierno que les satisface.

El estado, en Locke, tiene como fin proteger los intereses civiles de los ciudadanos y no interferir en sus creencias religiosas. Sostiene que es ley natural que el hombre busque la felicidad y rehuya el sufrimiento, que no existen leyes morales innatas y reconoce tres tipos de leyes por las cuales se puede juzgar la moralidad (utilidad real de una acción): leyes divinas, leyes civiles y las leyes de la opinión pública. El gobierno civil necesita ciudadanos instruidos en la virtud, formada desde el ámbito privado, la familia y el trabajo. El gobierno civil debe ser muy potente en términos éticos y materiales. La educación moral, sobre todo en familia, requiere familias estables y prósperas para ser trasmitido a las nuevas generaciones.

Kant diferencia la virtud de la prudencia, del juicio prudente y de la circunspección, que harían posible una “convivencia racional”, incluso, entre “demonios inteligentes”, desprovistos de virtud.

Mill se preocupa porque el ciudadano llegue a ser extraordinario, de la virtud y/o virtudes que le permitan su desarrollo personal y del sostenimiento de la democracia liberal.

Debemos mencionar, también, las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza y las virtudes teologales de nuestra iglesia católica: fe, esperanza y caridad.

¿Qué y cómo hacemos frente al actual régimen político venezolano, por ahora, prácticamente sin virtud ciudadana en sintonía con nuestro devenir? Sin convivencia pacífica y con cierta cuota de obediencia ciega, vil, a un dictador extranjero como el cubano; sin libertad plena; sin poder elegir libremente el gobierno que deseamos; sin protección a los intereses civiles de los ciudadanos; con interferencia del gobierno en las creencias religiosas; sin poder buscar la felicidad individual; bajo una predica de amenaza, chantaje y guerra permanente de sufrimiento individual y colectivo; sin moral pública desde el gobierno; sin respeto por las leyes divinas, civiles y de opinión publica; sin ámbito privado de familia y trabajo; sin ética; y, como ejemplo, desde el gobierno se muestra el consumo de la hoja de coca, nada menos que por el propio presidente.

¿Dónde están las leyes contra los psicotrópicos, estupefacientes, de este país? ¿Dónde están los políticos de hoy y de mañana? ¿Dónde están los defensores de la sociedad civil y de la democracia plural? ¿Dónde los defensores de la familia? ¿Acaso, también, les dimos unas vacaciones a las virtudes ciudadanas? ¿Desaparecieron? ¿O es que ciertamente carecemos de virtudes ciudadanas?

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