02 febrero 2008

El libro del desasosiego

Por Teódulo López Meléndez

Cuando el señor Alves –fiel servidor de nuestra embajada en Portugal, ya fallecido- puso sobre mi escritorio de Ministro Consejero O livro do desassossego escrito por “Bernardo Soares”, heterónimo de Fernando Pessoa, jamás imaginé que tendría que parafrasearlo muchos años después para describir la situación venezolana. Tampoco imaginé que Alves me había puesto delante un libro de la magnitud y de la trascendencia de aquel.

En aquellos años se había abierto el famoso baúl donde el gran poeta había amontando centenares de originales y yo le había dicho que me comprara todo lo que fuese apareciendo. Escribía yo a toda velocidad mi libro Pessoa, la respuesta de la palabra, el que sería publicado muchos años después por la Academia Nacional de la Historia de mi país (1992).

Hago la referencia porque desde aquel día cada vez que oigo la palabra desasosiego la asocio a Pessoa. Es más, creo que el poeta se apoderó de ella de tal manera que es imposible separarla de su nombre. Sin embargo, lo que los venezolanos viven día a día es una falta absoluta de sosiego que, sólo tal vez por mi compenetración con Pessoa, asocio en este texto. Lo que percibo es que les parece vivir en una irrealidad, en un estado alterado, en una incongruencia tal que los hace parecer actores de una tragicomedia. Los venezolanos flotan sobre esta nube de incontinencia y tratamos de llegar al día siguiente para encontrarnos con una nube sustituta de la anterior, y así día tras día.

El desasosiego se ha apoderado de la nación. Los venezolanos han aprendido que los países no tienen fondo y que pueden seguir cayendo indefinidamente. El día anterior fue muy malo, pero fue mejor que el hoy. Padecemos una crisis de desabastecimiento como no recuerdo, una inflación galopante que devora el dinero y los ingresos, una inseguridad que nos ha restringido en nuestros horarios y en nuestras salidas, una devaluación de hecho que trata de ocultarse penalizando a quienes hablen del dólar paralelo, una carestía que nos hace temblar y, lo peor, un empeño en seguir destruyendo.

Se prohíbe la distribución de determinados productos en la frontera, se militariza la distribución de la gasolina, se trata de enfrentar el problema despreciando a los productores nacionales y haciendo compras masivas de alimentos en el exterior, muchas de ellas en el odiado imperio. Venezuela es un imperio, el de la incongruencia, el de la desfachatez, el de la inopia más pura y perversa y, por supuesto, el de la injerencia en los asuntos internos de otros países y el de las agresiones económicas a Colombia.

Tenemos nueve años escribiendo el libro del desasosiego, pero el desasosiego está llegando a límites peligrosos. El país está sembrado en la angustia, cada hora espera una noticia mala y la noticia mala llega. Cada día se produce un hecho fuera de toda lógica, pero los venezolanos piensan que ha podido ser peor. Sin embargo, el desasosiego ha convertido al país venezolano en una bomba de tiempo. Hace unos días asistí a un centro comercial a hacer diligencias y de golpe me encuentro con las santamarías abajo; cuando logro salir la policía me advierte que me desvíe pues –según dicen- en la esquina hay un maletín con explosivos. Comento que allí no hay ninguna oficina importante. Cada día hay una historia. Cada día un sobresalto. Cada día la imposibilidad de conseguir algo. Cada día una amenaza: no habrá más pan, deberemos comer yuca, alega el dedo ex-omnipotente que desgobierna a la república.

Esta es la república del desasosiego. El desasosiego es otro elemento que nunca es suficiente, puede ir en aumento, como en efecto va. Cada día los venezolanos agregan una página al libro del desasosiego que, con paciencia inaudita, escriben y se dejan escribir. Por ello he advertido a los candidatos presurosos que anuncian sus postulaciones para las elecciones regionales de octubre que el primer deber no es ser candidatos, sino el de oponerse al régimen –ahora agregaría que poner los ojos sobre el desasosiego- y mantenerse sobre los problemas de la gente que lo demás vendrá por sí solo cuando llegue la hora de las encuestas. Por ello miro con aprehensión ese comunicado de los “intelectuales” donde apenan se limitan a pedir al gobierno transparencia, claridad y amplitud. Alegan que es en homenaje al 23 de enero de 1958 y a los intelectuales que se opusieron a la dictadura de entonces, pero no encuentro allí ni homenaje ni nada que se le parezca, ni un comportamiento como el de aquellos hombres y mujeres. No quiero ser “abajofirmante” y menos de documentos timoratos. El país requiere que sus intelectuales hablen claro, no que se refugien en bojote a hacer de declarantes pávidos.

La población es víctima del desasosiego. Las elecciones regionales están lejos, aunque celebremos el pronunciamiento de los partidos que proclaman el compromiso de presentar un solo candidato y la declaración principista de “Podemos”. Las cosas van de mal en peor. La única verdad es que no podemos tener la certeza de que esto llegue hasta las elecciones regionales. Algo huele muy mal en Dinamarca. Hay que ocuparse del desasosiego. Hay que poner sobre la mesa un proyecto de país que entusiasme. Hay que prever, olfatear los síntomas que asoman por todas partes y que huelen tan fuerte que logran opacar los fétidos de la basura que está en todas las calles de todas las ciudades. Del desasosiego a la ira hay un solo paso.

Los estudios de opinión indican que ya la población no separa al dedo ex-omnipotente de todas las desventuras que vivimos. Las encuestas señalan que el dedo ex-omnipotente va en barrena. Caminar un poco indica que la población ya no acepta a estos desarrapados que corren a aprobar apoyos sobre las FARC porque el dedo ex-omnipotente lo dijo o que se apresuran a llevar testigos de nuevo ante el disfraz de parlamento para inculpar a Nixon Moreno –el estudiante, ya graduado, refugiado en la Nunciatura Apostólica por ser culpable del primer planteamiento estudiantil que sacudió al país- o que se dedican estúpidamente a “diagramar” como es la IV Flota que los norteamericanos piensan reactivar o que se rasgan las vestiduras porque ven venir un “noriegazo”. La paranoia los hace ver helicópteros gringos bajando sobre Miraflores a llevarse al dedo ex-omnipotente por aquello del narcotráfico.

De desasosiego a barril de pólvora hay un paso. Los sectores populares –no ya sólo la clase media- padecen de falta de leche para los niños, de muerte de conductores, de asaltos en las busetas, de cobro de peaje en sus barrios, de escasez generalizada, de imposibilidad de cubrir la cesta básica. De tantas y tantas cosas que están transformando el desasosiego en profunda rabia.

Pessoa: "Lo que sobre todo hay en mi es cansancio y aquel desasosiego que es gemelo del cansancio, cuando este no tiene más razón de ser que la de estar siendo”.

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