19 febrero 2008

El regaño presidencial

Por Marcos Carrillo Perera

Una vez más Chávez sometió al escarnio público a varios de sus más incondicionales colaboradores. En medio de una de sus peroratas dominicales, se sacudió de toda responsabilidad por el deplorable manejo de las tierras en el país y la emprendió contra el ministro Jaua, el presidente del INTI, el jefe de la guarnición y hasta contra su propio padre. Todos ellos eran culpables de que no estuviera sembrado hasta el último rincón del estado Barinas.

Hay una verdad como un templo en el autocrático regaño: este gobierno es el máximo prodigio de ineptitud que esta tierra haya conocido. El equipo de gobierno, lejos de promover la agricultura, promueve políticas agropecuarias erradas y ha generado un estado de terror tal (apoyado por los panas de las FARC, ELN, FBL, etc.,) que ha tenido como resultado la muerte del campo. Y no puede ser de otra manera, pues no hay el más mínimo criterio de racionalidad para nombrar a las máximas autoridades. Se sabe, eso sí, que ser militar es un comodín que sirve para ocupar carteras que van desde Interior y Justicia, pasando por Alimentación, hasta Infraestructura. Vergüenza verde oliva.

Los civiles que acompañan esta alocada aventura no mejoran el cuadro, pues se comportan con un grado tal de sumisión que son un remedo triste de la subordinación propia de la Fuerza Armada. La autosometida AN es el paradigma de este proceder. Pero la vergonzosa actitud del ministro Jaua frente a la humillación televisada también es un buen ejemplo, no sólo de sumisión, sino de la falta de criterio en los nombramientos ministeriales. Que se recuerde, luego de que se quitó la capucha, ha sido constituyente, asambleísta (en el congresillo), ministro de la Secretaría, protoembajador -objetado por Argentina-, y ahora, ministro de Agricultura y Tierras (¿tan siquiera sabrá montar caballo?); es decir, el hombre ha ejercido cargos diseñados para juristas, políticos, gerentes, diplomáticos y especialistas en el ámbito agropecuario. ¡Una pelusa!

Pero, como reza el dicho, la culpa no es del loco sino de quien le dio el garrote. La frustración presidencial es un pecado atribuible, única y exclusivamente, a quien, luego de diez años de gobierno, insiste en enroques entre personajes que han comprobado su incompetencia mucho más allá de lo que pueda soportar cualquier tierra generosa.

La perenne búsqueda de excusas, culpables, pretextos y evasivas es la más clara evidencia de la ineptitud presidencial. Nadie que esté haciendo su trabajo con responsabilidad se amarra de algún subterfugio para explicar sus acciones. Señalar con el dedo índice al más próximo cuando se le increpa es un acto pueril, inaceptable en un adulto cualquiera, y peor aún si es un servidor público quien apela a esta salida recurrentemente.

Si el ministro Jaua es tan malo como el Presidente afirma, entonces debe retirarlo del Gabinete, y punto. El hecho de que lo deje en el cargo, o que más tarde lo nombre ministro de Turismo o viceministro de Energía, y luego no dé resultados es imputable, fundamentalmente, a quien lo ha escogido para el ejercicio de puestos para los que no es competente.

Al final, todo es un juego de espejos: son nombrados en cargos para los que no sirven porque son sumisos. Son sumisos porque no sirven. Así se construye la farsa gubernamental, la revolución de la ineptitud y la mentira. Hay un solo culpable.

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