18 febrero 2008

La desesperación de los conservadores

Por Álvaro Vargas Llosa

La campaña presidencial estadounidense ha puesto sobre el tapete un dramático estado de orfandad entre los conservadores, desesperados por encontrar un líder y, fundamentalmente, una identidad ideológica.

Un movimiento que cifra sus esperanzas en tres líderes diferentes de manera sucesiva en el transcurso de una misma elección primaria tiene que estar desesperado. Primero, apostó por el actor y ex senador Fred Thompson, cuya candidatura fue virtualmente impuesta por conservadores que observaban el abanico republicano con desamor. Cuando Thompson fue incapaz de alzar vuelo, comenzaron a tratar a Mike Huckabee, el ex pastor bautista y ex gobernador de Arkansas, como su abanderado de último minuto. Finalmente, temerosos de que el senador John McCain obtuviese la nominación, se pasaron a Mitt Romney, el ex gobernador de Massachusetts, a quien habían menospreciado durante la mayor parte de la campaña debido a sus cambios de posición y, de forma más disimulada, su fe mormona.

Si esta búsqueda angustiada es suficiente señal de que existe un serio problema en esa familia ideológica, la tortuosa relación entre las bases conservadoras y el casi seguro vencedor de la primaria republicana, John McCain, es la prueba definitiva. ¿Qué es lo que los conservadores objetan? Esencialmente, que no es un verdadero conservador. ¿Qué responden los seguidores de McCain, incluido, muy recientemente, el presidente George W. Bush? Pues que se trata de… un auténtico conservador.

En general, se perciben tres clases diferentes de conservadores. Una clase, quizás nostálgica de la llamada “Vieja Derecha” que se opuso al “New Deal” de F.D. Roosevelt y al ingreso de su país en la Segunda Guerra Mundial, cree en la libertad individual y una política exterior aislacionista; es decir, en un Estado pequeño de fronteras para adentro y también de fronteras para afuera. Un segundo grupo, que desciende vagamente del legendario candidato republicano de 1964, Barry Goldwater, cree en un Estado pequeño en el plano interno combinado con una política exterior musculosa que haga frente a los enemigos ideológicos en el exterior. El tercer grupo, el de los neoconservadores, le rinde pleitesía verbal al Estado pequeño, pero desea un poder judicial intervencionista que imponga ciertos valores a la sociedad, un gobierno intervencionista que haga un uso “compasivo” del presupuesto y una política exterior intervencionista que convierta al mundo a la democracia.

Por supuesto, las líneas demarcatorias no siempre son nítidas. Los neoconservadores también dicen propugnar impuestos más bajos; los descendientes políticos de Goldwater consideran que el libertario Ron Paul está loco de pretender reducir tanto el Estado, y McCain suena a veces a la “Vieja Derecha (libertades civiles) mientras que a ratos se expresa como un neoconservador (política exterior). Pero, a grandes rasgos, esos son los tres instintos que compiten en el movimiento conservador. No queda claro cómo se resolverán estas diferencias aparentemente irreconciliables y mucho menos quién terminará definiendo y liderando al conservadurismo estadounidense en estos inciertos albores del siglo 21.

He aquí un punto de partida. Los últimos años deberían haberle enseñado al movimiento en su conjunto que algunos de los objetivos defendidos por las distintas corrientes del conservadurismo son incompatibles entre sí. No se puede tener un Estado pequeño y una política exterior que busque activamente transformar al mundo a su imagen y semejanza. No se puede tener un gobierno “compasivo” que crea nuevas prestaciones y eleva los presupuestos de todas las dependencias —desde el Pentágono hasta los departamentos de Agricultura y Educación— si tiene intenciones reales de rebajar el gasto y la burocracia. No se puede utilizar al Estado para imponer ciertos códigos morales y al mismo tiempo hacer de la libertad individual la base del credo político en cuestión.

Los conservadores norteamericanos deben, primero, definir en qué clase de Estado creen realmente y, luego, escoger las palabras apropiadas para describir esa convicción. Es un proceso que los conservadores de otros países también han debido encarar. La caída de Margaret Thatcher llevó a una guerra abierta entre “eurófilos” y “euroescépticos”, pero también entre liberales radicales y “tories” tradicionales al interior del Partido Conservador británico. Años después, David Cameron ha surgido como líder de un partido unido, pero no está claro si esa unidad se debe a la urgencia de volver al poder.

En España, la pugna entre el alcalde de Madrid y la Presidenta del gobierno autonómico de Madrid, dos pesos pesados del conservador Partido Popular, probablemente se volverá guerra abierta para suceder al actual candidato presidencial, Mariano Rajoy, si pierde las elecciones generales de marzo. El odio es personal, pero también hay una rivalidad ideológica: el alcalde se inclina por un Estado más grande y la Presidenta es más bien liberal.
Si yo fuese un conservador estadounidense, no entraría en pánico. Apreciaría esta oportunidad de llevar a cabo un debate abierto, casi terapéutico (preferiblemente desde la oposición), durante los próximos años para luego regresar con una idea cabal de quiénes somos. Toda la nación, y no sólo la familia conservadora, se beneficiarían con ese proceso de depuración.


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