31 marzo 2008

Me queda la palabra

Por Delfina Acosta

Si uno se callara en este país que está inmerso en el robo a gran escala, si uno se tapiara la boca, los políticos que están en el Gobierno y sus alrededores seguirán comiendo al pueblo, como si este fuera un plato servido de bife con huevos revueltos.

¿Por qué los periodistas abrimos la boca, mal que les pese a muchos o a algunos políticos? Pues porque si nosotros, que hacemos la función del parlante, no damos a conocer la mentira diaria con que este Gobierno pretende mantenerse en su asiento, ¿quiénes hablarán por aquellas mujeres pálidas y por aquellos niños enclenques que se rebuscan entre las basuras para sobrevivir?

Miedo deberíamos tener los periodistas de quedarnos mudos.

Blanca Ovelar miente a los paraguayos prometiendo lo que no podrá cumplir, pues la rosca mafiosa que la acompaña está preparando nuevos cuchillos y tenedores para devorar los zoquetes del Estado en caso de que ella llegue al poder.

¿Qué nuevo plan de Gobierno puede funcionar cuando las máximas autoridades del Partido Colorado, no han mostrado, hasta los tiempos que corren, sino una evidente incapacidad para desarrollar un programa de salud y de educación que responda a la gente de los más humildes estratos sociales?

El pueblo necesita igualdad social. Desea comer dignamente. Las más apremiadas gentes a quienes vemos tirando carros por las calles, odian trabajar en Cateura, ese mundo atestado de moscas. ¿A quién se le ocurriría “hacer oficina” todos los días de su vida, en medio de la basura, si no fuera porque el hambre no le da respiro?

Cateura es un mundo que bien podría llamarse Infierno, pues allí están –esparcidos– los seres grises y anónimos de nuestra sociedad, ajustándose a un “salario”, para tirar, para hacer pasar un día más del calendario, hasta que resplandezca otro día de desolación y miseria.

Con la rosca mafiosa a su favor, ¿qué favores puede hacer Blanca Ovelar al pueblo paraguayo? Eso me pregunto yo. Y eso les pregunto a los lectores, que son, por supuesto, electores.

Y no, yo no me callo nada. No tengo miedo. Sí le tengo pánico a mi conciencia que me dice: “Si tú te callas, si cierras la boca, qué servicio prestas?”. El pueblo quiere unidad social, pan en la mesa, una cama limpia y de buen olor.

El pueblo desea vivir como los demás. No pretende más. No se contenta con menos. El pueblo quiere, repito, un trato igualitario ante las leyes, para empezar a andar un camino contrario a este, que le lleva, directamente, al despeñadero.

No me callaré. Y no se callan los valientes periodistas que denuncian a través de los distintos medios de prensa, los ilícitos cometidos por los políticos que están en el Gobierno. Me cuesta pensar en el silencio. No puedo ser cómplice de otra sangría que se ve venir si Blanca Ovelar llega a la presidencia del Paraguay.

Y aquí estoy, como el grillo de la medianoche en la habitación, estorbando –seguramente– a muchos, pero cayendo en gracia a quienes están haciendo oposición en serio.

Dios y el diablo me libren de tener miedo. Dios libre de tener miedo a quienes tienen la gran oportunidad de denunciar la diaria delincuencia de quienes devoran a la patria.

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