09 marzo 2008

Lo anecdótico de la guerra y del peligro

Por Teódulo López Meléndez

Lo anecdótico es generalmente irrelevante, algo curioso, un suceso circunstancial, algo sin importancia que contamos y sobre el cual en no pocas oportunidades bromeamos. Este gobierno venezolano que nos ha tocado en suerte protagoniza anécdotas a diario.

Veamos un par, ilustrativas a más no poder, para luego ocuparnos de lo opuesto: el “especialista en inteligencia” Ramón Rodríguez Chacín dijo solemne en rueda de prensa que tenía las coordenadas donde las FARC entregarían a los rehenes, pero que no las diría a nadie ni siquiera a la Cruz Roja y que sólo las entregaría al piloto del helicóptero ya en vuelo. Una vez en el sitio de los acontecimientos prendió su teléfono satelital para comunicarse con “su” comandante en jefe. Después de la historia de Raúl Reyes a uno lo que le queda por decir -a manera de anécdota- es que absolutamente nadie se enteró de donde estaba Rodríguez Chacín, nadie rastreó la llamada, nadie se enteró del punto exacto donde las FARC estaban entregando a los cuatro ex-parlamentarios en perfecto estado después de una “caminata de 230 kilómetros”. Vaya “especialista en inteligencia”. La otra curiosidad es la solemne perorata a la nación del Ministro de la Defensa donde “informaba” de la movilización militar para enfrentar los designios del imperio. Luego se acusó a los medios de divulgar –en “traición a la patria”- los secretos movimientos militares venezolanos. El jefe del Comando Sur de los Estados Unidos ha dicho que monitorea los movimientos de tropas venezolanas y ecuatorianas, de manera que saben donde está cada tanqueta, donde cada soldado, donde cada cañón. Recuerdo perfectamente cuando seguía, desde Lisboa, la guerra de Las Malvinas en la BBC de Londres, pues la estación precisaba con detalles los movimientos de la flota enviada por la señora Thatcher y anunciaba cada vez que un avión argentino acertaba sobre un navío de la Real Armada Británica.

Lo anecdótico forma parte diaria de la vida nacional. Como la oferta de los airados grupos foquistas de Lina Ron de colocar dos mil hombres en el “frente de batalla”. Ahora sabemos que tienen dos mil armas, dos mil portadores, dos mil guerrilleros urbanos. Lo anecdótico comienza a dejar de serlo cuando vemos que los protagonistas controlan a un gobierno. Lo anecdótico pasa a ser tragedia cuando comprobamos que la guerra continúa, que la guerra es contra la población de este país, que tenemos a un gobierno en guerra contra su propia nación. Este asunto deja de ser risible cuando tenemos a un gobierno observado por las cancillerías del mundo con aprehensión, conmiseración y asombro. Este asunto deja de ser tema de broma cuando se plantea –independientemente de que prosperen o no- que el Jefe del estado de este país será acusado ante la Corte Penal Internacional y cuando comienza a repetirse que Venezuela debe ser declarada un estado narcoterrorista.

No, esto no forma parte de la anécdota, esto forma parte del peligro. Esto no es asunto del Reader Digest con aquello de “la risa remedio infalible”. Nadie puede reír cuando un Jefe de Estado alega que él podría declarar terrorista a Pedro Carmona Estanga y bombardear su apartamento en Bogotá. Eso, en boca de un presidente, no es una anécdota, es una amenaza de muerte.

Del peligro forman parte los constantes abusos a los que se somete a nuestros militares. Del peligro forman parte las incidencias internas de este descalabrado suceso que la diplomacia internacional ha sabido meter en el congelador, porque meter en el congelador lo caliente para que se enfríe es el papel de la diplomacia. Y esas incidencias internas son variadas y llenas de peligro: se le ha dado un bofetón a la posibilidad de alternancia democrática por vía electoral, lo que no debe desanimar, en lo más mínimo, una participación total en los comicios regionales de noviembre próximo. Aún así, el elemento está presente. El gobierno ha sembrado, con sus maniobras militares y su arrogancia bélica, ha sembrado como nunca, la creencia colectiva de que no sale con votos, aunque sea derrotado en elecciones regionales o parlamentarias. Esa siembra es parte fundamental del peligro. Eso es jugar con fuego y el que juega con fuego se hace pipí en la cama (proverbio húngaro).

Disposiciones que violan la autonomía universitaria al ser aplastadas sus propias normas de admisión, leyes que salen –o mejor que entran-, desabastecimiento mientras el gobierno muestra con orgullo en propaganda oficial –caso insólito- que los puertos están abarrotados con alimentos y que hay “cero escasez”. Las importaciones masivas de alimento ahora son motivo de orgullo; francamente para plantearse de nuevo si reír o llorar. Abuso oficial de cadenas, discursos altisonantes, comportamiento desgreñado en el plano internacional, aplicación de la reforma derrotada por vía de la habilitación. Lo dicho: la guerra es interna.

Este no es un país que vive plácidamente en democracia. Este es un país en guerra, una interna, una despiadada, una que no permite momentos de paz o concede segundos de tregua. No estamos, pues, señores candidatos que llueven y pululan como mariposas amarillas, en “una noche tan bella como esta”. Aquí no se necesitan teléfonos satelitales para saber que la noche es oscura y tempestuosa. Aquí hay que ir a votar masivamente en noviembre y dejar de lado los brotes abstencionistas que como plaga egipcia comienzan de nuevo a surgir, pero hay que hacerlo bajo conciencia de lo que realmente vivimos. Aquí no se trata simplemente de “unidad y buenos candidatos”. Aquí se trata simplemente de que aprovechamos los resquicios electorales que el régimen permite, no más. Si no los aprovechásemos seríamos estúpidos, como seríamos estúpidos si pensásemos que el país transcurre en la “normalidad democrática”. Por eso me molesta de manera especial la argumentación jurídica ante el caso de los “inhabilitados” cuando ha debido darse una contundente respuesta política. En México López Obrador no se limitó a enunciados legalistas cuando lo querían inhabilitar como candidato presidencial sino que colocó una inmensa multitud forzando la barra e imponiendo la pertinencia de su candidatura. Aquí los “inhabilitados” proclaman que debe ser el Tribunal Supremo el que debe decidir, mientras su presidenta sale de asomada a proclamar lo bien que estuvo la movilización de tropas, seguramente para evitar que la jubilen antes de tiempo o la execren por haber votado “No” en contra de la reforma constitucional. Tiene la señora facturas que pagar.

En este país donde se entremezclan lo anecdótico y el peligro, debemos saber que no saldremos del peligro con anécdotas.

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