15 marzo 2008

Diario de amor


Por Delfina Acosta

Yo solía tener un diario. La necesidad de escribir mis abismos sin fondo me vino después de leer el diario de Ana Frank.

A veces, nada de cuanto me pasaba, anotaba. Insistía sobre cuanto deseaba que me pasara. Por ejemplo: “Estábamos mi primo y yo sentados sobre un viejo tronco de mango. La paloma le daba al palomo el pico en lo alto de un muro.

Era claro que llovería, pero a nosotros no nos importaba, pues si llovía nos quedaríamos acostados debajo del árbol. Que Adolfina, la empleada doméstica, pasara angustias, y prendiera la lámpara a gas, para salir a buscarnos bajo la tormenta, era un cálculo acertado. Pero aún así, ni modo. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿No se escapan, acaso, los primos? ¿No bajan corriendo una colina, mientras la lluvia moja sus ropas y zapatos, germinando en ellos la pulmonía y hasta la muerte?”

Estas y otras exageraciones escribía yo, en un cuaderno enorme, de una sola raya, y forrado con papel dorado.

Mi primo, cuando venía a pasar los fines de semana a casa, bajaba de su caballo de señorito, de niño mimado por los lujos de una casa de dos pisos, para afirmarse en el piso de tierra del galpón, donde Adolfina, sudando, echaba las papas al caldo del almuerzo.

Apenas él llegaba, yo me miraba en el espejo con todos los rostros que podía inventar. Colocar una rosa en los cabellos me delataría. Claro que la rosa me haría gran favor, pero qué irían a pensar mi abuela y Adolfina de mí, sino que otra vez estaba de cabra, fuera de mi juicio, y lista para la fiebre nocturna.

“Acaso soy bonita”, me decía, y me dirigía hacia él.
M. A. me miraba. Bajaba la cabeza, con las mejillas encendidas. Aquella era su manera de observarme; lo sabía y temblaba de alegría.
Me mostraba los cálculos de álgebra que resolvía en un santiamén. Su matemática era para mí oscurantismo, ciencia o eslabón de otra jerarquía. Yo sólo sabía que era un genio, que me amaba locamente, que la voz le salía como un aleluya para la canción y la declamación.

- ¿Me querrás siempre? - me decía, mientras dibujaba una cruz con una ramita en la arena. El sol entraba a raudales en el galpón. Los gorriones que hacían su nido en la viga mayor del sitio, se alertaban cuando las ratas chillonas se metían en el techo de paja.
- Pues sí. Claro que te querré- le respondía.
- Entonces ya estamos en paz. Podemos ir a jugar a los indios - me susurraba, con la alegría como dos perlas en las pupilas.
Me ataban los primos, con una piola, a un árbol enorme. Los cuervos, arriba, como botones negros suspendidos del Sol, formaban parte del escenario de aquel filme de indios y vaqueros del lejano oeste.
- Han tomado cautiva a la princesa Delfi- gritaba Rita.
- Es seguro que será quemada por los indios de la otra tribu - se quejaba mi primo mayor.
- No come ni toma agua. Y además está mal herida. Le quebraron la cabeza, pobre… - cuchicheaban los primos.
Entonces aparecía M. A., el hombre blanco. Lamentaba tener que abandonarme aunque antes de partir me libraría de la hoguera.
- Te llevaré junto a tu tribu - juraba. Sus manos tibias apretaban mis manos. Moría de celos. Era un Otelo endiablado. No le permitía a su hermano mayor que me salvara de la indiada.
- Dame agua, agua… - le imploraba. Y él juntaba del aire, agua, en el cuenco de sus manos. Y me daba de beber. Y yo me incendiaba por dentro.

La lluvía venía a caer con una mansedumbre, un golpeteo tal, que luego todos resolvíamos acostarnos.

Las niñas en una cama. Los niños en otra.

Lejanos hilos de relámpagos se desataban en el firmamento. Yo acariciaba mi vientre, entonces, soñando con un hijo de mi primo.

El fuego, la lava, estallaban en mi cuerpo de niña enamorada, y dejaban duros como piedras los pezones de mis senos.

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