03 marzo 2008

Chávez y el Quijote

Por Marcos Carrillo Perera

Cuando Alonso Quijano salió de La Mancha a desfacer entuertos, la primera lección que aprende, gracias a un humilde posadero, es que para ser un caballero andante no es suficiente tener caballo, armadura y deseo, sino que hay que ocuparse de llevar vitualla, enseres, muda de ropa y todas esas cosas secundarias que tanto molestan la fastuosidad de las empresas que se trazan los héroes de caballería. Por eso se devuelve y luego de ocuparse de esos detalles emprende su segunda salida. Obviamente, Chávez jamás leyó El Quijote (aunque insista en citarlo) pues su buena memoria no le hubiese permitido olvidar tan importante enseñanza.

Si se hubiese percatado del andamiaje que necesitaba su empresa, hubiera tenido que devolverse en búsqueda de los enseres intelectuales y prácticos que le permitieran llevar adelante alguna tarea con bien. Pero, a diferencia del buen Quijote, que en definitiva hizo caso a este comentario tan obvio, Chávez insiste en ideas absurdas por su improvisación, su diseño errado y su inoperancia práctica.

Ya ha quedado demostrado que la idea que tiene sobre la administración politizada de Pdvsa es un fracaso colosal. La política de tierras ha producido los resultados más vergonzosos que se puedan imaginar. La salud es una farsa tan grande que hasta en Cuba admiten el desengaño de Barrio Adentro, que es efímero al compararlo con el del sistema formal de salud. El control de precios y el cambiario han contribuido a una escasez que pudiera convertirse en hambruna si los precios del petróleo llegasen a corcovear un instante. Hubo miles de posaderos que le advirtieron acerca de lo inviable de estas empresas pero en lugar de hacer caso, insistió y se hundió cada vez más.

Estos errores no son más que producto de una superada concepción utopista de la sociedad, característica de todo régimen totalitario, que pretende subordinar todo a un pensamiento que no toma en cuenta la estructura compleja y el carácter arisco de todo sistema social, siempre impermeables a la vanidad política, a deseos adolescentes y, en definitiva, a las relaciones de causa-efecto, que sólo funcionan en física, química y, quizás, en ciertos estamentos militares, pero que son inútiles para el funcionamiento de la sociedad.

Hasta el desquiciado lector de novelas de caballería comprendió que su gesta estaba condicionada por ese tipo de detalles que los casi-héroes dejan de lado. La incapacidad gubernamental para comprender la lógica de la sociedad es la raíz de la calamidad que vivimos.

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