28 marzo 2008

Jóvito Villalba, elipse de una ambición de poder


Por Teódulo López Meléndez


El deseo de robarle el título a Ramón Díaz Sánchez fue lo primero que me vino a la mente después de aquella conversación con Jóvito Villalba. Le había propuesto escribir su biografía y le había dicho las condiciones. “Grabaremos todas las horas de conversación que hagan falta, consultaré sólo lo que me interese, tengo libertad plena de interpretar los hechos, no acepto modificaciones ni sugerencias que vayan sobre mis criterios y opiniones referentes a los episodios históricos que abordemos”. La respuesta de Villalba fue tajante: “Maestro, de acuerdo”. Villalba me manifestaba así su confianza. En buena medida me había adoptado. Yo no era militante de su partido, nuestra amistad había surgido de las circunstancias de la política venezolana.

No recuerdo donde y cuando lo conocí, pero ciertamente nos comprendíamos a punta de inteligencia. Trataba de procurarme un grabador y suficientes cintas para lo que me esperaba serían sesiones maratónicas, cuando recibí una llamada suya “ordenándome” (esa era su tono cariñoso) que me presentara en la casa de su partido en San Martín para la celebración de un cumpleaños más. “Viene el presidente Herrera y tienes que estar allí”. Allí estuve y me perdí de escribir un libro memorable, de lo cual todavía me arrepiento. El querido Luis me reclamó que estuviese en Caracas pues según él ya debería estar en Lisboa. Con mi habitual malacrianza de aquellos años le respondí que aprendiera que las órdenes presidenciales no se cumplían y que hasta el momento no había recibido nombramiento ni pasaporte ni viáticos para marcharme a la capital de Portugal. No pasaron cuatro horas sin que todo estuviera listo, pero fue la última vez que vi a Villalba y se desvanecieron las oportunidades de meterme en la biografía de uno de los más grandes hombres del siglo XX venezolano.

Confieso que Jóvito Villalba ha sido uno de los hombres más inteligentes que jamás he tenido enfrente. Su talento no tenía límites y su capacidad perceptiva sobre el devenir político venezolano era simplemente extraordinaria, pero tenía –al mismo tiempo- un “defecto” gravísimo: siempre andaba adelantado, siempre estaba varios años delante del momento que le tocaba vivir. Semejante divorcio entre la realidad del momento y lo que visualizaba lo condujo a ser –a la manera del título de Díaz Sánchez- elipse de una ambición de poder.

Conversé con Jóvito Villalba muchas horas. De sus labios escuché vivamente narrados muchos episodios. Le escuché de la lucha contra Gómez, de los años con grillos en el Castillo de Puerto Cabello, de su liderazgo estudiantil, del primer exilio, de la anécdota de su regreso de Trinidad, de su enfrentamiento con López Contreras, de sus desavenencias con Rómulo Betancourt y –en la historia que nos tocó vivir- de las reuniones con Caldera y Betancourt, del absolutamente necesario pacto de Punto Fijo –satanizado en intento por este régimen presente-, del rompimiento con ese gobierno cuando Ignacio Luis Arcaya se niega a la condena contra Cuba, de Alirio Ugarte Pelayo, de sus participaciones en varios gobiernos democráticos. Sí, tuve la suerte de haber paseado por la historia venezolana de mano de uno de sus protagonistas esenciales que, por fortuna del destino, me dio su afecto.

No obstante, si bien aquellas conversaciones no fueron mero recuento anecdótico, sino profundas enseñanzas sobre el comportamiento de la política y de lo político, lo que siempre me intrigó era esa relación amor-rechazo de Villalba con el poder. En varias ocasiones lo tuvo enfrente, sólo tenía que cruzar la calle, pero nunca lo hizo. Nunca se trató de una decisión personal, más bien de un mecanismo internalizado en su psicología. Terminó obteniéndolo a través de personas interpuestas que fueron ministros en diversos gabinetes –y que no siempre se comportaron a la altura- pero que eran simples delegatarios, beneficiarios de otro temor que siempre le asaltaba: la posibilidad de derruirse, de ser echado del juego, de verse quizás humillado por una reducción en el drama histórico. Villalba quería sobrevivir, mantenerse, y eso quizás explica muchos de sus comportamientos.

Recuerdo aquellos años donde se le acusaba con la palabra en boga, “camburero”, a él, uno de los protagonistas fundamentales de un siglo nuestro, uno de los creadores de la moderna democracia en Venezuela, uno de los hombres del que los habitantes de este país tenemos que sentirnos orgullosos. Es, pues, en su psicología, donde debemos ir a buscar que este magnífico líder jamás tuviese el poder. Si lo hubiese tenido, si hubiese sido presidente, se hubiere producido el choque inevitable entre un país y un conductor donde existía un abismo de al menos 20 años. Quizás podamos hacer trabajo ucrónico imaginándonos a ese Jefe de Estado implementando las reformas institucionales y los trastoques de conducta política que se le venían a la mente como cataratas desbordadas de una inteligencia irreductible.

Por allá por los años 80 me llamó Villalba para ordenarme que estuviese listo pues partíamos hacia Punto Fijo. Me explicó que iniciaba un peregrinaje por todo el país para exponer la necesidad urgente de una reforma del Estado. “Esto no aguanta más – me dijo- o reformamos en profundidad o la democracia perecerá y tendremos un rebrote decimonónico en la bota de un caudillo militar”. Exactamente 19 años después eso sucedió. Para mi sorpresa dijo que hablaríamos él y yo. De manera que produje un discurso sobre la reforma del Estado. Al fin y al cabo durante el largo viaje por tierra me había explicado todas sus ideas. “Ahora hablaremos en el Colegio de Abogados de Maracaibo”, ordenó con su voz chillona, la misma que sabia modular a la perfección cuando se paraba en una tribuna y se convertía en el más estupendo orador que jamás haya escuchado este cronista.

A Villalba nunca se le hizo caso. Recuerdo ahora su advertencia famosa, “aquí va a pasar algo”, hasta que se produjo el desbordamiento del Caracazo. Si en aquellos años más que crear instituciones para estudiar las reformas se hubiesen implementado otra sería nuestra historia presente. Villalba, en el fondo, me demostró que la inteligencia es un obstáculo a la hora de la política, quiero decir una desbordada como la suya, pues lo primero que debe aprenderse cuando se tiene una de tal magnitud es a domeñarla y mucho me temo que Jóvito no lo logró.

Ahora se cumple el centenario del nacimiento de este singular tribuno, de este constructor de democracia, de este insólito líder que nuestro país fue capaz de poner sobre el escenario histórico. Más que un juicio de valor sobre su personalidad –controversial, polémica, a ratos inexplicable- prefiero limitarme a darle las gracias por su afecto, por las lecciones que me dio sobre el comportamiento político de los hombres y sobre el entendimiento que sembró en mí sobre un sinnúmero de episodios de nuestra historia. Cien años de Jóvito Villalba, protagonista elíptico de una ambición de poder. Ya es hora de que se le haga justicia.

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