11 septiembre 2007

Addio a Luciano Pavarotti

Por Teódulo López Meléndez

“Ópera” es una palabra italiana que significa obra. Ya llamaban así los italianos a las obras que se presentaban en el siglo XV. La historia es larga, con momentos puntuales, como el que marcó Monteverdi en el siglo XVII, no sé si en su Cremona natal. Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi, nombres que hacen de esta “Ópera” algo italiano, sin desconocer, claro está, la irrupción de Haydn y Mozart y lo que podríamos llamar el wagnerismo, sin olvidar que fue Francia el segundo país en popularizar el género.

El único lugar de Europa donde he escuchado Ópera ha sido en Italia, no he tenido la suerte de ir a otros lugares con ese propósito. Recuerdos fabulosos y otros tristes. Una Ópera en verano en las Termas de Caracalla en el corazón de Roma; un Donizetti en ese templo que es el Teatro San Carlos de Nápoles, un Verdi perdido en el Teatro de la Ópera de Roma por el simple detalle de no conseguir donde estacionar el auto; una “Aída” con mi hijo mayor para entonces de siete años por lo que todos me condenaron pues opinaban que se quedaría dormido cuando el resultado fue un niño con los ojos abiertos al máximo y expectante durante todo el bel canto; un retardo de avión que impidió un acceso a La Scala de Milano, un inolvidable concierto de Carrera en la Festa dell´Unitá del Partido Comunista, siendo este al único de los tres grandes tenores que logré escuchar en persona.

Admiración por los tres grandes tenores que tuvieron el tupé de llevar la Ópera a las grandes masas, en una operación condenada por los puristas quienes pensaban que sacarla de los grandes escenarios era una especie de sacrilegio y alabada por quienes pensaron que ponerla al alcance de todos era una maravilla. Creo haber visto en televisión casi todos los conciertos que dieron. Plácido Domingo y Carreras eran muy diferentes. Carreras parecía que no llegaba, pero lo hacía. Aún así, me permitía hablar de Pavarotti simplemente como Luciano. Durante un tiempo me lo tomé tan en serio que Luciano era parte de la cotidianeidad. Insistía en que quería oírlo en La Scala cantando “Otelo”, hasta que un pacienzudo amigo explicó a este ignorante que eso era imposible, que Pavarotti no estaba hecho para ese papel, que me conformara con ver esa terrible Ópera de celos y venganzas con Plácido Domingo y, servicial y con buenos deseos, se puso a buscar fechas y escenarios.

Es curioso que siendo yo el único larense absolutamente “sordo” –como nos llaman allí a quienes no sabemos distinguir una nota de otra- siempre me haya sentido a gusto en la Ópera. Jamás debe admitirse –y todavía me irrita cuando lo oigo- que la Ópera es una pieza de museo. Cómo puede serlo una pieza musical que revive conforme al director, que toma nuevos ímpetus con la escenografía, que vuelve a nacer por la voz de un tenor, de un barítono, de una mezzosoprano. Si bien soy absolutamente “sordo” si oigo un aria cantada por María Callas sé de quien se trata; su voz era única, inconfundible. Al igual que la del gran Luciano.

Como tuve la suerte de vivir en Nápoles –y de hacerme fanático de las canciones napolitanas- cuando Luciano las cantaba me parecía que estaba rugiendo el Vesubio. Jamás escuché una versión de O Sole Mio como la de Pavarotti. En la época de Caruso también había tres gran tenores, pero en mi desmemoria no puedo recordar los nombres de los otros dos. A pesar de la escasa técnica de sonido de la época de Caruso uno puede admirarlo, inclusive en algunas filmaciones. Era simplemente un monstruo. Era histriónico, porque un cantante de Ópera es también un actor. Pavarotti lo era menos. Las comparaciones van a venir, siempre odiosas, y comenzarán los críticos a preguntarse sobre la grandeza de tantos y tantos espectaculares tenores. Creo que es tan inútil como comparar los grandes de la literatura en procura de estatura y trascendencia.

Al que escuchamos, al que vimos, al que vivimos, fue a este grande hombre llamado Luciano Pavarotti, uno que marcó el tiempo de la indispensable música, uno que estuvo en la Catedral de Modena, de frac y de pañuelo en la mano, esperando el momento de ser enterrado para encontrar la inmortalidad. Uno que recordaremos mientras vivamos, hasta un necio escritor de esta provincia llamada Venezuela, uno empeñado en imposibles como el de despertar de una conciencia nacional guiada por una inteligencia rediviva, uno que no distingue una nota musical de otra, uno que sólo puede escuchar a los grandes maestros imaginando una pareja que danza para sustituir visualmente su absoluta incultura en la música. Aún así –con un libreto en la mano, ya que aunque hayamos visto una Ópera varias veces nunca nos recordamos la trama- hemos seguido, simplemente moviendo los labios, la maravillosa voz de Andrea Bocelli para cantarle Panis Angelicus a uno de los escasos hombres que logró emocionarnos en estos tiempos oscuros.

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