21 abril 2008

Los "Cecilios" del ahora


Por José Alberto Medina Molero


El ex Presidente Caldera, en su libro titulado “De Carabobo a Punto Fijo: Los causahabientes”, refiere un aspecto medular del siglo XIX venezolano: la encarnizada lucha política que libraban conservadores y liberales, teniendo como testigo impotente y dolido al ilustre escritor, periodista y sobre todo gran patriota que fue Don Cecilio Acosta.

Como telón de fondo del drama estaban sus propuestas, especie de rogatorias para reenfocar la accidentada vida nacional. Observaba Acosta con angustia, como se invertían esfuerzos y recursos en destruir al “enemigo”, al “rival político”, aniquilando en ese trance las posibilidades de evolución del país, los espacios para crecer a la vera de la unión bien entendida y mejor practicada. Para 1948, un aciago 24 de Enero, el Congreso de la República fue asaltado por fuerzas aupadas y organizadas por el Ejecutivo, con saldo de varios diputados muertos. Ese fue para hombres de la talla de Jaun Vicente González, Fermin Toro y el propio Cecilio Acosta , un signo macabramente material de la pugna, la configuración en la práctica de la negación de la conseja según la cual “la sangre no llega al río”.

Casi a mediados del siglo XX, llegó al paroxismo está aniquilante manera de llevar la política: dos golpes de estado (1945 y 1948) representaron la suma de todas esas costumbres autodestructivas. Diez años después, hace exactamente medio siglo, se constituyó un pacto que remediara esa secular tendencia nacional. El mismo duró en el tiempo, tal vez más de los que sus arquitectos pensaron, sin embargo de una década hacia acá, resurge el síndrome de la intolerancia y la degollinas (que siempre está allí, dormido en el alma nacional). Un lado la propugna, el otro en lugar de combatirla con políticas constructivas, se engolosina con elecciones regionales, dejando perplejos y cubiertos de una pegajosa pátina de escepticismo a los “Cecilios” contemporáneos.

¿Dejarán Los “Cecilios”, su ciclo vital sin saber lo que es una República civilizada, tolerante y verdaderamente democrática? ¿Continuaremos sin erradicar, de raíz, esa falencia que, nos ata a ciclos perdidos, al atraso elíptico de nuestras miserias, a la sempiterna manera de ver como el futuro se evapora entre las manos, que solo pugnan por entredevorarse inútilmente?

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