11 julio 2013

Juguetes sospechosos


Pertenezco a una generación que creció corriendo en bicicleta alrededor de la cuadra, jugando a los piratas, haciendo fiestas de muñecas y patinando en unos bólidos de cuatro ruedas. Lo normal era jugar al aire libre. Nuestros pasatiempos eran sencillos e inofensivos. ¿Qué daño podían causar unos yaquis, o una pista de trenes, o una pistola de chupones? La diversión de los niños no era entonces una prioridad que les quitara el sueño a nuestros padres, y cualquier aproximación al estado de aburrimiento era inmediatamente solucionada mediante alguna actividad escolar o doméstica.

Los tiempos han cambiado, y también las opciones de entretenimiento, los horarios y espacios de juego, la utilidad de los juguetes. Las circunstancias han metido a los niños en sus casas –o en las casas de sus amigos-, a medida que la tecnología ha creado nuevos y sofisticados trebejos, que han evolucionado desde el popular Super Mario Bros (1985) hasta el increíble simulador Wii Sport (2006), a lo largo de casi tres décadas de consolas y plataformas recreativas en las que también han tenido lugar épicas confrontaciones bélicas.

Hay quienes afirman que esta clase de juegos incentiva la violencia en los jugadores, que éstos se mimetizan en la conducta de los personajes que asumen, que las muchas horas que pasan frente a la consola los idiotizan, que el afán de vencer al enemigo los vuelve irascibles. Otros, como el psicólogo Christopher Ferguson, especialista en justicia criminal de la Universidad Texas A&M, asegura que las investigaciones no han demostrado hasta ahora que los videojuegos incrementen las conductas agresivas ni que disminuyan conductas prosociales.

Los que hicieron la guerra a lo largo de la historia de la Humanidad quizás en su infancia jugaron con espadas de madera, tal como los chicos de muchas generaciones posteriores  jugaron a los vaqueros y los indios. Sin embargo, no parece lógico pensar que dichos juegos desataron en ellos un instinto belicista, ¿o sí?

Una sociedad que se mueve a mayor velocidad que las agujas del reloj, en espacios cada vez más reducidos, sometida a todo tipo de riesgos y temores, necesita imputarle a alguien o a algo las causas de sus desajustes. Venezuela está entre los primeros cinco países más violentos del mundo. ¿Debemos suponer que esos matones han vivido su infancia y adolescencia entrenándose frente a una consola de videojuegos?

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