11 julio 2013

El espía invisible



Aparentemente, no hay nadie más en mi estudio cuando me dispongo a escribir este artículo. Frente a mi escritorio, una copia litográfica de "Mujer sentada de espalda" de Matisse. La descarto como potencial espía, no sólo porque está de espalda, sino porque está siempre tan concentrada en sus propios pensamientos, que todo le es absolutamente indiferente.

Detrás de mí, la cabeza de un viejo pirata cuyo barco naufragó quién sabe dónde. Hemos estado intercambiando secretos desde que yo era una niña y su atalaya era una pared de la oficina de mi padre. Ahora vive en mi casa. Somos viejos amigos, pero él es un pirata, y de repente se me ocurre que por un botín de cierto valor, quizás estuviera dispuesto a... ¡No! Lo descarto también, entre otras razones, porque tiene un parche en el ojo izquierdo, y además no quiero herir sus sentimientos con una elucubración tan ofensiva.

Paseo mi mirada por la biblioteca y tropiezo con rostros familiares y amigables, sonrisas afectuosas, enmarcados en portarretratos que han congelado diversos momentos de los que también yo he participado. No podría dudar de ninguno de ellos. Así, pues, que comienzo a teclear, convencida de que todo está en orden, porque estoy en mi casa, y nadie -que yo sepa- ha venido a instalar cámaras ocultas, ni micrófonos diminutos. Sin embargo, de vez en cuando vuelvo a echar un vistazo a mi alrededor para cerciorarme de que no hay nada sospechoso.

Sigo escribiendo, pero un estridente bocinazo me hace soltar una mentada de madre, entonces me doy cuenta de que la ventana está abierta y la persiana recogida hasta el tope. Un par de zamuros podrían entrar juntos a través de ella sin rozar el marco y dejar caer en un rincón algún dispositivo. Cualquier habitante del edificio de enfrente podría creerse L. B. Jefferies, el protagonista de "La ventana indiscreta" (Hitchcock) y enfocar perfectamente hacia aquí con unos binoculares o una cámara fotográfica. Cualquier arrendatario del mismo edificio podría sentirse igual que Trelkovsky en "El inquilino" (Polanski) y pasarse el día entero espiándome, si estuviera convencido de que tengo la intención de enloquecerlo. El ojo omnipresente del gran hermano orwelliano en "1984" podría seguir el movimiento de mis dedos sobre el teclado y adivinar lo que escribo. El mismo Cañizales podría detener su máquina del aire justo enfrente y lanzarme un toronto envuelto en un papel laminado con partículas trasmisoras de huellas dactilares, que alguien disfrazado de indigente recogería después en la basura.

La verdad es que el espía más peligroso no es Snowden, ni los rusos, ni el G2 cubano; el único espía al que hay que temer es a la conciencia. Invisible, intangible, omnisciente, imposible de evadir o de ignorar, inmune al contraespionaje, a los antivirus y a los insecticidas. Insobornablemente delatora. Ni aun quienes pareciera que no la tienen, han podido deshacerse de ella.

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