27 enero 2007

Poder Judicial dependiente y servil

Por Liliana Fasciani M.

A mis alumnos de ayer y de hoy



Mientras estudié la carrera de Derecho trabajé como escribiente en dos tribunales de la República, el primer año en uno de instrucción de Tránsito y los cuatro años restantes en uno de instrucción Penal. En ellos adquirí mis primeros conocimientos en la práctica de la función judicial y empecé a detectar las fortalezas y debilidades del sistema de la administración de justicia.

Fue en el tribunal de instrucción penal donde conocí de cerca los serios problemas del sistema penitenciario, las características del proceso penal, el trabajo que con no pocas dificultades desarrollaban los fiscales del Ministerio Público, los Defensores Públicos de Presos, los abogados penalistas, los custodios y hasta los choferes de los autobuses que transportaban a los detenidos para que asistieran a sus actos en el tribunal, la situación real de los imputados y reos, y el via crucis permanente de sus familiares. Fue, también, donde decidí que, una vez graduada, jamás ejercería esa rama del Derecho.

Obtuve el título de abogado en 1985, bajo el imperio de la Constitución de 1961, en un régimen de gobierno que me garantizaba la libertad para tomar mis propias decisiones. Una de ellas fue aceptar el cargo de Secretaria, primero Accidental, y luego Titular, de un juzgado multidisciplinario en el interior del país. Un tribunal de 1º instancia en lo Civil, Mercantil, Agrario, del Tránsito y del Trabajo, con competencia, además, para conocer en materia de Menores.

Durante dos años, mis funciones y responsabilidades en dicho cargo ocuparon mucho más de las reglamentarias horas de despacho y horas administrativas, debido al volumen de trabajo y a la constante presión que suponía el tener que proveer las solicitudes de usuarios y abogados, impartir instrucciones al personal, controlar los expedientes, atender los asuntos internos del despacho y otras tantas actividades.

El secretario de un juzgado, ya sea de municipio, de primera instancia, o superior, asume no sólo un cargo, sino una enorme carga. Únicamente alguien que se haya desempeñado como supernumerario, escribiente, archivista, alguacil o secretario de un tribunal, sabe cuánto esfuerzo, paciencia y disposición exige semejante empleo.


En vista de que varias universidades venezolanas se han dedicado, en los últimos quince años, a la "fabricación masiva" de abogados, no hay posibilidad de que todos realicen una pasantía por los juzgados, por lo tanto, lejos están muchos de ellos de entender la magnitud del trabajo que se desarrolla, especialmente en los tribunales penales, civiles y mercantiles, que suelen concentrar a la mayor parte de los usuarios del servicio.

Es probable que por ese mismo desconocimiento de cómo transcurre la vida judicial in situ para magistrados, funcionarios y empleados, es que algunos abogados, en ocasiones, adoptan un comportamiento desconsiderado que raya en la descortesía y en la arrogancia. Les cuesta entender que su expediente no es el único que se guarda en los archivos, que su sentencia no es la única que se debe dictar ese día, o que su acto de contestación a una demanda no es el único que está fijado para una hora determinada.

Me complace haber tenido la oportunidad de vivir esta experiencia laboral, porque no sólo me sirvió para adiestrarme en las rutinas del proceso, me fue también tremendamente útil, en los ámbitos relacionales abogado-cliente y abogado-funcionarios, durante los siguientes años en que me dediqué al libre ejercicio de la profesión.

En aquel entonces ya pululaban en todos los tribunales del país múltiples quejas de justiciables y abogados, así como de funcionarios y empleados judiciales, por las muchas deficiencias que presentaba el sistema de la administración de justicia, ya fuera porque no se contaba con los equipos adecuados, o porque el personal no tenía formación académica ni mucho menos, o porque los jueces no sentenciaban dentro del lapso, o porque los escribientes "engavetaban" los expedientes, o porque campeaba la corrupción, o porque..., lo que a Ud. se le ocurra, eso también. Cualquiera de esas disconformidades era una verdad, una verdad a medias, o una mentira, según a cuál tribunal o a cuál juez se hacía referencia, y según las causas y argumentos que soportaban los reclamos y denuncias.

El punto es que los venezolanos teníamos razones de sobra para manifestar, tanto en privado como públicamente, insatisfacción, temor o desconfianza con respecto al sistema judicial. No porque no funcionara, sino porque funcionaba mal. Había tantas fallas de carácter material, técnico, educativo, cultural y humano, que el problema superaba a la propia institución. La situación era de tal gravedad que imponía, de manera urgente e impostergable, una reforma.

Las circunstancias exigían cambios estructurales de la mayor importancia. Adecuar los procedimientos a un esquema más sencillo y expedito, reformar parcialmente algunas leyes y elaborar otras nuevas, modernizar la infraestructura de las sedes de los tribunales en todo el país, dotarlos de mayores y mejores recursos, formar en el ámbito de sus funciones a los trabajadores judiciales, descongestionar y humanizar las cárceles mediante la construcción de centros penitenciarios apropiados, reorganizar los cuerpos policiales, poner coto a las arbitrariedades, combatir la corrupción.

En 1984 se creó la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE) y, a tales fines, se elaboró un Proyecto de Reforma Integral del Estado (PRIE). El programa en cuestión contemplaba entre sus reformas: "... actualizar y modernizar el ordenamiento jurídico, garantizar la plena autonomía del Poder Judicial, y la profesionalización y despartidización de la administración de justicia".(Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, "La Reforma en síntesis. Proyecto de reforma integral del Estado", Caracas, 1989, p.28.)

Al Proyecto en cuestión siguió una serie de eventos: reuniones de trabajo, estudios de campo, análisis de estadísticas, inspecciones de ingeniería, visitas de organismos internacionales y de expertos en el área. Se realizaron talleres y seminarios, académicos y jueces presentaron propuestas, el Congreso recibió varios proyectos de leyes que, en su mayoría, ni siquiera llegaron a discutirse y se hicieron quién sabe cuántos informes sobre los problemas en el sistema judicial.
Casi quince años después de creada la COPRE y de elaborado el PRIE, apenas celebrado el primer contrato de crédito (1997) entre el Estado y el Banco Mundial destinado al programa de modernización del Poder Judicial, Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales en Venezuela (1998) y, a partir de ese momento, se produjo una auténtica sacudida en las entrañas de esta institución.

En 1999 se decretó la “emergencia judicial” que dio lugar al “régimen de transición”. En el ínterin, la Corte Suprema de Justicia fue rebautizada como Tribunal Supremo de Justicia, se crearon nuevas Salas (Constitucional, Social y Electoral) para descongestionar las ya existentes (Político-Administrativa, Casación Penal y Casación Civil). Se asignaron al renovado máximo tribunal las funciones de gobierno, dirección y administración del Poder Judicial, y se creó, para estos menesteres, la Dirección Ejecutiva de la Magistratura. Se sustituyó el Consejo de la Judicatura con la Comisión de Funcionamiento y Reestructuración del Poder Judicial que absorbió, adicionalmente, a la Comisión de Emergencia Judicial.

En 2000, se dictaron las normas relativas a la evaluación de los jueces y al procedimiento para los concursos de oposición; posteriormente, se creó la Comisión Judicial en calidad de enlace entre la Dirección Ejecutiva de la Magistratura y el Tribunal Supremo de Justicia, y a la cual quedó adscrita la Defensoría Pública. La Escuela de la Judicatura fue reemplazada por la Escuela Judicial, luego Escuela Nacional de la Magistratura.

Todos estos cambios se ejecutaban al mismo tiempo que una suerte de “motosierra” cortaba cabezas en los tribunales del país. Jueces de todas las instancias y circunscripciones fueron denunciados, investigados, perseguidos, desprestigiados, sancionados, destituidos y reemplazados sin goce de sus derechos al debido proceso, a la defensa, ni al pataleo. Se inventó la figura de la “jubilación especial” para salir de aquellos magistrados titulares con muchos años en funciones que, siendo eficientes y probos, eran o podían llegar a ser incómodos para el régimen.

Si bien es cierto que muchos de aquellos jueces –titulares y provisorios– se hallaban, desde hacía años, en las listas negras de la Inspectoría General de Tribunales, por lo que estaban siendo sometidos a averiguación, otros, sin embargo, mantenían una trayectoria funcionarial sin mácula y su reputación era la de individuos honestos y decentes. Pero la orden era “purgar” el sistema, desmantelar la institución y reconstruirla a partir de sus escombros, según los planos y planes del nuevo gobierno.

La mayoría de la sociedad venezolana –incluso gente vinculada al foro– no se daba cuenta de lo que realmente sucedía: se estaba llevando a cabo una cacería de brujas al estilo robespierrano. Las dudas al respecto se fueron disipando a medida que el país observó en qué consistían los cambios y, sobre todo, cuáles eran los criterios que regían para ello. Ahora, las razones que justifican esos hechos no sólo son creíbles, sino también comprensibles, por repugnantes que resulten. Son, precisamente, las razones que en el acto de apertura del año judicial 2007 ha expuesto, sin reserva ni pudor, el Presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Magistrado Dr. Omar Mora Díaz.

Después de aquella bochornosa escena protagonizada por los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia en pleno, en la que –excepto dos de ellos– entonaron a coro el estribillo popular “¡Uh! ¡Ah!, Chávez no se va”, no debe extrañar que el Dr. Mora Díaz, en nombre de sus colegas y en el suyo propio, declare con absoluto desparpajo:

“Asumimos el compromiso de convertirnos en multiplicadores para apoyar la Reforma Constitucional y la Ley Habilitante, y en este sentido convocamos a todos los jueces del país para que hoy mismo, cada uno de nosotros, en (sic) base a nuestra experiencia académica, como profesores universitarios, como abogados, jueces o investigadores, estemos al servicio de la patria. Sin complejo alguno”.(Diario El Universal, 26/01/07, "Omar Mora Díaz solicita apoyar la Reforma Constitucional y la Ley Habilitante", versión digital en: www.eluniversal.com (Subrayado mío).


Ni que recurra a la paráfrasis para afirmar:


"Necesario es profundizar la transformación del Poder Judicial. No de manera decorativa, sino de manera real, para tener un poder judicial garante del nuevo orden jurídico que se avecina". (Subrayado mío).


Ni que a tales fines anuncie la transformación de la Escuela Judicial en Universidad Experimental Judicial Venezolana, para impartir a los aspirantes a jueces “una formación ideológica y filosófica, diferente a la de la cuarta república”. (Subrayado mío).


Para quienes pensamos que la separación de los poderes públicos y el principio de legalidad son dos pilares fundamentales del estado de derecho democrático, estas joyas de la retórica judicial no son más que la confirmación de la evidencia: el Tribunal Supremo de Justicia no es independiente ni autónomo, sino dependiente de la voluntad del actual Jefe del Estado y obediente de sus órdenes, por caprichosas y disparatadas que sean.

No es la reforma constitucional la vía a seguir cuando se tiene en mente transformar el Estado y crear un nuevo ordenamiento jurídico. No lo digo yo. Está consagrado expresamente en el artículo 347 de la Constitución vigente:


“El pueblo de Venezuela es el depositario del poder constituyente originario. En ejercicio de dicho poder, puede convocar una Asamblea Nacional Constituyente con el objeto de transformar el Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución”. (Subrayado mío).

Por otra parte, el perfil del juez venezolano no contempla, o mejor dicho, no había contemplado hasta ahora, formación ideológica ni filosófica, puesto que si bien cada cual es dueño de sus pensamientos y defiende las ideas que mejor le parecen, en el ejercicio de la función de juez la tendencia política debe quedar en último plano. Es decir, cuando un juez entra en su tribunal, debe dejar su mochila ideológica, tal como deja la camiseta de su equipo de béisbol, afuera.

Aun partiendo de la concepción aristotélica sobre la naturaleza política del hombre, si entre los objetivos de una reforma judicial auténtica –que no es, eso está claro, la que pretende hacer este gobierno– figura la instauración de un sistema de administración de justicia independiente, imparcial, confiable y sujeto a la Constitución y a las leyes; si los concursos de oposición persiguen, precisamente, nombrar jueces con base en sus méritos académicos, su equilibrio psicológico-emocional, sus cualidades éticas, su comportamiento vertical; si la transformación del sistema judicial obedece, entre otras razones, a la necesidad de facilitar a todos los ciudadanos por igual el acceso a la justicia y de garantizar la tutela judicial efectiva con prescindencia de los favoritismos partidistas, de los privilegios personales, de las ventajas económicas y de la influencia de los otros poderes, es inaceptable, por inmoral, que se imponga a los abogados como condición para ingresar en el Poder Judicial adherirse a una ideología y una filosofía política determinadas. En el caso del Poder Judicial venezolano, se trata de la ideología socialista y de la filosofía de la pusilanimidad.


Cuando me gradué de abogado, estaba plenamente convencida de dos cosas: la primera, que en Venezuela las leyes eran buenas, pero que podían ser mejores si en la conciencia ciudadana se inoculaban las razones éticas y cívicas por las cuales a todos convenía el conocimiento, el respeto y el cumplimiento de la Ley; la otra, que a partir de ese momento tendría las herramientas necesarias para defender mis principios, valores y derechos, y prestar un servicio profesional a otros en defensa de sus derechos e intereses.

Hoy en día, observo con estupor los acontecimientos que ensombrecen todos los espacios de la vida nacional, soy testigo directo de las arbitrariedades de Hugo Chávez y de los esbirros de su gobierno, sufro la sistemática e ingente violación de mis derechos y de los derechos de los ciudadanos, me avergüenza la conducta hostil, el lenguaje soez y la expresión agresiva del Presidente de la República hacia sus homólogos de otros países y hacia los representantes de algunos organismos internacionales, me asquean la indignidad y la insolencia de quienes representan a los Poderes Públicos, y me felicito por haber decidido abandonar el ejercicio de la abogacía apenas vislumbré lo que se avecinaba.

Sin embargo, siento la impotencia del que intenta convertir su voz y su palabra en un grito de advertencia, en una llamada de alerta que casi nadie escucha o que casi nadie desea escuchar. Me repugnan los oportunistas que se aprovechan de la desgracia colectiva para enriquecerse. Me dan lástima los pobres venezolanos pobres que aceptan ser manipulados, humillados y engañados a través de las Misiones que, en vez de procurarles herramientas, condiciones y oportunidades para desarrollarse libremente y mejorar, por sí mismos, su calidad de vida, se limitan a distribuir limosnas que ni siquiera alcanzan para quitarles el hambre.

Dedicada desde el año 2000 a la investigación y a la docencia, me he ahorrado la molestia de lidiar con jueces obtusos, con escribientes agobiados y con colegas vivarachos, pero al menos dos días a la semana me encuentro en el dilema de qué decir a mis alumnos cuando la cátedra exige que, necesariamente, abordemos temas cruciales como el concepto de derecho, la moral y el derecho, el poder y el derecho, la soberanía, el imperio de la ley, y leemos las obras de Aristóteles, Platón, Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Hayek, Rawls, Nozick o Marx (sí, también Marx).

No es fácil dar sabios consejos. Menos aún si quien los solicita es un estudiante veinteañero, como el que hace algunas semanas compartió conmigo su preocupación por lo que sucede en nuestro país, y me confesó que estaba planteándose cambiar de carrera, porque “Tal como están las cosas aquí –dijo–, ¿para qué estudiar Derecho si probablemente después no pueda ejercer? Prefiero estudiar algo que me sirva en cualquier parte, si tengo que salir del país”.

Siempre supe que el sistema judicial venezolano era de los peores de América Latina, no porque las leyes fuesen malas, incoherentes u obsoletas, sino porque casi todas terminaban siendo ineficaces. Y ello en razón de que la mayoría de los venezolanos –incluidos autoridades y ciudadanos de a pie– carece de cultura jurídica lo mismo que de convicciones ideológicas y de modales cívicos.

Lo que jamás pensé es que llegaríamos al extremo de ver cómo se destruyen las instituciones y cuán cínicamente los integrantes del Poder Judicial enajenan sus conciencias, eligen dejar de servir a la justicia y a la sociedad para hacerse sirvientes de un hombre, traicionan la Constitución para favorecer los intereses de un sector, y lo único que son capaces de asegurar es la inseguridad jurídica, mediante una jurisprudencia plagada de barbarismos.

Por si no fuese bastante, el magistrado Presidente del más alto tribunal de la República ha propuesto modificar el nombre de dicho órgano, agregándole el adjetivo que faltaba, así pasaría a denominarse Tribunal Supremo de Justicia Bolivariano. No me lo contaron, yo le escuché decirlo.

24 enero 2007

¡No pienses! ¡No cuestiones! ¡No opines!

LPL

En los regímenes socialistas de inspiración marxista-leninista, nada causa tantas molestias y resulta tan completamente inútil como una asamblea, congreso o parlamento. ¡A quién se le ocurre que alguien tenga que debatir las decisiones del líder! La voluntad del Gran Conductor no se discute, se cumple. Sus órdenes no son temas de la agenda legislativa, simplemente se ejecutan.

Esto deberían de tenerlo grabado en su piedra cerebral los diputados de la Asamblea Nacional. Ellos se ahorrarían la frustración que les produce ejercer un cargo sin funciones; los ciudadanos nos ahorraríamos todos los sueldos, comisiones, beneficios y propinas que perciben por no polemizar ni legislar.

¿Piensan acaso estos fanáticos que el bozal de hierro es nada más para los periodistas y los medios de comunicación? ¿Suponen que sólo los dirigentes políticos de los partidos de la oposición serán perseguidos por sus manifestaciones en la calle y sus declaraciones públicas? ¿Creen que las enormes manos del poder taparán las bocas de los ciudadanos como tú y como yo, pero no las suyas?

La entrevista que le hiciera Sara Carolina Díaz a la diputada Iris Varela (transcrita íntegramente a continuación) es una pieza ejemplar de la idea de libertad de expresión en la concepción socialista. Palabra por palabra, no tiene desperdicio.
Hay obstáculos que impiden la expresión de diputados en AN


"El impasse entre dos grupos de diputados ocurrido durante la sesión del martes en la Asamblea Nacional ocasionó que algunos legisladores
manifestaran que están ávidos de debate y que no están dispuestos a ir a
perder el tiempo en el Palacio Legislativo.

Uno de esos diputados fue Iris Varela, quien respaldó el planteamiento que en la última sesión hiciera Luis Tascón de discutir la declaración de utilidad pública de la Cantv, propuesta que al final no fue aprobada por
la Plenaria y que generó descontento en las filas del chavismo, entre
otros en Desirée Santos Amaral, Darío Vivas y Juan Carlos Dugarte, todos
miembros del CTN del MVR.

La diputada Varela apuesta porque se aclare si los parlamentarios podrán hacer sus planteamientos sin esperar negativas a priori, "porque aún nosotros somos los representantes del pueblo. Eso no ha cambiado en la
Constitución".

-¿Se está cercenando el debate en la AN?

-Yo lamento que en el Parlamento extrañen tanto la Cuarta República. Quieren hacer de la Comisión Coordinadora una cámara del Senado. Si
nosotros creemos que la Asamblea está conformada por revolucionarios no
debería haber obstáculos. Deben permitir que todos se expresen. Hay
obstáculos que impiden la expresión de los parlamentarios. El papel del
director de debate es canalizar la posición oficial de los temas. Lamento
que se descontextualice lo que dije en la sesión (del martes) porque me
violaron el derecho a réplica, pues, ese que tengo consagrado en el
reglamento. No le quito importancia a los dos temas debatidos (salutación
a Rafael Correa y aniversario a 23 de Enero), pero hay muchos temas que
ameritan debate y no puede ser que no se incorporen porque hay que
debatirlo primero en la Coordinadora (donde elabora la agenda
parlamentaria) que se reune una vez por semana.

-¿Se sienten excluidos de las discusiones que se dan en la Coordinadora?

-No quiero que pase mucho tiempo para discutir porque esta revolución lleva un ritmo acelerado y nosotros no nos podemos quedar en el aparato.
Creo que es perder el tiempo miserablemente venir solamente a discutir dos
proyectos de acuerdo que son importantes pero no son muy novedosos. Yo
tengo 7 años como parlamentaria y en esos 7 años se han hecho acuerdos del
23 de Enero. ¿Qué otras cosas distintas se pueden decir? Eso es historia.
Eso no es óbice para que se cierre la discusión de otros temas que están
sobre el tapete, como el incremento del precio del combustible. Yo no
estoy inventando que somos los representantes del pueblo. Eso está en la
Constitución y esa condición aún no ha sido modificada. Hay tanta avidez
de los diputados de discutir que es un crimen que no se permita.

-¿No teme que los diputados queden rezagados y se los lleve por delante la avalancha de reformas?

-Por el contrario. El Presidente hace anuncios importantísimos que inciden en la vida de los venezolanos y nuestra obligación es debatir eso.
Estamos incursos en una reforma y hay una comisión que está elaborando un
proyecto, pero quienes no estamos en esa comisión y quienes no
pertenecemos a la Coordinadora también recogemos propuestas y tenemos
muchas ideas que aportar.

-Hay diputados que dicen que no era el momento para hablar del caso Cantv...

-Bueno, que lo digan y que den la cara. Yo creo que sí es el momento. El momento es siempre. Este es el escenario del debate nacional, entonces
¿cómo se va a negar el debate en el Parlamento? Es un contrasentido
¿Quieren matar el Parlamento? Entonces que lo digan. El Parlamento no se
mata con una Habilitante, el Parlamento se mata si se cercena el debate,
cosa que no estamos dispuestos a permitir. Vamos a poner eso sobre el
tapete, si se quiere que se corten los debates.

-Pero una Habilitante tan amplia obviamente reduce el trabajo de los diputados.

-No. Hay demasiadas leyes. Tenemos que respaldar al jefe de Estado. Escuchamos cuando el Presidente emplazó a Chacón y dijo que entonces él
tendría que ir a tomar la Cantv. ¿Vamos a tener que esperar que el
Presidente diga: ¿Es que tengo que ir yo a tomar La Electricidad de
Caracas? Con esos temas no podemos escurrir el bulto.

-¿Por que cree que no quieren abrir el debate sobre eso?

-Yo creo que algunos se están recargando de trabajo, entonces están en la coordinadora, en la dirección del debate, al frente de comisiones y están tan saturados que de repente no les da tiempo pero les pido que no
tengan ningún tipo de temor, que hay 166 diputados que prometieron seguir
un rumbo que es la construcción del socialismo del siglo XXI. Yo confío en
todos los diputados.

-Les recriminaron falta de disciplina...

-Se supone que no hay partido entonces ¿quién es el dirigente que me va pedir disciplina partidista? El MVR fue un partido que quise mucho, pero que ya pasó a la historia."


Fuente: Entrevistas, 25/01/07 en www.eluniversal.com

23 enero 2007

Decálogo de Abraham Lincoln

1. - Usted no puede crear prosperidad desalentando la Iniciativa Propia.
2. - Usted no puede fortalecer al débil, debilitando al fuerte.
3. - Usted no puede ayudar a los pequeños, aplastando a los grandes.
4. - Usted no puede ayudar al pobre, destruyendo al rico.
5. - Usted no puede elevar al asalariado, presionando a quien paga el
salario.
6. - Usted no puede resolver sus problemas mientras gaste más de lo
que gana.
7. - Usted no puede promover la fraternidad de la humanidad,
admitiendo e incitando el odio de clases.
8. - Usted no puede garantizar una adecuada seguridad con dinero
prestado.
9. - Usted no puede formar el carácter y el valor del hombre
quitándole su independencia (libertad) e iniciativa.
10.- Usted no puede ayudar a los hombres permanentemente, realizando
por ellos lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos.

Precisando...

Estas son las cosas que se pueden hacer en un sistema de gobierno liberal, en el cual prevalece la libertad del individuo como instrumento de su creatividad, la espontaneidad de la economía, de acuerdo al ritmo de la oferta y la demanda, en una sociedad regida por los principios democráticos y el imperio de la Ley.

Estas son las cosas que no es posible hacer en un sistema de gobierno socialista, en el cual predomina la voluntad de un solo individuo o de un pequeño grupo de máximas autoridades, que pretenden planificar todos los sectores del Estado (educación, valores, costumbres, símbolos, economía, cultura) e incluso la vida privada de los ciudadanos mediante la censura, la restricción y la represión.

21 enero 2007

Decir a todo que sí

Por Olivia Biasini


He tomado este título de un artículo de William Rodríguez. Recomiendo esa columna porque nos brinda una oportunidad iluminadora para establecer un análisis comparativo (Quizz) entre el socialismo ideal y el socialismo real (léase a William Izarra, William Lara, Jorge Rodríguez, y otros) que se está aplicando en Venezuela.

El socialismo ideal es como una bandera que va delante del pelotón, un sueño, una utopía, algo que está probado nunca se alcanzará pero ayuda a movilizar las emociones y es inspiración para la acción. En algunas ocasiones es utilizada por gente dominada por el ansia de poder para manipular al “pueblo”, para que doble la cabeza y diga a todo que sí, para que de amo se transforme en esclavo del Estado, fascista o marxista, a fin de cuentas: totalitario.

El liderazgo colectivo de los marxistas sólo se da cuando están en minoría, en grupos pequeños, cuando discuten todo hasta el cansancio para llegar a la solución colectiva; una decisión definitiva que siempre baja como línea suprema, pero que los participantes sinceramente creen que es la síntesis de la discusión “dialéctica”. En mayoría, adiós pluralismo y discusión.

El socialismo real es el partido único de los disciplinados que siguen línea para liberar al “pueblo”, el paso intermedio es someter a todos a un estricto seguimiento de lo “importante para el bien común” que sólo conocen los grandes líderes iluminados, por eso el pueblo siguió a Lenin, Stalin, Mussolini, Hitler, Castro, Mao y demás “demócratas” que han aplicado el socialismo y lo han mezclado con algo que Marx nunca consideró: la psicología o sicopatología del poder. Cuando sus reinados terminan, el pueblo ni es libre ni es igual.

La contradicción de fondo es insuperable, por un lado, hay que liberar al pueblo y a los trabajadores de la ideología burguesa alienante y de la superestructura del Derecho y el Estado. En ese momento, todos seremos libres, no habrá necesidad de Estado ni de propiedad, pero, mientras tanto, para hacer la planificación central de toda la economía, se necesita un Estado gigantesco que se adueña de todo en nombre del pueblo, que usa el Derecho y la policía para someter la diversidad y la pluralidad al Soberano.

En el socialismo real no hay deliberación, el pueblo no puede estar discutiendo las distintas opciones que se le presentan, los consejos comunales cogen línea, la Asamblea Nacional ni siquiera se molesta en representar esas distintas voces, esos matices, esa pluralidad , esa libertad de opinar que Rodríguez asocia, con razón, a una sociedad libre y democrática. La Asamblea baja la cabeza y dice que sí al Supremo. Donde hay un Soberano, no hay democracia ni pueblo protagónico.

En el socialismo real no hay forma de oponer al poder soberano del Estado los valores democráticos, ni el derecho a la libre opinión o expresión, por eso es necesario ir cerrando los medios de comunicación, que sirven de correa de trasmisión del pensamiento disidente, todos, entonces, a ver VTV que mejora la salud mental, ilumina el entendimiento y transmite las líneas maestras del pensamiento único.

Los marxistas como William Rodríguez, que expresan una convicción democrática, tienen un destino en el socialismo real, primero son considerados una molestia, luego son calificados de reaccionarios, y finalmente, de contrarrevolucionarios y se les envía a un centro de reeducación. Así se llaman las cárceles en el socialismo real, porque es un delito ¡pensar!, no tiene nada de extraño que por decir “no” ambos nos encontremos en El Dorado algún día, y podamos compartir lecturas y pensamientos.

20 enero 2007

Socialismo vs. Libertad

Por Henry Hazlitt

Cuando algunos estudiantes visitantes del Brasil entrevistaron al Presidente (Kennedy), uno de ellos preguntó cuál sería la reacción del gobierno de EEUU «en caso que nosotros socializácemos los medios de producción de nuestro país, como medio más eficaz de librar la batalla contra el subdesarrollo»
Mr. Kennedy respondió:«La decisión de su país en cuanto a los medios para proveer progreso es su decisión, y si por socialismo entienden la propiedad (gubernamental) de los medios de producción o industrias básicas, ese es un juicio que a ustedes les corresponde. A lo que nosotros nos oponemos es a la negación de libertades civiles, la negación de oportunidades para personas de reunirse, para tener su prensa, para escoger libremente la clase de gobierno que desean... Nosotros preferimos la economía de mercado competitivo. Nosotros creemos que con la libre competencia podemos satisfacer mejor las necesidades de nuestra gente. Cada país debe hacer su propia decisión».

Esta respuesta, aunque ambigua en algunos respectos, expone la ideología que respalda la Alianza Para el Progreso y nuestro programa de ayuda al extranjero. Una respuesta menos diplomática pero más instructiva podría haber sido así:

¿Cuál sistema funciona?


Lo que usted haga en su país es por supuesto asunto suyo, ya sea que por votación adopten el socialismo o una dictadura, tal como los alemanes hicieron cuando escogieron a Hitler, o los argentinos cuando aceptaron a Perón. En cualquier caso no consideramos que es asunto nuestro intervenir, ni con ayuda económica gubernamental ni con una palabra de «prevención». No obstante, es únicamente justo decirle, si es que pide nuestro consejo, que ustedes no acelerarán su desarrollo económico o crecimiento mediante la socialización de los medios de producción. Por lo contrario ustedes los retardarán, tal como sus gobiernos recientes lo han efectivamente retardado con toda clase de medidas hostiles, no sólo a la inversión extranjera sino también a la empresa doméstica.

Nosotros llegamos a ser el país más rico y más próspero en el mundo siguiendo el camino de la libertad de empresa, de la propiedad privada de los medios de producción en una palabra, del capitalismo. Nuestra velocidad de crecimiento fue aumentada con inversión privada de capital extranjero, principalmente inglés. Fue atraída aquí no sólo porque podía conseguir mayor ganancia que en casa, sino también porque no corría ningún riesgo de discriminación, impuestos opresivos, nacionalización o expropiación. Fue bienvenida, no temida. En la misma forma hoy, el crecimiento del Canadá ha sido grandemente acelerado por la inversión privada de capital estadounidense.


Libertad indivisible


Es la mentalidad anticapitalista de los llamados países subdesarrollados lo que los ha mantenido subdesarrollados. Ha ahuyentado al capital privado extranjero. Ha desalentado al capital y la inversión doméstica. Lo que parece que usted está preguntando es: ¿Si Brasil socializa los medios de producción, estaríamos nosotros en disposición de verter el dinero de los contribuyentes Americanos para ayudarles a llevarlos a cabo? Nosotros seríamos mucho más tontos al hacer eso, que ustedes lo serian de socializar. Porque la socialización retardaría y distorsionaría su desarrollo económico. Nuestros contribuyentes no sólo perderían su dinero, sino estarían alentándolos a seguir una política económica dañina y equivocada.
La cuestión no es si nosotros los norteamericanos nos «gusta» o «disgusta» el socialismo; la cuestión es si el socialismo tiende a aumentar o a retardar la producción de bienes que los consumidores realmente desean. Ayuda económica a un país socialista es peor que desperdiciada.


Y ahora entramos en la cuestión de libertad. El capitalismo es únicamente el nombre para un sistema de libertad económica. Con tal sistema las libertades políticas y civiles florecen y son seguras. En un sistema total o casi totalmente socializado no puede existir ni libertad política ni económica. La libertad es indivisible. ¿Cómo puede haber libertad de prensa, de expresión o de reunión, cuando el gobierno es dueño de todos los periódicos, las prensas y los auditoriums? Como escribió León Trotsky (quien bien sabía) en 1937: «en un país donde el único empleador es el Estado, la oposición significa muerte lenta por hambre. El viejo principio, el que no trabaja no come, ha sido reemplazado por uno nuevo» El que no obedece no come». De manera que si usted quiere socialismo, es su propio entierro. Pero no espere que nosotros lo subsidiemos.


Fuente: Centro de Estudios Económico-Sociales, CEES, Guatemala, Año 4, 1962, Nº51.

cees@cees.org.gt
http://www.cees.org.gt

17 enero 2007

Socialismo o muerte en América Latina

Por Alejandro Chafuen (CEDICE)

Venezuela: Totalitarismo del siglo XXI

Por Robert Bottome y Norka Parra (AIPE)

Favor con favor se paga

Por Liliana Fasciani M.

A nadie debe sorprender la designación de Jorge Rodríguez en la Vicepresidencia de la República. Si alguien albergaba alguna duda sobre el comportamiento del órgano electoral durante el referendo revocatorio de 2004 y el impactante resultado que dejó boquiabiertos y desconcertados a casi todos los venezolanos, he aquí cómo de las tinieblas de la falsedad ha surgido la refulgente luz de la verdad. Se confirma el proverbio de que entre cielo y tierra nada hay oculto.
Jorge Rodríguez, para entonces Rector del Consejo Nacional Electoral, ha visto recompensada su lealtad al Presidente Hugo Chávez y su incondicional apoyo al proceso revolucionario nada menos que con el flamante cargo que le convierte en el segundo de abordo. No podía ser de otra manera, pues favor con favor se paga, y a estas alturas de la historia podemos comprobar lo bien sabido: el fraude de aquel referendo, avalado por la OEA y el Centro Carter y encubierto por los observadores internacionales.
Propicio es recordar que, en esos mismos días, Gustavo Cisneros se reunió con Jimmy Carter y Hugo Chávez, quizá para negociar las condiciones de un recíproco “mírame y no me toques” sostenido cómodamente hasta el momento. De hecho, el Presidente ha decidido “a lo macho” no renovar la concesión del espectro radioeléctrico de RCTV, Globovisión está en la mira de la artillería del gobierno, Televen se ha adaptado convenientemente a las circunstancia, pero Venevisión está campante, recibiendo incluso elogios hasta de García Carneiro.
Curados de espantos, la mitad del país recibe los cambios en el Gabinete y las últimas noticias no como una novedad, sino como la confirmación de nuestro concepto sobre este gobierno, que se caracteriza por el caradurismo sin límites, la distorsión de los valores morales, la arbitrariedad de sus decisiones, la falta de probidad de sus funcionarios, la repulsión de sus instituciones y el autoritarismo que sella cada uno de los actos emanados tanto del Ejecutivo como de los demás órganos de los Poderes Públicos.
Que no se queje el señor Insulza de los insultos que le ha dirigido Hugo Chávez a propósito de la recomendación que hiciera acerca de reconsiderar la medida contra RCTV. Que entienda de una vez toda la comunidad internacional que no está tratando con personas normales, ni con ciudadanos confiables, ni con demócratas, ni con funcionarios de carrera, ni con políticos serios.
Un régimen que acapara todos los poderes, que impone sus ideas, que exige sumisión, que atemoriza a sus ciudadanos, que ofende a sus pares, y que pretende mantenerse por la fuerza o por el fraude durante tiempo indefinido en el poder, dista mucho de ser un gobierno decente y respetable.
Y esto es apenas el abreboca de lo que está por acontecer. En la Asamblea Nacional, una cantidad de proyectos de ley han sido ya aprobados en primera comunión y otros lo serán más temprano que tarde, con el fin de arrastrar al país hacia el oscurantismo socialista que nos sumirá en el mar de la infelicidad colectiva.
Favor con favor se paga, es cierto, pero también expira la gratitud cuando sólo depende de la conveniencia circunstancial. Quienes hoy se empalagan con el almíbar del poder, mañana percibirán el amargo sabor del desprecio. Pregúntenle, si no, a Miquilena, o mejor aún, a José Vicente Rangel.


Publicado originalmente 13-01-2007 en www.eluniversal.com


Escollos conceptuales sobre el socialismo

Por Liliana Fasciani M.

Tal parece que Hugo Chávez tropezó con unos cuantos escollos conceptuales a la hora de explicar en qué consiste esa cosa indefinible que ha promocionando bajo la denominación “socialismo del siglo XXI”. Se ha visto en tres y dos, intentando sacudirse la praxis socialista de los bolcheviques, de los maoístas y hasta de los cubanos, alegando que en tales experiencias, por razones ajenas a la voluntad de sus impulsores, la doctrina fue desnaturalizada y, por lo tanto, no pudo lograrse el noble fin que perseguían. Es la conocida excusa de los socialistas frustrados, quienes atribuyen el fracaso del modelo –dondequiera fue aplicado– a que si la teoría no funcionó en la práctica, fue porque la práctica no funcionó.

De ahí que su objetivo sea... (o pretenda ser) rescatar las raíces del socialismo y reinventar el modelo mediante la incorporación de otros elementos que lo hagan posible y exitoso. Estos elementos conferirían rasgos especiales al nuevo experimento, a saber, un socialismo bolivariano, indolatinoamericano, robinsoniano, zamorano y, fundamentalmente, cristiano. Al menos, eso fue lo que dijo la noche del 3 de diciembre de 2006, una vez que el Consejo Nacional Electoral transmitió los primeros resultados oficiales de las elecciones presidenciales.

Pero ahora resulta que el fundamento teórico del socialismo del siglo XXI y, por consiguiente, los rieles por los que transitarán las siguientes etapas de tan penoso proceso es el mismo de siempre: el viejo, obsoleto, esclerótico e inservible socialismo marxista-leninista del siglo XX que se impuso en la extinta Unión Soviética, en la República Popular de China y en la caribeña isla de Cuba. Es la conclusión a la que conduce la sugerencia que hizo a la Conferencia Episcopal Venezolana y a quien tenga interés en saber en qué se basa y cuál es el contenido del socialismo de esta nueva centuria, de leer las obras de Marx y Lenin, entre otras joyas literarias de más reciente publicación.

Si esto es así, sus ideas están muy lejos de la socialdemocracia que se desarrolla en España, Francia o Chile y sus acciones cada vez más cerca de un totalitarismo en toda regla al clásico estilo latinoamericano, es decir, un gobierno signado por la demagogia, el caudillismo personalista, el militarismo represor y la concentración de poder en un solo individuo con atribuciones ilimitadas por tiempo indefinido.

En su discurso de juramentación como Presidente reelecto el 10 de enero de 2007, Chávez marcó la ruta hacia la “radicalización y profundización de la revolución” a través de la metáfora mecánica representada en cinco motores constituyentes. El primero de ellos, la Ley Habilitante que solicitó a la Asamblea Nacional a los fines de gobernar por decreto en las materias consideradas como esenciales para la consolidación definitiva del socialismo de la nueva centuria.

En esa ocasión anunció con meridiana claridad su intención de modificar la división política del territorio nacional mediante la reducción del número de municipios y el establecimiento de ciudades comunales, embrionarias de futuras ciudades socialistas, en un sistema de urbes federales en las cuales “la explosión del poder comunal” reemplazará a las actuales alcaldías y juntas parroquiales. La justificación es minimizar al gigante burocrático y maximizar lo que la vigente Constitución promueve como democracia protagónica, directa y participativa, pero el fin que subyace a esta decisión no es otro que privar a los ciudadanos, en el ámbito de sus jurisdicciones, de por lo menos dos de los derechos políticos fundamentales: el derecho a ser electo y el derecho a elegir.

La realización de estas y otras muchas ideas-decisiones pasa, desde luego, por la necesidad de reformar una cantidad importante de artículos contenidos en la Constitución. Pero, a los fines que persigue Chávez, no bastará una simple reforma parcial de la misma, tal y como está previsto en el artículo 342, puesto que sus planes incluyen cambios radicales en el sistema educativo, la supresión de la autonomía del Banco Central de Venezuela, la estatización de empresas privadas, la regulación por parte del Estado del sector de las telecomunicaciones, la disolución de los partidos políticos –por ahora, solamente de aquellos cuya tendencia es favorable al gobierno– y la integración de sus dirigentes y militantes en un partido único –Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV)–, y muchos otros giros en la máquina del país que aún no han sido comunicados.

Cualesquiera sean éstos, el más peligroso de todos es su propuesta-imposición de la reelección por tiempo indefinido del Presidente de la República. Según lo entiende Francisco Ameliach, director general del Movimiento Quinta República (MVR), “la alternabilidad [del poder] es un chantaje político”.

No se trata, pues, en lo absoluto de una versión distinta del modelo harto conocido –y felizmente derribado junto con el Muro de Berlín–. El socialismo del siglo XXI no es más que una reedición, a la criolla, del socialismo “real” que hasta un comunista de la talla del historiador Eric Hobsbawm admite que fue un desastre. Merece la pena citar algunos párrafos de “Sobre la Historia” en el que este autor revela tanto el fondo como la forma de la ideología y praxis socialistas:

“En la etapa posterior a 1945, la mayoría de los países de la zona –se refiere a los países del centro y del este de Europa– escogieron, o fueron obligados a escoger, el modelo bolchevique, que, en esencia, era un sistema ideado para modernizar las economías atrasadas de tipo agrario por medio de una revolución industrial planificada. (…) No hace falta que les hable sobre las carencias y defectos que presentaba el sistema desde un punto de vista económico, y que al final acabaron por conducirlo al desastre, ni sobre los regímenes políticos cada vez más insoportables que instauró en Europa central y Europa del Este…, los increíbles sufrimientos que causó a los pueblos de la URSS… (…) El colapso se debió a la progresiva rigidez e inoperancia económica del sistema y, sobre todo, a su probada incapacidad para generar novedades o para aplicarlas al ámbito de la economía, por no mencionar la represión ejercida sobre la creación intelectual.”

Bien se cuidó el hoy reelecto Presidente Chávez durante su campaña electoral de no comunicar al pueblo venezolano en cuáles específicos aspectos de la vida institucional, política, económica, cultural y social del país ejecutaría el plan de radicalización y profundización de su revolución, que piensa llevar a cabo sirviéndose de la Ley Habilitante. Sin el molesto retardo que suponen el debate y, por garantizado que esté, el consenso en la Asamblea Nacional, asumirá él mismo el rol de legislador para elaborar a su antojo, según su propia y personal concepción de los asuntos públicos, los decretos-leyes con los cuales encadenará la libertad de los venezolanos a los intereses y fines de la revolución.

Para ello, no le bastará –como he afirmado antes– el mecanismo previsto en el artículo 342 de la Carta Magna vigente, relativo a la reforma constitucional, porque la instauración de un sistema socialista de este calibre exige la modificación tanto de la estructura como de los principios fundamentales de la Constitución. Ello en razón de que Venezuela está, hasta ahora, constituida –artículo 2 CRBV– en un “Estado democrático y social de Derecho y de Justicia”, cuyos valores superiores, dentro de un sistema socialista basado en la teoría marxista-leninista, se verían desnaturalizados por completo y convertidos en meras palabras sobre el papel. El socialismo, en la concepción de Marx y de Lenin y, por ende, en el proyecto de Chávez, desvaloriza la vida, restringe la libertad, manipula la justicia, desvirtúa la igualdad, reemplaza la solidaridad por la caridad y la democracia por la autocracia, banaliza la responsabilidad social, viola los derechos humanos, desmoraliza la ética y suprime el pluralismo político.

De ahí que su determinación de realizar una reforma “profunda e integral” de dicho texto para ajustarlo a los requerimientos del modelo ideológico-político que ha resuelto establecer, no puede, de acuerdo con los procedimientos contemplados en el mismo, servirse ni de la reforma, ni de la enmienda.

La única vía posible para encuadrar en un marco constitucional los objetivos y fines de transformar el Estado democrático y social de derecho venezolano en un Estado socialista, sería a través de una Asamblea Nacional Constituyente, como lo prevé el artículo 347 de la actual Constitución. Esto implica, sin duda, un proceso de convocatoria, participación, diálogo, discusiones de carácter filosófico, jurídico y político, y la necesidad de consenso para la aprobación de cantidad de disposiciones, cuyo mayor inconveniente es el tiempo.

No parece que Chávez esté dispuesto de ninguna manera a ver ralentizado el proceso de radicalización revolucionaria por razones de tanta importancia como la legalidad del procedimiento, ni siquiera por el hecho de que éste se halla contenido en una Constitución creada, hace apenas siete años, según el molde de sus exigencias de entonces. Ahora, a medida que han crecido sus ínfulas de líder supremo, el traje constitucional ha encogido, y en él ya no caben el tronco y las extremidades de ese enorme monstruo identificado con el eufemismo de socialismo del siglo XXI.


14 enero 2007

¿Por qué requiere la democracia la libertad de expresión?

"La libertad de expresión se requiere, en primer lugar, para que los ciudadanos puedan participar efectivamente en la vida política. ¿Cómo pueden los ciudadanos hacer que sus distintas perspectivas sean conocidas y persuadir a sus conciudadanos y a sus representantes de que las adopten si no pueden expresarse libremente sobre todas las cuestiones que afectan a la dirección del gobierno? Y si han de tomar en consideración los puntos de vista de los otros, deben estar en condiciones de escuchar lo que otros tengan que decir. La libertad de expresión no sólo significa que alguien tenga el derecho a ser oído. Presupone también que alguien tiene el derecho a escuchar lo que otros tengan que decir.
Adquirir una comprensión ilustrada de las acciones y políticas gubernamentales posibles también exige la libertad de expresión. Para acceder a la competencia cívica, los ciudadanos precisan de oportunidades para expresar sus propios puntos de vista; para aprender unos de otros; para entablar discusiones y deliberaciones; para leer, escuchar e inquirir a los expertos, a los candidatos políticos y a las personas en cuyo juicio confían; y para aprender por otros medios que se sustentan sobre la libertad de expresión.
Finalmente, sin la libertad de expresión los ciudadanos en seguida acabarían perdiendo su capacidad de influir en la agenda de las decisiones políticas. Los ciudadanos silenciosos pueden ser súbditos perfectos de un gobernante autoritario; serían un desastre para la democracia."


Dahl, Robert: La democracia. Una guía para los ciudadanos. Trad. Fernando Vallespín, Taurus, México, D.F., 2005, p.112.



15 noviembre 2006

El Ente

Por Liliana Fasciani M.

Supuestamente, uno nace liviano de prejuicios, pero con el aparatico mental dispuesto para las percepciones sensoriales, es decir, para los primeros hallazgos de la vida. Después uno se entera, a fuerza de hambre, sueño, esfínteres y murruñacos, que en el aparatico cerebral hay un dispositivo para cada emoción. Entonces empiezan los problemas, para uno y para los demás, pues los dispositivos en cuestión sirven para todo.
En la niñez, los usamos para manipular a nuestros padres y hermanos mayores, de modo que satisfagan todos nuestros caprichos. En la adolescencia, para tratar de liberarnos de los convencionalismos sociales y hacer lo que nos da la gana. En la juventud, para enamorarnos perdidamente de la persona equivocada y luchar contra las injusticias del mundo, culpando a la generación anterior por lo que hicieron y por lo que no hicieron, con lo cual justificamos nuestros conflicto existencial. En la adultez, para asumir obligaciones imposibles de cumplir y lamentarnos de no haber nacido un siglo antes, cuando todo era más fácil y distinto. En la ancianidad, para manipular a nuestros hijos y nietos, a cuenta de todo lo que hicimos por ellos y a riesgo de que nos despachen a un geriátrico.
Durante este proceso, la cuestión política forma parte de nuestra vida tanto como la sopa, los estudios, la ropa sucia, el sueldo o el dentista; de hecho, todo depende de ella, porque siendo seres sociables, más que individuos con habilidades, necesidades, sueños y mañas diferentes, somos piezas en el descomunal aparato social. Las piezas más numerosas, variadas e importantes. Pero, no las únicas.
Hay otras piezas que si bien son menos en cantidad y en diversidad, se las arreglan para llegar a parecer más importantes y poderosas que todas aquéllas juntas. Aparecen fusionadas en un Ente que lo mismo funge de peluche amoroso, de Superman protector o de guía iluminado, que de coco nocturno, de Dr. Diablo, o de Pingüino vengador. Ese Ente con un ojo enorme que nos observa y toma nota de nuestras acciones y omisiones responde al nombre de Gobierno, y, aunque no queramos reconocerlo, es nuestro hijo. Poco importa que algunos juren no haberlo engendrado, concebido ni parido. El Ente en cuestión, así sea bastardo, es nuestro vástago, y pasa por todas las etapas del ser humano a lo largo de su existencia.
Ahora bien, según cómo utilicemos nuestros dispositivos mentales y dependiendo de dónde nos coloquemos en el aparato social, el Ente el cual delegamos la cuestión política será más o menos importante y, por tanto, más o menos poderoso que nosotros. Las piezas son las que determinan el comportamiento del Ente, las que deciden lo que el Ente puede o no puede hacer. Y por más que él intente manipular, amotinarse, imponerse, quejarse o patalear, sólo le está permitido obedecer, aceptar consejos, rectificar, asumir su responsabilidad y aspirar un final digno.
Dado que el Ente no es hijo único, otros hermanos deben relevarlo en sus funciones cada cierto tiempo. Es éste el único caso en el que la ley natural de la sociedad establece como regla una excepción: que los padres sobrevivan al hijo. El Ente debe ser sepultado -con honores o sin ellos, dependerá de lo que hizo y de cómo lo hizo- por la gran sociedad de piezas, e inmediatamente reemplazado por otro Ente. ¡Amén!

Publicado originalmente 07/11/06 en www.eluniversal.com


16 octubre 2006

La amenaza del socialismo del siglo XXI

I Congreso Internacional “La Escuela Austriaca en el siglo XXI”

Ponencia de Liliana Fasciani M.

Si bien Hayek afirma que “mientras la Historia fluye, no es Historia para nosotros”, pienso que aunque no percibimos cuán histórico es lo que hacemos a medida que lo hacemos, con más frecuencia de lo deseable, el pasado y el presente coinciden, ya sea en la ruta del mientras tanto, en la frontera del después de, o en el ignoto paraje del ahora qué. En cada una de estas estaciones, mirando hacia atrás creemos tener algunas respuestas, y mirando hacia adelante parece que aún nos faltarán preguntas. En el fondo, intuimos que la ignorancia nos desborda. De lo contrario, no cometeríamos los mismos errores tratando de reinventar el mundo, ensayando con las mismas fórmulas, a riesgo de un nuevo y estrepitoso fracaso.
La advertencia consiste, pues, en confirmar lo que muchos ya saben, pero que muchos más ponen en duda: el espectro del socialismo se cierne sobre América Latina.

Quienes daban por hecho que nuestro continente había vencido los infortunios de la revolución, el nacionalismo, el intervencionismo y el totalitarismo, que había superado los traumas ideológicos, que había aprendido a apreciar la libertad y a desenvolverse en democracia, desafortunadamente, se equivocaron. No bastaría un congreso para analizar las múltiples respuestas que cada uno de los aquí presentes pudiesen ofrecer para explicarlo. Convendría entonces reflexionar sobre qué es lo que hace que la mayoría de los latinoamericanos tienda a rechazar con tanta contundencia el liberalismo y a adherir con tanta facilidad el socialismo, aunque del primero reciban de buena gana las ventajas, y del último teman los fuertes latigazos del despotismo.

Por lo pronto, me limitaré a enfocar el problema desde la perspectiva crítica al modelo liberal que hacen quienes pretenden justificar la expectativa del socialismo como alternativa. Intentaré demostrar que dicha alternativa, presentada como socialismo del siglo XXI, es una amenaza para la libertad, por ser incompatible con los principios mínimos de democracia y Estado de derecho. Y haré algunas referencias al experimento de esta especie en la Venezuela actual.
El fundamento teórico del socialismo del siglo XXI está plasmado en lo que Heinz Dieterich denomina “Nuevo Proyecto Histórico”, y parte de la afirmación:

“Ninguno de los tres flagelos de la humanidad —miseria, guerra y dominación— es casual o (sic) obra del azar. Todos son resultados inevitables de la institucionalidad que sostiene a la civilización del capital: la economía nacional de mercado, el Estado clasista y la democracia plutocrática-formal. Esta institucionalidad… fomenta sistemáticamente los anti-valores del egoísmo, del poder y de la explotación. Es la doble deficiencia estructural de la sociedad burguesa —ser anti-ética y disfuncional para las necesidades de las mayorías— que la hace obsoleta y la condena a ser sustituida por el Socialismo del siglo XXI y su nueva institucionalidad: la democracia participativa, la economía democráticamente planificada de equivalencias, el Estado no-clasista y, como consecuencia, el ciudadano racional-ético-estético.” (Dieterich, 2005,3)

Se acusa, pues, al liberalismo de fomentar el egoísmo a través de la libertad individual. Se asegura que su vinculación con la democracia es circunstancial, alegando que su habitat natural son las sociedades represivas. Se entiende la economía de libre mercado como un mecanismo de explotación que enriquece a unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría. Se califica el esquema institucional basado en la división de los poderes públicos y en el imperio de la ley de “simples teoremas declamatorios”. Y, sobre todo, se le culpa de “la creciente miseria y del hambre en los países pobres”, debido a que en “la economía de mercado…, los productos y servicios no se intercambian a su valor, sino al precio del mercado”. (Dieterich, 2005,18)

Según esta percepción, la economía y el Estado liberales, así como la democracia representativa, son instituciones contrarias a la racionalidad, la ética y la estética humanas. Para reparar estas injusticias, especialmente en las regiones latinoamericanas donde los índices de pobreza se sitúan en niveles extremos, y donde, por alguna razón que, francamente, aún no acabo de entender, el caudillismo y el populismo ejercen una extraña y perversa atracción en las masas, surge una vez más la oferta del socialismo. Con la pretensión de distinguirlo de las experiencias fallidas, se le ha colocado la etiqueta de socialismo del siglo XXI, cuyo lema es la democracia participativa.

Pero, ¿en verdad se trata de otra versión, disociada de las anteriores? Pienso, con el economista venezolano José Guerra, que: “Para que el socialismo que se propugna sea nuevo, nuevas deben ser las ideas y nuevos los hombres que las llevan a la práctica…” (Guerra, 2005,15) Y sucede que el socialismo del siglo XXI no parece cumplir con estos requisitos, pues también se sostiene sobre el fundamento teórico y las reelaboraciones del materialismo histórico hechas por Marx y Engels, y buen número de sus propagandistas son los viejos comunistas y socialistas de siempre.
Lejos del “reformismo” que a finales del siglo XIX despejó el camino hacia lo que hoy se conoce por socialdemocracia, el “Nuevo Proyecto Histórico” se inscribe en los ideales ascéticos del socialismo duro y en la praxis revolucionaria leninista, apuntando a la instauración de un orden social distinto del existente mediante un cambio de las instituciones, y a la erradicación del egoísmo, la codicia y la explotación para formar al hombre nuevo racional, ético y estético.

De hecho, adhiere de Marx el medio para “centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado” (Marx, 1998,122); de Engels, el fin de que: “Las clases desaparecerán tan fatalmente como surgieron. [Y] La sociedad… transportará toda la máquina del Estado… al museo de antigüedades, junto al torno de hilar y junto al hacha de bronce” (Engels, 2004,214-215); de Lenin, los mecanismos para llevar a cabo la “organización centralizada de la fuerza, organización de la violencia, tanto para aplastar la resistencia de los explotadores como para dirigir la enorme masa de la población…, en la obra de «poner en marcha» la economía socialista”. (Lenin, 1997,38). Estas son, entre otras, las premisas del cambio institucional y social.

Entonces, ¿qué tiene de novedoso el socialismo del siglo XXI? En esencia, nada. Pero en el esquema de la denominada revolución bolivariana venezolana, hay dos elementos nuevos que le confieren cierta originalidad al proyecto. Uno es la inclusión del estamento militar en el área política. La incorporación de la Fuerza Armada Nacional venezolana a lo que ya es proceso, hace de éste un experimento que, a diferencia de las otras revoluciones, mantiene, por lo menos, 7 ministerios, 9 gobernaciones de estados, 4 escaños en la Asamblea Nacional, 4 instituciones de las más importantes del país y 1 representación ante la ONU a cargo de militares, activos unos y otros en condición de retiro, la mayoría de los cuales participaron junto al actual Presidente de la República en el fallido golpe de Estado el 4 de febrero de 1992.

Paralelamente a la Fuerza Armada Nacional, el gobierno está formando una reserva que se aspira alcance los 2 millones de reservistas, convenientemente armados, para la defensa, no de la soberanía nacional, sino de la revolución bolivariana.

Para superar los obstáculos y conflictos de poder entre funcionarios, militantes y hasta simpatizantes revolucionarios, todas las directrices de gobierno, propaganda y proselitismo emanan directamente del líder, Hugo Chávez.

El otro elemento lo constituye la renta petrolera. Los fabulosos ingresos que percibe el Estado venezolano por este concepto –en el año 2005 estuvieron por el orden de los $84.000 millones–, especialmente de los Estados Unidos, a la sazón, su mejor cliente y, simultáneamente, su más acérrimo enemigo, son los que financian toda la maquinaria para poner en práctica el socialismo del siglo XXI y hacer exportable la revolución bolivariana.

Ahora bien, ¿qué esperan las personas de esta “nueva” propuesta? ¿Qué creen los ciudadanos que puede beneficiarles de un modelo comprobadamente ineficiente y autoritario? Si la libertad, entendida como libertad individual, es lo que nos permite ser como somos, desarrollar nuestros atributos y perseguir nuestras metas en el marco de un Estado de derecho, ¿cómo se explica que haya individuos dispuestos a cederla con tal desprendimiento?, ¿cómo se asume la racionalidad ante la perspectiva de un procedimiento que, como Dieterich revela, “conducirá a cambios tan profundos en la manera de pensar y actuar, que después de su implantación general, será posible hablar… de un nuevo ser humano” (Dieterich, 2005,49).

Esta idea del “nuevo ser humano” o del “hombre nuevo” no es tampoco ninguna novedad. Hallamos antecedentes en el régimen nazi de Hitler en Alemania. En Camboya, donde se organizó el ejército de los jemeres rojos con adolescentes campesinos y semianalfabetos adoctrinados en el odio hacia la diversidad y entrenados para matar sin remordimientos. En China, donde se formó a niños, adolescentes y jóvenes para destruir todo vestigio de cultura, para vejar, castigar y asesinar sin contemplaciones, y se reeducó a los adultos en campos de concentración. Sucede todavía en Cuba, donde los pequeños pioneros aprenden a leer en cartillas con consignas revolucionarias, y el pueblo rinde culto al personalismo de Castro, y se enaltecen la guerra y la muerte como actos heroicos.

Sin embargo, todo apunta a que no aprendemos de la Historia. Los comunistas y socialistas irredentos no aceptan que el fracaso de la teoría marxista obedece, fundamentalmente, “a los defectos inherentes a su propia naturaleza”, tal como se deduce del análisis histórico. “El comunismo –aclara Richard Pipes– no era una buena idea que salió mal, sino una mala idea”. (Pipes, 2002,185) Pero pocos se han convencido de ello. Pocos han sido los que se han atrevido a evaluar los daños morales y materiales, y a reexaminar sus ideas.

Para justificar el descalabro, sus defensores aducen, como recientemente lo hizo el Secretario General del Partido Comunista de Venezuela en el marco del seminario internacional “Socialismo científico: aportes para su construcción”, celebrado en Caracas en julio de este año, que “no fue el socialismo lo que fracasó en el siglo XX, sino la ausencia de lo que él significa”.

El problema radica en que no es fácil encontrar una definición uniforme y coherente que explique su significado. La elasticidad del término, el revisionismo a que se le ha sometido y el abanico de variantes confirman que “… cada nación reclama su propia y única forma” de interpretar, adaptar y aplicar este movimiento. (Crick, 1994,118)
Los más ortodoxos están convencidos de que el error estuvo en no aplicar la doctrina marxista-leninista con suficiente rigor. Como si el rigor con que se impuso el comunismo en la Rusia de Stalin, en la China de Mao o en la Camboya de Pol Pot no fue de tal modo excesivo que traspasó los límites de la comprensión humana.

En otro sentido, Dieterich lo imputa a la inexistencia de “un programa concreto de una economía socialista”, debido a la falta de computadoras y de una matemática avanzada que permitiera determinar el precio de un producto y su relación con el valor. Es decir, sobre lo que Guerra considera una reconstrucción infructuosa de la teoría del valor-trabajo de Marx y el intercambio de equivalentes desarrollado por el economista alemán Arno Peters, es que se aspira a resolver dicho problema.
Dieterich lo resume así: “… el salario equivale directa y absolutamente al tiempo laborado. Los precios equivalen a los valores, y no contienen otra cosa que no sea la absoluta equivalencia del trabajo incorporado en los bienes. De esta manera se cierra el circuito de la economía en valores, que sustituye a la de precios”. (Dieterich, 2005,40)

Según esta ecuación, no hay excedente, puesto que si, como sostiene Marx, el trabajo es la sustancia del valor, y cada trabajador recibe íntegramente, en forma de salario, el trabajo incorporado en el producto, no queda nada para reponer el capital. Expresado en forma tosca, lo que resulta de esta combinación de las teorías de Marx y Peters es un reemplazo del orden espontáneo de la oferta y la demanda, y del dinero como medida de valor, por el trueque. Guerra se pregunta cómo determinar el valor de ciertos bienes en los que no se halla incorporado el trabajo humano, por ejemplo, los recursos naturales, o cuál sería el bien equivalente a un barril de petróleo.

Los venezolanos ya lo averiguamos: a cambio de unos cuantos miles de barriles de petróleo, Cuba corresponde enviando a Venezuela un contingente de médicos, entrenadores deportivos, maestros y colaboradores para dinamizar las “misiones” y otras áreas institucionales del país. Gracias a la chequera petrolera, el señor Chávez maneja y distribuye la riqueza nacional como si fuese suya, financia campañas electorales en Nicaragua, México o Perú, cultivos de coca en Bolivia, gasoductos desde el Caribe hasta la Patagonia, o compra bonos de la deuda pública argentina, entre otras ligerezas solidarias.

También estamos viendo cómo este ensayo causa la ruina de nuestra economía y progresivamente cercena las garantías constitucionales de protección a la propiedad privada y a los derechos humanos fundamentales.

En fin, la renuencia a admitir las causas del desmoronamiento del sistema socialista revela, en primer lugar, la mentalidad racionalista de sus creyentes: si la teoría no funcionó en la práctica, es porque la práctica no funcionó. Y, en segundo lugar, nos da alguna idea de cuán difusas y confusas son las corrientes que fluyen de la ideología marxista. He tomado prestada una cita del libro de Richard Pipes, Historia del comunismo, sobre la biografía de Nikita Jruschov, escrita por su hijo Serguéi:

“Ya desde mis días de estudiante –narra el hijo del líder soviético– […] había tratado sin éxito de comprender qué era exactamente el comunismo […] Había intentado que mi padre me aclarara la naturaleza del comunismo, pero tampoco obtuve una respuesta inteligible. Comprendí que él mismo no se aclaraba demasiado”. (Pipes, 2002,198)

Esta dificultad para aprehender la noción de socialismo tiene mucho qué ver con la interpretación que se hace de sus fundamentos teóricos y los fines que se persiguen con su implantación. El problema no radica únicamente en el carácter polisémico del término, sino en la complejidad de una estructura de pensamiento compuesta por muchas y variadas concepciones acerca de la sociedad, el Estado y el poder. Semejante maleabilidad no puede menos que dar lugar a incoherencias ideológicas y contradicciones ontológicas.

No obstante, en su más reciente trabajo, El socialismo del siglo XX, el economista Claudio Rama teje, a partir de un balance histórico, una definición del socialismo:

“… un sistema de poder aferrado en una ideología dogmática que actúa como un marco religioso de aglutinación social y de negación de la democracia y sus libertades”. (Rama, 2006,7)

Creo que Rama ha conseguido llegar al núcleo del concepto –más allá de la semántica– que refuerza mi afirmación de que el socialismo del siglo XXI es incompatible con los principios mínimos de democracia y Estado de derecho y que, por consiguiente, representa una amenaza para la libertad.

Dieterich prosigue su crítica, desarrollando un ejercicio comparativo entre el ser y el deber ser del funcionamiento de la democracia en los gobiernos liberales, dentro de un contexto que abarca diversos Estados y sociedades del mapa mundial. Su análisis le lleva a una primera conclusión: que la democracia formal-representativa, propia del Estado liberal, está plagada de vicios y trampas.

Define al parlamento como “el mercado donde se negocia la repartición del poder y de la riqueza social entre las fracciones de la elite”, reclama que no existe el “gobierno por discusión” y califica de “reminiscencias románticas y letra muerta” la responsabilidad de los diputados ante el pueblo, pues obedecen los lineamientos de su partido. A la duda de Bentham acerca de “¿cómo puede la división de poderes garantizar la libertad, si los tres poderes están controlados por un solo grupo social?, Dieterich responde que “no puede”, aduciendo que el principio en cuestión requiere que cada uno de estos poderes represente “a diferentes estratos y clases de la sociedad”, puesto que si todos se concentran “en la misma persona o el mismo cuerpo”, se estaría ante un “despotismo espantoso”. Tilda de “argucia” al sistema electoral y acusa a “la clase dominante” de desconocer “sus propias reglas constitucionales” y recurrir al golpe de Estado cuando “las mayorías logran elegir un gobierno verdaderamente popular y democrático”. Sostiene que la globalización limita la democracia formal y propende a la pérdida de soberanía de los Estados. Condena la praxis del “poder prerrogativo” lockeano que permite gobernar “mediante decretos ejecutivos… cuando las mayorías no aceptan las decisiones de la elite”. Y, finalmente, aboga por un “Estado ético –en el sentido hegeliano– [que sea] garante del bien público frente a los intereses particulares”. (Dieterich, 2005,22-23)
De ahí su propuesta de reemplazar a la democracia representativa por la democracia directa, a la que atribuye “la capacidad real de la mayoría ciudadana de decidir sobre los principales asuntos públicos de la nación”.

Son precisamente la división de poderes, el imperio de la ley, el sufragio universal y la garantía de los derechos y libertades los “principios mínimos de democracia” en los que se sostiene el Estado de derecho.

Ahora bien, hay diferencias sustanciales entre una y otra democracia.
En primer lugar, la democracia indirecta o representativa pasa, normalmente, por el ejercicio de la democracia electoral: los ciudadanos elegimos a aquellas personas en las que delegamos nuestra representación para que decidan sobre los asuntos públicos.

En segundo lugar, decidir y elegir son acciones distintas que, en sociedades complejas como nuestras actuales megalópolis, en las que los individuos nos difuminamos en la multitud, se ejecutan de distinta manera. Esa capacidad real de decisión sobre los asuntos públicos que se daba en la polis griega, donde la población no superaba algunos miles de habitantes, no es aplicable a las sociedades modernas que aglutinan a millones de personas.

En tercer lugar, la democracia directa funciona sin representantes, dado que cada ciudadano personalmente asume la participación activa en los asuntos de la res pública y decide sobre ellos. Esa participación es o debería de ser espontánea y voluntaria, no impuesta por otras personas. Pero lo interesante es que, como dice Sartori, “la autenticidad y eficacia de mi participar (sic) está en relación inversa al número de los participantes”, lo cual implica que, a medida que aumenta el número de participantes, “disminuye la potencia de la participación del individuo”. (Sartori, 2003,111)

Pienso que aquí está la clave del afán de los socialistas por la democracia participativa. En una comunidad de pocos ciudadanos, la democracia directa funcionaría porque existe la posibilidad de observación recíproca e interacción de los participantes. Pero en cuanto el número de personas aumenta, digamos en la proporción de las sociedades modernas, esa posibilidad desaparece. En este punto, el participante –señala Sartori– “está siempre a ras del suelo, al nivel de la base, y no llega nunca al Estado. (…), no propone nada que sustituya a lo que critica o rechaza”. (Sartori, 2002,113) En consecuencia, pierde sentido el “gobierno por discusión” a que alude Dieterich, que, en cambio, es perfectamente factible en la democracia representativa.

Sospecho que los promotores del socialismo del siglo XXI están al corriente de esto. ¿Por qué, entonces, insisten en la democracia directa? Deduzco que se debe al elemento plebiscitario contenido en ella. Es verdad que la democracia representativa incluye la participación y el referéndum, pero como elementos subordinados. En cambio, en la democracia directa, el referéndum es un instrumento supletorio del debate de opinión sobre cuestiones individuales que se plantean separadamente, a las que el ciudadano, sentado –como ilustra Sartori– “ante una pantalla en la que aparecen los issues…, responde oprimiendo la tecla del sí o del no”. (Sartori, 2003,119)

Lo que considero constituye la gran ventaja para los fines del socialismo del siglo XXI es que, mientras la democracia electoral es un proceso de suma cero –el vencedor gana todo y el vencido pierde todo–, el propio resultado activa la democracia representativa, cuyas decisiones son de suma positiva, puesto que todos ganan algo en virtud de que los representantes debaten y se hacen concesiones recíprocas. En cambio, en la democracia plebiscitaria el proceso es también de suma cero, pero no activa ningún otro mecanismo, simplemente sucede que el triunfo de una propuesta equivale a la derrota de quienes votaron en contra.

Esta praxis puede ser considerada democrática en tanto en cuanto prive el respeto y la tolerancia hacia las minorías, pero cuando el partido dominante pretende anular a la oposición, esto significa –como expresa Ferrero– “cancelar la soberanía del pueblo”.

En Venezuela, las decisiones sobre los asuntos públicos del país se toman por unanimidad de sus 165 diputados, militantes todos de partidos incondicionales al gobierno. Es así como el Tribunal Supremo de Justicia, antes constituido por 20 magistrados, a los fines de asegurar las decisiones judiciales de este órgano tan principal, la Asamblea Nacional elevó el número a 32 por exigencia expresa del Presidente Chávez, lo que fue posible gracias a la reforma de la Ley Orgánica de dicho tribunal, que ahora también prevé la aprobación por mayoría simple de ciertas leyes que antes exigían el acuerdo de la mayoría calificada.

Volviendo con Dieterich, éste, asombrosamente, termina su análisis reconociendo que: “Por lo tanto, la conclusión es lógica: los derechos democrático-formales son una condición imprescindible y necesaria, pero no suficiente, para la sociedad democrática del futuro; no deben sustituirse, sino ampliarse hacia los derechos sociales participativos”. (Dieterich, 2005,23)

Esta última conclusión parece que dejara sin piso a la teoría de la democracia directa, pero justo entonces augura “el fin de la democracia representativa… y su superación por la democracia directa o plebiscitaria”. Anuncia que “El parlamento y el sistema electoral de la partidocracia…, no tendrán lugar en la democracia futura”, como tampoco los medios de comunicación, a los que denomina “monopolios de la adoctrinación”. Prevé la desaparición de la empresa privada por incompatibilidad con la “democracia real” y, en definitiva, la extinción del Estado. (Dieterich, 2005,49)

¡He aquí lo que nos depara el socialismo del siglo XXI! Un sistema excluyente e intolerante que niega los principios de democracia y libertad. Una utopía y, como tal, un imposible. No en el plano teórico, pues ha sido ya plasmada en papel, y papel aguanta todo. Me refiero a la imposibilidad en el sentido práctico de realización de las ideas y conversión de los ideales en hechos y conductas. De manera que porque en un determinado país se esté intentado imponer el socialismo del siglo XXI, no significa que sus postulados vayan a concretarse en resultados efectivos, en una transformación definitiva de los individuos y de las instituciones. Las cualidades y los defectos, las virtudes y los pecados, son inherentes a la naturaleza humana, y no es posible en lo absoluto que logremos desprendernos de la razón, las emociones ni las sensaciones. Si algo semejante nos sucede, es porque estamos muertos. Lo lamentable es que mientras dura el proceso de implementación hasta que el andamiaje se desmorona o es derribado, muchas son las víctimas y muy costosas las pérdidas causadas por el ensayo.

Estoy convencida de que la única manera de combatir con efectividad a este espectro ideológico es a través de la educación. A la apología de la limosna, la pobreza y la uniformidad racionalista, debemos oponer los paradigmas del trabajo, el progreso y la libertad. Sobre todo, la libertad.

Rosario, 28 de septiembre de 2006

Bibliografía

DIETERICH, Heinz: El socialismo del siglo XXI. Disponible en:

www.rebelion.org/dieterich/dieterich070802.pdf
CRICK, Bernard: Socialismo, Alianza Editorial, Madrid, 1994.

ENGELS, Friedrich: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 8ª ed., Panamericana, Bogotá, 2004.

GUERRA, José: ¿Qué es el socialismo del siglo XXI?, Caracas, 2006.

MARX, Karl y ENGELS, Friedrich: El manifiesto comunista y Antología de “El Capital”, Edicomuniación, Barcelona, 1998.

LENIN, V.I.: El Estado y la revolucion, Fundación de Estudios Socialistas Federico Engels, Madrid, 1997.

PIPES, Richard: Historia del comunismo, trad. Francisco Ramos, Mondadori, Barcelona, 2002.

RAMA, Claudio: El socialismo del siglo XX, CEC, Los libros de El Nacional, Caracas, 2006.

SARTORI, Giovanni: ¿Qué es la democracia?, trad. Miguel Angel González R. y Mª Cristina Pestellini Laparelli S., Taurus, Madrid, 2003.


07 agosto 2006

La quimera socialista cubana (III)

Un desayuno frugal con dos rebanadas de pan medio agrio y un par de lonjas de queso rancio, jugo de naranja artificial y un café con leche agüado, pasando por alto la falta de mantequilla, pero no los uniformes azules un poco raídos en las mangas que usaban las meseras, ni los zapatos gastados del barman, que contrastaba con el traje azul oscuro, aparentemente nuevo, del esbelto moreno que fungía de portero en el hall del hotel con un enorme bloque de radio en la mano.
Una de las chicas preparaba mi sandwiche y al mismo tiempo conversaba con una de sus compañeras sobre una noche de baile en algún patio detrás de una escuela en la que fulanito le había pedido que se fuera a vivir con él. La muchacha no parecía muy decidida "porque su mamá es una fiera", según dijo. "Bueno, pero si te lo propuso, piénsalo", le sugirió la amiga antes de desaparecer empujando un cubo de basura.
Bajé por la calle de La Rampa hacia el malecón.
De lado a lado había carteles con consignas revolucionarias del tipo "Socialismo o muerte", "Cuba no se vende al imperialismo", "Nuestras armas: la conciencia y las ideas", donde hallé por lo menos media docena de vehículos aparcados. Un tipo de vehículos que nunca había visto más que en fotos. Eran los denominados "bicitaxis", una especie de triciclo construido artesanalmente a partir de una bicicleta, cuya rueda trasera es reemplazada por dos ruedas más grandes sobre las que va instalada una butaca horizontal, tapizada de plásico. Algunos bicitaxis tenían un medio techo. Yo elegí uno descapotable.
Mi bicitaxista se llamaba Daniel, un mulato como de treinta y pocos años, de mediana estatura, con facciones muy finas, nariz romana, cuerpo atlético y una sonrisa blanca de dientes bien alineados. Le pregunté si podía llevarme a donde yo quisiera y me respondió "Depende" desviando su vista hacia otro lado. Entendí que debía ser más sutil. Decidí dar un paseo por los lugares que él decidiera mostrarme, o sea, por donde se hace turismo en la ciudad. Y lo cierto es que valió la pena, porque La Habana es, a pesar de la revolución, una bella ciudad.
Mientras Daniel pedaleaba, yo, más que mirar, tragaba con los ojos cada palmo de calle, edificios, balcones, monumentos, consignas y rostros. Recorrimos un buen trecho a lo largo del Malecón antes de internarnos en el casco histórico. Pero ese trayecto fue impactante: en algunas esquinas, debajo de los edificios envejecidos y arruinados, cantidad de escombros, montículos de escombros, como si la noche anterior hubiesen bombardeado la ciudad y sólo faltara sacar los cadáveres que cualquiera podría presumir se hallaban tapiados bajo los innumerables trozos de bloques, hierros, piedras y basura. ¿Y esos escombros?, pregunté a Daniel. "Es que los edificios se han ido cayendo. Unos se caen solos, otros por los golpes de huracanes". "¿Y desde cuándo están ahí?", insistí. "Desde siempre", contestó mi conductor, mirándome de reojo. Después agregó: "Pero Francia y Canadá están ayudando a restaurar algunos..., como ese, fíjese ahí", y señaló hacia uno como de cinco pisos con un gran andamio y una malla verde en el frente.
Daniel pedaleaba rítmicamente. De vez en cuando hacía comentarios acerca de ciertos sitios, incluyendo aspectos de carácter histórico o bien alguna anécdota siempre relacionada con la revolución. Sus referencias a este hecho indefectiblemente comenzaban o terminaban con la frase "nuestro padre, Fidel".
De La Habana Vieja me impresionó su arquitectura colonial. En ese espacio de la ciudad los inmuebles lucen mejor conservados. Pero los nichos de la Catedral estaban vacíos, porque la revolución mandó a quitar las imágenes de apóstoles y santos cuando prohibió la libertad de cultos, y monjas y curas de diversas congregaciones debieron decidir entre salir de la Isla o aceptar las nuevas condiciones impuestas por el régimen en los años '60.
Aquí la gente no pierde la fe", aseguró Gregoria, una mujer de mediana edad que se me había acercado discretamente, cuando yo tomaba fotografías, para pedirme, en voz muy baja, un jabón. Mi sorpresa fue mayúscula porque habría esperado que la solicitud fuese de dinero o incluso de comida, pero ¡un jabón! "Lo siento, señora, no cargo jabones en el morral". Ella se pasó la mano por los labios indicándome que hablara más bajo. "Disculpe, ¿y un bombón?", insistió, refiriéndose a un chocolate. Hurgué en mi mochila, e imitando su discreción, saqué dos cocosettes que coloqué encima del pretil junto al que estábamos. "¿Usted es católica?", le pregunté. Me dijo que sí, que en su casa tenía las imégenes de la Virgen de la Regla, la de la Caridad del Cobre y la de Yemayá. Me contó que le habían salvado la vida a uno de sus nietos, y me sugirió que visitase la Iglesia de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba.
Al día siguiente, Daniel siguió pedaleando aquel triciclo bajo un sol de justicia que hacía deslizar gruesas líneas de sudor por sus sienes y espalda, goterones que dibujaban mapas en su camiseta color turquesa a medida que avanzábamos por las callejuelas del casco histórico, donde sobresalían balcones de hierro mohosos que daban la impresión de estar a punto de desplomarse, más edificios arruinados por el tiempo, ventanas con los cristales opacos, en su mayoría rotos, romanillas pálidas en las que faltaban tablillas, pero casi todos habitados.
Vi a varias personas en los balcones y a otras asomadas a las ventanas, simplemente mirando hacia la calle. "¿Qué había antes en estos edificios?", le pregunté a Daniel. "Siempre han sido viviendas, pero la mayoría fueron quedando vacías cuando los propietarios se fueron. Entonces nuestro padre Fidel se los dio al pueblo, a los que no tenían dónde vivir". "Pero los que no se fueron, se quedaron en sus casas, ¿no?" Daniel se detuvo un momento y se volvió para responderme: "Sí, los que no se fueron, se quedaron ahí. Mi mamá dice que estos apartamentos eran de los más bonitos de La Habana, porque vivía gente fina". "Pero no toda la gente fina se fue", repliqué. "Bueno, no toda, los que tenían cobres para irse, se fueron. Y en esos de allá -señaló hacia la otra acera- había oficinas de compañías, pero ahora vive gente ahí". "¿Y desde cuándo no pintan aquí?", quise saber. Daniel se sonrió y meneó la cabeza. "Es que estamos en periodo especial, no se puede gastar en esas cosas".
Al viejo pretexto del bloqueo norteamericano -que en realidad es un embargo-, se sumó en los '90 otro denominado periodo especial, eufemismo empleado por Fidel Castro para justificar, una vez más, la carencia de todo en la Isla. Pero en esta oportunidad el periodo especial correspondía a las consecuencias, sobre todo en el ámbito económico, que ha traído para Cuba el rompimiento del bloque socialista soviético, la caída del Muro de Berlín y el reconocimiento definitivo del fracaso del socialismo marxista-leninista. Cuba quedó sin los subsidios que le suministraba la URSS.Un fracaso estrepitoso del cual el dictador cubano ha hecho caso omiso.
Me pregunté si acaso Fidel se paseaba a escondidas por las calles de la ciudad y si se lamentaría de lo que hizo con ella en nombre de la revolución. En lo que hoy son espacios en ruinas, hubo en el pasado establecimientos comerciales en amplios locales y con grandes escaparates. De aquellos negocios decorados, elegantes y concurridos, sólo quedan algunos anuncios de zapaterías, sastrerías, boutiques, jugueterías, tiendas de equipos deportivos, joyerías, más boutiques, más zapaterías... totalmente saqueados y vacíos, llenos de mugre y telarañas, completamente abandonados, empañadas sus vitrinas, desprendidas sus puertas, arrancados hasta los tomacorrientes y bombillos. No me era difícil imaginar una época de dinamismo económico, de movimiento turístico, de intensa actividad comercial.
Ahora apenas había una carnicería con la cava vacía y un hombre de brazos cruzados sobre un taburete, una bodega con dos latas de manteca y un cartón de huevos, un lúgubre y desaseado botiquín donde un hombre entrado en años, arrugas y canas despachaba un trago de ron en un vasito de plástico, una librería con unos pocos cuadernos, una docena o dos de lápices y unas cuantas cartillas de primaria. Hasta uno de los cines tenía el letrero colgando de un tilín y al nombre le faltaban cuatro letras. Las que adiviné fueron hermosas e imponentes columnas, lucían ahora despintadas, sucias, con tajos partidos y agujeros que lo mismo pudieron ser hechos a punta de martillo o de balas. Apoyados en ellas, hombres, mujeres y jóvenes, como si llevaran en esa posición toda la vida, dejaban transcurrir el tiempo mirando a quienes pasaban por la calle, bromeando y charlando. También piropeando.
Vi sus rostros, quemados por el sol, vi sus ropas de colores vivos, mucha lycra y poliéster que marcaban la figura de las mujeres, mucha guayabera blanca y amarilla en los hombres, uno que otro bluejean en los más jóvenes, y pantaloncitos cortos en los niños que corrían sin camisa saltando baches. Pero sobre todo vi sus zapatos. La mayoría usaba cholas viejas, algunas remendadas, o sandalias de plataforma, casi todas gastadas, o zapatos viejos entre los que se colaban algunos pares de zapatillas deportivas de marca, relativamente nuevos, o un par de mocasines blancos. ¿Dónde compran la ropa y los zapatos?", indagué. "Nos dan un par de zapatos cada seis meses, pero uno se resuelve por ahí, ya sabe, si no, no alcanza". Los bermudas marrones de Daniel tenían flecos, porque habían salido de un pantalón largo recortado. Usaba unas cholas negras con las suelas de medio talón gastadas. Y así pedaleaba por el centro de La Habana su triciclo con butaca tapizada de rojo en la que iba yo sentada sin dejar de preguntarme qué carajo pasó aquí.
Seguimos en "el periplo del turista" por el Castillo de la Real Fuerza, la fortaleza más antigua de Cuba, el Puerto de La Habana con sus anécdotas de piratas y corsarios, el Cementerio de Colón, que es también una atracción turística porque sus tumbas y panteones son verdaderas obras de arte, especialmente barroco, y algunos tienen sus propias historias, como una con forma de pirámide cuyo huésped, que era arquitecto, diseñó para que fuese su eterna morada, o como la "tumba del amor" donde descansan los restos del matrimonio Margarita y Modesto.
Fuimos a ver la Plaza de Colón, el Palacio Presidencial -la fachada, claro-, la Plaza de la Revolución, el memorial a Martí con su escamado monolito, la imagen de Ernesto "Ché" Guevara -frente al cual me tomé una fotografía-, el Museo de la Revolución donde se halla expuesto, dentro de un rectángulo de vidrio, el Yate Granma, y otros escenarios de acceso permitido por donde circulaban más triciclos con parejas y grupos de extranjeros abordo que apuntaban con sus cámaras hacia todas partes.
Pero el turismo aquí es capitalismo puro", le dije a Daniel. Él hizo como si no me escuchó.
Cuando nos detuvimos en la famosa Bodeguita del Medio me tomé un mojito cubano y aproveché para conversar brevemente con un señor mayor, parado entre la barra y el biombo de madera con tablillas cruzadas que había en una de las puertas. El lugar estaba a tope de turistas y cubanos. Como pude, me ubiqué ante el mostrador y, a partir de un comentario suyo, empezamos nuestra plática. Al saber que era venezolana, me contó que había estado en Venezuela "cuando mandaba Pérez Jiménez", que había trabajado en una fábrica de vidrios en Puerto Cabello, que las mujeres venezolanas eran bellas, que él se había "ajuntado" con una maracucha "de carácter recio", que había visto una corrida de toros en el Nuevo Circo de Caracas, que se vivía bien en Venezuela, y muchos otros recuerdos que la nostalgia hizo que compartiera conmigo. También me dijo que "lo malo es que tienen mucho petróleo. Eso es lo malo".
Hablaba despacio y bajito, se reía con un jiji como de comiquita. Manoseaba todo el tiempo un habano larguísimo que nunca encendió. Tomaba sorbos cortitos, como si sólo probara la bebida, y constantemente miraba hacia los lados. Más de media hora después, en un tono menos divertido, mencionó a Chávez, recién electo presidente, a quien dijo haber visto un par de veces en La Habana el año anterior. "Ese Chávez es muy amigo de Cuba, le gusta venir aquí". Entonces se quedó callado, como dejándome el turno. Yo preferí referirme a un poema de Nicolás Guillén que, enmarcado en un cuadro, colgaba de una de las paredes del local. El viejo no le dio importancia a mi curiosidad. Quiso saber, en cambio, qué me parecía la Isla y, un poco más tarde, por qué había venido. "Vine a buscar la revolución". Miró hacia la calle, miró hacia el interior del local y llevándose el habano a la boca, preguntó: "¿Y ya la encontró?" Hasta ese momento no me lo había planteado tan a rajatabla. "No sé, como que todavía no", contesté. Le invité a un trago, que aceptó encantado. En el segundo o tercer sorbo le comenté que la Bodeguita estaba llena de turistas, que la mayoría eran europeos, que eso era bueno para la economía cubana, porque la Isla tenía muchos sitios interesantes, pero que no me parecía justo que hubiera discriminación, porque los turistas disfrutaban de todo y de nada los cubanos. "El turismo es un negocio -murmuró-, y en Cuba siempre lo fue". "Pero esta apertura es nueva", acoté. "Cambios en el sistema", dijo. Se metió el habano en el bolsillo de la camisa y escurrió el vaso. Antes de despedirse, repitió: "Cambios en el sistema. Ya verá". Me dio una palmadita en el hombro y se fue.
La frase me sonó a una advertencia.
Regresé al triciclo y continuamos el paseo hacia el barrio chino de La Habana. El sol reventaba sobre la ciudad. El calor era intenso. La negra piel de los hombros y espalda de Daniel brillaba bajo una capa de sudor. Los músculos de sus poderosas piernas se tensaban a ritmo de pedal en una pendiente que cualquier bicicleta normal habría superado sin mayor esfuerzo. Me sentí como una dama china de la novela El palanquín de las lágrimas.
Le propuse a Daniel que me llevara a algún restaurante para almorzar. Le dejé la elección del lugar. Me condujo a un paladar, especie de comedor casero con tres o cuatro mesas a lo sumo y un menú restringido, regentado por personas o familias, que deben pagar al gobierno más de lo que ganan por concepto de impuestos. Le convidé a comer, pero se excusó con una muy buena razón: "No está permitido". Me quedé de una pieza.
El paladar en el que entré tenía tres mesas y doce sillas, lo atendía un hombre alto y delgado llamado Gonzalo, de profesión dramaturgo, cuya esposa, Angela, era la cocinera, aunque había estudiado para ser bibliotecaria. El menú del día presentaba tres opciones: moros y cristianos con huevo, pescado y ensalada, carne de cerdo, boniato y ensalada. Me decidí por los moros y cristianos con huevo, y un refresco cuya marca en mi vida había probado. Pedí el plato de la segunda opción para llevársela a Daniel, que me esperaba con su triciclo en una esquina, tranquilamente sentado hablando con otro colega de oficio. Cuando le extendí la bolsa con comida, dudó antes de tomarla. Inmediatamente me pidió que la llevara en el asiento hasta cuando me dejara en el hotel. "¿Y no tienes hambre? -le pregunté. Llevas todo el día pedaleando". Con una hermosa sonrisa blanca admitió que estaba hambriento, "pero si me ven comiendo pueden llamarme la atención". Cuando llamar la atención equivale a un castigo mucho más severo que un regaño o una multa, nadie en su sano juicio se atreve a correr el riesgo, ni siquiera por hambre.
Me agradeció el gesto y, por primera vez, percibí que empezaba a sentir un poco de confianza. Sucedió cuando me preguntó cómo era la vida en Venezuela. No fue una pregunta trivial formulada por mera curiosidad o cortesía. Había una inquietud en ella, una necesidad de saber algo que quizá él imaginaba, o de corroborar alguna información de la que tenía poca certeza.
"¿Qué quieres saber?" Pensó un instante antes de expresarlo: "¿Se vive bien allá? ¿Se gana dinero?" El trayecto de regreso al hotel lo hicimos a pedal lento, mientras entre ambos fluía un diálogo en el que Daniel hacía las preguntas y yo proveía las respuestas.

02 agosto 2006

La quimera socialista cubana (II)

Viajé a Cuba en abril de 1999. Fui a buscar la revolución, la última y la más próxima en el tiempo y el espacio. Fue como ir en busca de todas las revoluciones, francesa, bolchevique, china, irlandesa..., porque todas las revoluciones se parecen. Tenía la certeza de que en cuanto llegase a la Isla sería capaz de reconocer en ella la calva de Lenin, los mofletes de Mao, las gafas de Fidel, la boina del Ché, la sonrisa de Camilo, que encontraría a Hemingway bebiendo en La Bodeguita del Medio y a García Márquez buscando un Macondo en Matanzas.
La revolución es una tentación que sólo atrae desde la adolescencia. No conozco a nadie que se haya vuelto revolucionario después de grande. La revolución nace con los primeros sueños, sobre todo cuando lo que se quiere es cambiar el mundo. Y al mundo no lo cambian quienes están conformes con lo que hay, sino quienes se sienten desubicados e inconformes. Un error es creer que son esas las únicas condiciones necesarias para ser revolucionario. Otro error es creer que los revolucionarios sólo pueden ser socialistas o comunistas. Pero de esto último me percaté mucho -pero mucho- más tarde.
Antes de que tal cosa ocurriera, yo viví mi adolescencia entre la poesía de Neruda y la historia de la revolución bolchevique, usaba una franela dos tallas más grandes con el enorme rostro del Ché, garabateaba versos debajo de una escalera y reorganizaba el mundo a mi manera, es decir, a la manera del socialismo de librito, en un cuaderno cuadriculado.
Así que mientras iba en el avión, llevaba conmigo Los versos del capitán y releía: "En plena guerra te llevó la vida a ser el amor del soldado/...Ven acá, vagabunda, ven a beber sobre mi pecho rojo rocío/No querías saber dónde andabas, eras la compañera de baile, no tenías partido ni patria/Y ahora a mi lado caminando ves que conmigo va la vida y que detrás está la muerte/...Tienes que andar sobre las espinas dejando gotitas de sangre/Bésame de nuevo, querida./Limpia ese fusil, camarada".
Cuando salí del aereopuerto José Martí hacia la ciudad de La Habana era la 1:30 de la madrugada. Mi primera impresión fue lo que pude ver a través de la ventana del autopullman, en medio de la penumbra apenas iluminada por las altas farolas: una larga y desierta avenida sin baches, y, a ambos lados de ésta, galpones abandonados, completamente en ruinas, con los cristales rotos, sin puertas ni techos. Sentí por un instante la necesidad de subir nuevamente al avión. ¿Qué carajo pasó aquí?, me preguntaba una y otra vez.
Me hospedé en el hotel Habana Trip Libre en el barrio de El Vedado. Una habitación amplia con dos camas y un cuarto de baño recién remodelado. Una ancha cortina de tonos pasteles cubría el gran ventanal detrás del cual yo suponía estaba el mar. Preferí posponer la vista para la mañana siguiente. Quería contemplarlo todo a la luz del día, bajo el radiante sol tropical que me permitiera absorber los más bellos colores de la Isla.
Había también un televisor a color. Encendí el aparato y aparecieron, canal tras canal, imágenes en blanco y negro de una película soviética, de Fidel Castro recorriendo un mercado, de un documental sobre la naturaleza, de otro documental sobre geografía, de otro documental sobre literatura, de Fidel Castro visitando un hospital... Apagué el televisor, me di una ducha (me enjaboné con un jaboncito suizo) y subí al último piso del hotel donde algunas personas bailaban al ritmo de un merengue de Fernando Villalona. La barra estaba inmediatamente después de la entrada, la pista se situaba casi al fondo, justo enfrente de un pequeño escenario. A través del semicírculo abierto del techo se veía un cielo intensamente azul lleno de estrellas. Pedí un cubalibre que me costó $3. Después del primer sorbo me acostumbré a la media luz y pude distinguir las fisonomías de los presentes. Cubanos en guayabera atendiendo la portería, la barra y las mesas. Extranjeros con guayaberas exóticas y vestidos camiseros divirtiéndose a sus anchas, con servicio de botellas de ron, whisky y vodka en las mesas, como en cualquier discoteca del mundo. ¿Realmente estaba en Cuba?
Al día siguiente me desperté como a las nueve de la mañana y lo primero que pensé fue en correr las cortinas para mirar a través del ventanal. Guardaba desde hacía años una postal de La Habana que encontré dentro de un libro en la biblioteca de mi colegio, cuando estudiaba bachillerato. La postal era en blanco y negro, pero mostraba un paisaje hermoso de la ciudad con el mar al fondo. Estaba segura que al correr las cortinas vería algo similar a esa postal. Cerré los ojos y retiré la cortina despacio, pensando que estaba justo en el lugar donde cuarenta años atrás había ocurrido una revolución que todavía era una inspiración para gentes y pueblos, que aún marcaba una tendencia, que aún levantaba ronchas, que esto y aquello y lo de más allá...
Pero, cuando abrí los ojos, más allá todo era gris. El cielo estaba encapotado, el mar era una inmensidad azul encanecida y solitaria, las terrazas estaban llenas de cosas viejas, desde sillas rotas, cajas vacías, esqueletos de bicicleta, hasta bolsas curtidas, las paredes de los edificios se veían descascaradas, despintadas, curtidas, parecían desmoronarse solas. Una maraña de cables surgía sin principio ni fin de los postes de luz, una sucesión de antenas de televisión hechas con ganchos y ventiladores se tambaleaban con la brisa. Parecía un pedazo de pueblo fantasma, abandonado, envejecido, silencioso. No sé cuánto tiempo estuve ahí, mirando aquel escenario y preguntándome qué carajo pasó aquí, qué hizo la revolución.
La prosa de Blas de Otero me sonó ajena como nunca: "Cuando la revolución abre las puertas al pueblo (digamos cuando el pueblo pone en marcha una revolución)... Y sucedió que una de ellas, acaso la más bella y amarga, arrancó los carteles y los monopolios que cubrían sus campos con un sudario amarillo de mil millones de dólares. Exportó a sus explotadores y saludó a los americanos, vocablo liberado también del monopolio del Norte".
¡Bella! Como para discutirlo en alguna cafetería de París. ¡Amarga! Eso lo averiguaría más tarde. El sudario amarillo sí estaba ahí, frente a mis ojos, pero no valía ni siquiera un peso cubano. ¡Americanos! ¡Vocablo liberado! ¿Dónde más lo había oído o leído? Pero lo que era cierto es que la revolución abrió las puertas al pueblo. Sí, yo vi puertas abiertas y ventanas abiertas por donde la gente entraba y salía, pero porque ya no había puertas ni ventanas. Como vi terrazas sucias, paredes mohosas, tejados remendados con cartones, como vi harapos colgados de cuerdas y varillas, secándose al sol. ¿Para eso se hizo la revolución?
Después de escribir, casi al compás de mis pensamientos, media docena de páginas en mi libreta de viaje que luego me costó trabajo descifrar, decidí que era hora de empezar mi recorrido por La Habana. Sentía la necesidad de mirar, de preguntar, de descubrir, de saber más acerca de todo lo que había sucedido desde 1950 hasta entonces. ¿Cómo haría para cubrir cuarenta años en apenas dos semanas? No tenía idea, pero sabía que en cuanto pisara la calle el instinto me conduciría hacia lo que buscaba.

Continuará...


01 agosto 2006

La quimera socialista cubana (I)

A escasas horas, o días, o semanas del fin de una historia que cuenta ya 47 años en el calendario del pueblo cubano, La pluma liberal ha preparado una sinopsis sobre lo que ha sido una quimera de la versión caribeña del socialismo en Cuba.


Fidel Alejandro Castro Ruz (Birán, 13 de agosto de 1926)




1950: Se gradúa de abogado en la Universidad de La Habana.
1953: El 26 de julio, junto a sus compañeros de armas, intenta el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba que resulta en fracaso con varios muertos y otros detenidos, Fidel entre éstos. Durante el juicio, pronuncia su apología "La historia me absolverá". Es sentenciado a 15 años de prisión en la Isla de Pinos.
1955: Se le concede la amnistía, pese al voto salvado de su cuñado Dr. Rafael Díaz-Balart.

La advertencia que nadie escuchó

Sale hacia el exilio en México, donde conocerá al argentino Ernesto Guevara.
1956: El 2 de diciembre, acompañado por 81 hombres armados, entre ellos su hermano Raúl Castro Ruz y Ernesto "Ché" Guevara, regresa a Cuba a bordo del yate Granma dispuestos a derrocar el gobierno de Fulgencio Batista, pero son repelidos por el ejército en Alegría del Pío. Decide entonces reorganizar la guerrilla en la Sierra Maestra.
1959: El 8 de enero, después de 2 años de actividades guerrilleras, entra en La Habana encabezando la marcha triunfal de los "barbudos". El 16 de febrero asume el poder como Primer Ministro.
1961: Declara públicamente el carácter socialista de la revolución cubana.
2006: El 31 de julio un vocero del gobierno cubano hace el anuncio oficial de que Fidel Castro, por razones de salud, delega "provisionalmente" el poder en su hermano Raúl Castro Ruz.


La advertencia que nadie escuchó

...Bien vale también para nosotros


Discurso pronunciado en la Cámara de Representantes de la República de Cuba en mayo del año 1955 por el Dr. Rafael L. Díaz-Balart, en ese momento el líder de la mayoría y presidente del comité parlamentario de la mayoría en la Cámara, contra la ley que amnistió a Fidel Castro y demás asaltantes al cuartel Moncada, cuando habían cumplido solamente dos años de cárcel y después de haber sido condenados por un tribunal civil. Castro había recibido una condena de 15 años.

La Amnistía (1955) Por Rafael Díaz-Balart

Señor Presidente y Señores Representantes:

He pedido la palabra para explicar mi voto, porque deseo hacer constar ante mis compañeros legisladores, ante el pueblo de Cuba y ante la historia, mi opinión y mi actitud en relación con la amnistía que esta Cámara acaba de aprobar y contra la cual me he manifestado tan reiterada y enérgicamente.

No me han convencido en lo más mínimo los argumentos de la casi totalidad de esta Cámara a favor de esa amnistía. Que quede bien claro que soy partidario decidido de toda medida a favor de la paz y la fraternidad entre todos los cubanos, de cualquier partido político o de ningún partido, partidarios o adversarios del gobierno. Y en ese espíritu sería igualmente partidario de esta amnistía o de cualquier otra amnistía. Pero una amnistía debe ser un instrumento de pacificación y de fraternidad, debe formar parte de un proceso de desarme moral de las pasiones y de los odios, debe ser una pieza en el engranaje de unas reglas de juego bien definidas, aceptadas directa o indirectamente por los distintos protagonistas del proceso que se esté viviendo en una nación. Y esta amnistía que acabamos de votar desgraciadamente es todo lo contrario. Fidel Castro y su grupo han declarado reiterada y airadamente, desde la cómoda cárcel en que se encuentran, que solamente saldrán de esa cárcel para continuar preparando nuevos hechos violentos, para continuar utilizando todos los medios en la búsqueda del poder total a que aspiran. Se han negado a participar en todo proceso de pacificación y amenazan por igual a los miembros del gobierno que a los de oposición que deseen caminos de paz, que trabajen a favor de soluciones electorales y democráticas, que pongan en manos del pueblo cubano la solución del actual drama que vive nuestra patria.

Ellos no quieren paz. No quieren solución nacional de tipo alguno, no quieren democracia ni elecciones ni confraternidad. Fidel Castro y su grupo solamente quieren una cosa: el poder, pero el poder total, que les permita destruir definitivamente todo vestigio de Constitución y de ley en Cuba, para instaurar la más cruel, la más bárbara tiranía, una tiranía que enseñaría al pueblo el verdadero significado de lo que es tiranía, un régimen totalitario, inescrupuloso, ladrón y asesino que sería muy difícil de derrocar por lo menos en veinte años. Porque Fidel Castro no es más que un psicópata fascista, que solamente podría pactar desde el poder con las fuerzas del Comunismo Internacional, porque ya el fascismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, y solamente el comunismo le daría a Fidel el ropaje pseudo-ideológico para asesinar, robar, violar impunemente todos los derechos y para destruir en forma definitiva todo el acervo espiritual, histórico, moral y jurídico de nuestra República.

Desgraciadamente hay quienes, desde nuestro propio gobierno tampoco desean soluciones democráticas y electorales, porque saben que no pueden ser electos ni concejales en el más pequeño de nuestros municipios.

Pero no quiero cansar más a mis compañeros representantes. La opinión pública del país ha sido movilizada a favor de esta amnistía. Y los principales jerarcas de nuestro gobierno no han tenido la claridad y la firmeza necesarias para ver y decidir lo más conveniente al Presidente, al Gobierno y, sobre todo, a Cuba. Creo que están haciéndole un flaco servicio al Presidente Batista, sus Ministros y consejeros que no han sabido mantenerse firmes frente a las presiones de la prensa, la radio y la televisión. Creo que esta amnistía tan imprudentemente aprobada, traerá días, muchos días de luto, de dolor, de sangre y de miseria al pueblo cubano, aunque ese propio pueblo no lo vea así en estos momentos.

Pido a Dios que la mayoría de ese pueblo y la mayoría de mis compañeros Representantes aquí presentes, sean los que tengan la razón.

Pido a Dios que sea yo el que esté equivocado.

Por Cuba.

(Este documento le fue suministrado a Arnoldo Aguila por el Representante de la Cámara del Congreso de los Estados Unidos de América, Lincoln Díaz-Balart, hijo de Rafael Díaz Balart. En aquella época, como Rafael Díaz Balart era cuñado de Fidel Castro, muchos creyeron que había consideraciones personales involucradas en este discurso excepcionalmente lúcido, cuando lo que había era un conocimiento cabal del personaje, pues Fidel incluso le había solicitado que lo introdujera con el General Batista, antes de que éste diera el golpe de estado.)