31 octubre 2013

Un lunes cualquiera


Son las 5:15 de la mañana de un lunes de trabajo como cualquier otro. En la parada del Metrobús ya hay treinta personas en fila. Todavía está oscuro, pero las calles empiezan a llenarse, poco a poco, de sonidos de motores en marcha. Tomo el primer café del día mientras observo cómo el cielo cambia sus tonos desde el negro cerrado de la noche hacia los matices de un azul todavía indefinido. A las 5:30 en punto el transporte se detiene y los pasajeros, que ya son más de cincuenta, suben y se acomodan. Cuando el largo autobús de color verde arranca, en la parada permanecen siete personas. Para entonces, el techo de la ciudad se ha pintado de azul lila, el Ávila se ha desperezado y yo me sirvo la segunda taza de café, deseando que la tranquilidad del alba se prolongue durante toda la jornada.

No será así, lo sé de sobra. Ya es una rareza que a esta hora algún conductor no haya tocado su bocina, o que algún autobusete no haya pasado por la calle dejando una estela de música a todo volumen. Me conecto a la Internet para dar un vistazo a los diarios digitales. Las noticias me devuelven a la cotidianidad de la que todos quisiéramos huir. "En Venezuela ocurrieron 200 mil asesinatos durante los últimos 14 años". "Van 454 cuerpos ingresados a Bello Monte durante octubre". Todos los ruidos de esta urbe enloquecida no alcanzan a apagar los gritos de dolor e impotencia. No me conformo. Busco una noticia buena, una que sea capaz de opacar con su belleza las fealdades de esta realidad. Consigo algunas en la sección deportiva, pero no son suficientes.

A las 6:35 de la mañana, la luz que iluminó los lienzos de Reverón se desparrama, dorada y tibia, sobre Caracas. En la parada, casi un centenar de personas espera el siguiente Metrobús para ir a sus sitios de trabajo, a sus escuelas y a sus universidades, para hacer las diligencias del día y las colas frente a los supermercados. Miro a toda esa gente y me pregunto si todos volverán ilesos a sus casas esta tarde. Supongo que se habrán encomendado a Dios antes de salir. La fe es lo único que nos queda cuando se vive en el más completo desamparo, pero ni siquiera la fe nos salva de la maldad. "Robaron a feligreses durante una misa en Valencia".

29 agosto 2013

El secreto mejor guardado del Caribe



Un eslogan perfecto para despertar la curiosidad y el interés es el que promociona(ba) a Venezuela como destino turístico ideal: "Venezuela, el secreto mejor guardado del Caribe". No hay quien se resista a conocer un secreto, pero según el Índice de Competitividad en Viajes y Turismo de 2013, elaborado por el World Economic Forum, Venezuela está en el lugar 113 en la clasificación mundial de 140 países, con 3,41 puntos en una escala del 0 al 7, muy lejos de Suiza, Alemania y Austria, que ocupan los tres primeros lugares.

Los factores que determinan las condiciones de cada país en materia de políticas y regulaciones, seguridad y protección, salud e higiene, infraestructura de transporte aéreo y terrestre, infraestructura turística, tecnología comunicacional, competitividad de precios, recursos humanos, naturales y culturales, y la priorización de viajes y turismo, arrojan resultados negativos para nuestro país. No podría ser de otro modo, considerando el proceso de destrucción progresiva, en lo material y en lo moral, durante los últimos catorce años.

Hace tres semanas conocí a una profesora francesa que las ha pasado canutas desde su llegada. Apenas pisó suelo venezolano, se dio cuenta de que su maleta ya no tenía el candado que le había puesto y le faltaban algunas pertenencias. Quiso alquilar un pequeño apartamento, y la agencia inmobiliaria le ofreció uno que estaba en pésimas condiciones, con colchones manchados por la humedad, paredes, ventanas y espejos rotos, cables colgando encima de la bañera, muebles asquerosos, un arrume de corotos en las esquinas y mucha suciedad en todas partes, nada menos que por treinta mil bolívares. Intentó abrir una cuenta bancaria, y le exigieron tantos requisitos que debió desistir. Quiso retirar dinero de un cajero electrónico con su tarjeta de débito francesa y, por supuesto, no pudo hacerlo. Cuando le expliqué el rollo del control de cambio, su expresión era de portada. Fue a una tienda de computación para que repararan una falla en su laptop, y en el proceso le volaron la data del equipo. Fue a una oficina de Ipostel a retirar una caja de libros que ella misma envió antes de partir hacia acá, y lo que apareció fue una bola de cartón envuelta en un kilómetro de cinta de embalaje, que no le entregaron porque, según el funcionario de Ipostel, no tenía remitente ni destinatario.

El viacrucis a Ipostel durante dos días seguidos, sin éxito aún, rebasó su capacidad de comprensión y su paciencia. La pobre mujer lloraba desesperada, sin poder entender qué sucede en este país, donde todo le ha resultado tan extremadamente complicado, donde las personas mienten sin que se les mueva un músculo de la cara, donde no se puede caminar de noche por las calles, ni llevar dinero en la cartera, ni cambiar 100 dólares en un banco.

El secreto mejor guardado del Caribe no es Venezuela y sus bellezas naturales, sus tradiciones, su gastronomía y su cultura, sino las cuentas en divisas extranjeras de un montón de gente bien enchufada en el régimen espurio, que además utiliza la Asamblea Nacional para imponer leyes que castigan la mala conducta de unos pocos, en vez de legislar para garantizar las libertades y los derechos de todos.

Este fin de semana, la francesa decide si se queda por el tiempo que pensaba estar aquí, o si coge sus macundales y se va.

09 mayo 2012

Caracas, inhóspita y hostil

Ha desatado una enconada polémica el video "Caracas, ciudad de despedidas", en el que aparecen unos cuantos jóvenes, supuestamente de cierta posición social, expresando sus opiniones sobre la ciudad y sus sentimientos encontrados respecto de ésta. Su lenguaje es una jerigonza plagada de modismos, anglicismos, muletillas y groserías, que pone en evidencia un vocabulario paupérrimo, una escasa cultura, serias dificultades para hilar las palabras y formar oraciones completas al ritmo del pensamiento, y una actitud negativa, rayana en el fatalismo.

No obstante, si se mira más allá de las imágenes y se escucha en el trasfondo de las desarticuladas expresiones, encontramos la realidad de una sociedad aterrorizada por lo que ya es rutina. En Caracas sobreviven, a duras penas, casi 6 millones de habitantes que cada día son menos, en la medida en que aumenta la población en los cementerios de la ciudad.

Los muchachos entrevistados en el video tienen planes de emigrar, y piensan en ello como una forma de darse a sí mismos la oportunidad de cambiar de ambiente, de mejorar su calidad de vida, de realizar sus sueños, de librarse del miedo o de aprender a vivir sin miedo. Ellos, como el resto de los venezolanos, quieren-necesitan-buscan alejarse de la violencia, del resentimiento, del odio, de la discriminación política, de la exclusión social, de las trabas burocráticas, de las limitaciones creativas, de los disvalores, de la corrupción, de la arbitrariedad.

¿Qué se ve en esas imágenes? Un grupo de veinteañeros encerrados en sus burbujas, rumbeando dentro de sus casas, tal como lo hacemos casi todos los venezolanos, extremadamente paranoicos, encerrados también en nuestras propias burbujas enrejadas, cercadas por concertinas eléctricas, conectadas a sistemas de alarma. ¿Qué dicen esos muchachos? Lo mismo que decimos casi todos los venezolanos, hartos de la inseguridad, de los pleitos, de los abusos, de la agresividad colectiva.        

¿Acaso tú y yo no estamos cansados de vivir en ciudades inhóspitas y hostiles dentro de un país inhóspito y hostil, donde "Todos los días te estás arriesgando de una manera brutal a que te pase algo que no quieres que te pase, como un robo o un secuestro", porque "ya esto está podrido, los mismos policías ni sirven" y esa situación nos hace pensar, aunque no lo digamos en voz alta, "Mi vida es como un horror"?

¿Acaso no es verdad que "Caracas [o el país] parece que estuviera siempre en construcción y es mentira", donde todo se inunda y se desborda, "porque llueve y no hay buenas alcantarillas" y que "es como la mezcla de muchas burbujas y cada quien está metida en una de ellas"?

¿Acaso tú y yo no sentimos también que lo nuestro con Caracas o con el país "es una relación de amor-odio", porque "Caracas [o el país] es como que estamos enamorados, pero no podemos estar juntos" y esa sensación nos deja "como un vacío de vivir en mi ciudad, [pues] siento que no he vivido mi ciudad como cualquier otro joven de 21 años en otra ciudad"?

¿Acaso tú y yo no hemos dicho alguna vez "Yo cambiaría de fondo la educación, a mi me parece que es lo prioritario"?

¿Acaso tú y yo no hemos llegado a la penosa conclusión de que la violencia a la que tanto tememos y la hostilidad con que nos comportamos "Es un desorden mental que tienen los venezolanos, que yo creo que esa es la personalidad de acá, la mayor característica", no de toda la vida, sino desde hace treinta, veinte o quince años atrás?

¿Acaso tú y yo no sabemos que "lo que más necesitas es pertenecer, y cuando sientes que no perteneces a un lugar, no tienes como el punto de partida para hacer las cosa" y esa impresión nos causa un profundo dolor, porque significa que se nos ha descosido el sentido de identidad?

¿Acaso tú y yo no desearíamos "poder salir a las tres de la mañana, tranquilo[s]" por Caracas o por cualquier otra ciudad del país, y emprender nuevos proyectos de estudio, de trabajo o de vida, pero no nos atrevemos a hacerlo, "porque todo aquí es tan complicado"?

¿Acaso no es verdad que no queremos irnos a ninguna parte, pero que con frecuencia nos planteamos la posibilidad de elaborar un "plan B", que incluye alzar el vuelo hacia otro destino, aunque probablemente no lo hagamos? ¿Acaso nunca hemos dicho, en un momento de enojo, de frustración o de contrariedad, una palabra ofensiva contra nuestro país?

Entonces, no seamos hipócritas, no pequemos de patrioteros o de falsos nacionalistas, no cometamos la estupidez de intentar defender lo indefendible, por mucho que nos duela la situación de nuestro país. Caracas es un caos. Las ciudades y los pueblos del interior del país son monumentos a la desidia gubernamental y a la indiferencia colectiva. Venezuela toda es un desastre, desde su destartalada infraestructura hasta sus confundidos y agresivos habitantes. Estos problemas son nuestros, y si queremos vivir de otra manera, antes tenemos que solucionarlos. Los que quieran marcharse, que se vayan. No tenemos derecho a criticarlos. Quienes quieran permanecer aquí, que se queden, pero que arrimen el hombro para trabajar todos juntos en la construcción del país donde queremos vivir con seguridad y en libertad.

P.D. A los jóvenes que protagonizan este video les deseo muy buena suerte en su aventura viajera, y espero que adonde quiera que vayan, por lo menos aprendan a expresarse mejor, ya sea en español o en cualquier otro idioma. "Me iría demasiado" ha sido demasiado para mi.  


12 marzo 2012

Los niños y las armas

Hace un par de semanas, en una escuela de Ontario, Canadá, el padre de una niña de 4 años de edad fue arrestado porque su pequeña, durante una tarea de dibujo libre, dibujó una pistola. Lo que sigue es una historia que debería entrar en la serie "Aunque usted no lo crea" de Ripley, y que el lector puede ver aquí con lujo de detalles.

A los niños les impresionan las armas tanto como a los adultos que no estamos familiarizados con ellas, pero la maestra de Nevaeh Sansone, más que impresionada, quedó alarmada, y transmitió su nerviosismo e inquietud al Director de la escuela, que alarmado también, en vez de llamar en primer lugar a los padres de la criatura, llamó a un asistente del Departamento de Servicios de Familia e Infancia del municipio, quien a su vez llamó a la policía. De ahí en adelante, la situación pasó de ser alarmante a paranoica.

En nuestro país, que un niño dibuje una pistola es lo de menos, porque lo verdaderamente grave es que la tenga, la exhiba y además la use. De hecho, en Venezuela hay niños que sí están familiarizados con las armas, al punto de considerarlas parte de sí mismos, mucho más de lo que consideran a sus propios familiares. El problema consiste, básicamente, en los cambios radicales que ha experimentado nuestra sociedad respecto de los valores.

Cuando se vive en medio del desorden y la violencia, el individuo desarrolla cierta tolerancia hacia las situaciones extremas que no puede evitar ni controlar. ¿Cómo podría uno de nuestros niños evitar que los desadaptados que le rodean jueguen frente a él con sus pistolas, o que los disparos perturben su sueño, sus juegos infantiles y sus tareas, o que un enfrentamiento entre bandas de delincuentes le haga retroceder a toda carrera cuando se dirige a su casa? ¿Cómo puede uno de nuestros niños controlar la impresión que le causa ser testigo de las amenazas que reciben sus vecinos de los malandros del barrio, o de los robos, asaltos y asesinatos que éstos cometen, o del tráfico de armas y drogas que cunde a su alrededor?

La pequeña Nevaeh dibujó una pistola, y con una ingenuidad absolutamente genuina, le dijo a la maestra que era la pistola que su papá tenía para "matar monstruos y hombres malos". En su imaginación, su papá es un héroe como el de las comiquitas de la televisión o como el de las películas de acción, y todos los héroes, a lo largo de la Historia y en todas las historias, sean reales o ficticias, tienen armas para combatir contra "los monstruos y hombres malos". Se entiende que si no las tuvieran, les sería imposible derrotarlos.

El miedo que sentimos los seres humanos a cualquier manifestación de violencia en nuestra contra, desde una amenaza o un insulto hasta una agresión física, se justifica hoy más que nunca, precisamente porque ya no son los monstruos y los hombres malos los únicos de los que debemos defendernos, sino de los disvalores, la indiferencia y la impunidad que refuerzan un estilo de vida completamente opuesto al respeto a la vida, a la propiedad privada y a la libertad.

Quizás en Canadá sea impensable un escenario de violencia extrema como el que existe hoy en Venezuela, y por eso la maestra de Nevaeh Sansone, el Director de la escuela, el asistente de Servicios de Familia e Infancia y la policía se alarmaron y actuaron impulsados por el pánico, dispuestos incluso a violar los derechos fundamentales de los padres de la niña con tal de evitar una desgracia, con tal de controlar la mínima posibilidad de que se produjera un acto delictivo capaz de causar desorden y de poner en riesgo la vida y la seguridad de los habitantes de Kitchener.

No hay duda de que la acción policial excedió los límites del procedimiento, pero visto y analizado el asunto desde este lado del mapa, donde los excesos de la mayoría de las autoridades persiguen otros fines muy distintos de la preservación de la vida y la seguridad de los ciudadanos, no parece que deba considerarse exagerado cualquier medio que sirva para evitar un daño irreparable.   

24 octubre 2010

Venezuela es una cola

Decenas y hasta cientos de personas alineadas en fila o amontonadas desordenadamente es ya una imagen típica de la Caracas actual. La capital de Venezuela tiene más habitantes de los que puede albergar. Si a esto se agrega la cantidad de gente en tránsito que viene a la ciudad a hacer alguna diligencia, el problema se complica mucho más.

Se piensa que los caraqueños -y, por extensión, los venezolanos- nos hemos habituado a formar parte de una cola y que entramos en ella con conocimiento de causa, es decir, sabiendo lo que nos espera, eufemismo de una fórmula inversa equivalente a cuánto debemos esperar. Y se piensa, además, que el hábito adquirido nos ha entrenado en el autocontrol para manejar los excesos de impaciencia, intolerancia e indignación. ¡Nada más falso! Si nos hubiésemos acostumbrado a sufrir cada cola que hacemos, no nos habríamos transformado en los seres desesperados y agresivos que somos.



Cola en los hospitales



Cola para cobrar la pensión



Cola para comprar alimentos



Cola para pagar servicios públicos



Cola en las autopistas



Cola en las paradas del autobús



Cola en las paradas del Metrobús



Cola en las estaciones del Metro



Cola para entrar al stadium



Cola en el aeropuerto