20 diciembre 2012

El árbol democrático

Foto de Jay Govind

¿Cómo habría que formular la pregunta que genera tantas y tan disímiles opiniones? ¿Por qué gano Chávez? ¿Por qué perdió la oposición? Debe de haber más de una manera de explicar lo que sucede en la conciencia de los venezolanos antes de acudir al centro de votación y en el momento preciso de ejercer el voto.
El resultado de la elección presidencial del 7 de octubre de 2012 dejó al descubierto una realidad político-social imposible de eludir, pero las elecciones regionales del 16 de diciembre de 2012 confirmaron que esa realidad está hecha de vicios. El problema, entonces, no es político, ni económico, ni social; el problema es moral. ¿Se estarán pudriendo las raíces de nuestro árbol democrático?

¿Cuál es la mayor fortaleza de Hugo Chávez?
La verdadera fortaleza de Chávez es él mismo. Después de casi cinco lustros en el poder, Chávez ya no se ve a sí mismo como una persona, sino como un personaje, y es así como lo ve también la mayoría de la sociedad venezolana, incluso desde algunos sectores de la oposición. Un personaje que está convencido de que debe realizar una misión heroica y cuyo fin último es abrirse lugar en una página de la Historia.

Enfocado en esa meta, Chávez se ha ocupado durante años en delinear las características de su personaje, que es, además, indiscutiblemente humano, dado que conserva sus rasgos naturales. Un individuo con cualidades y defectos, con pasiones y aversiones, compasivo en el amor, irreductible en el odio, con estados de ánimo variables, sin reparo para mostrarse colérico y soez cuando está alterado, o apesadumbrado y lloroso cuando está deprimido. De modo que Chávez aparece ante el país como alguien común y corriente, sobre todo porque despliega sus emociones, cuando lo políticamente correcto es que un gobernante sepa controlarlas en público.

La empatía entre Chávez y la mayoría de los venezolanos radica en que éstos lo consideran uno de los suyos. Él se parece en casi todo a la mayoría de la gente que lo apoya, ya sea porque se comporta como ellos, ya sea porque comparte sus debilidades, ya sea porque los mima o los regaña en el tono y con el lenguaje que ellos entienden, ya sea porque se hace el desentendido frente a la corrupción que, como suele suceder, beneficia más a unos y menos a otros. Quizá por eso le perdonan y justifican sus equivocaciones, que prefieren endosar a sus ministros, gobernadores y alcaldes. Chávez les agrada, les cae bien, les inspira confianza, les llama por sus nombres, les echa chistes, les cuenta cosas de su vida, les hace partícipe de su rutina familiar, y les habla de sus planes de gobierno con la misma fanfarria que emplearía cualquier vecino al comentar su idea de montar una bodega.

¿Por qué la mayoría votó por Chávez?
Dado que los electores no constituyen grupos homogéneos, conviene establecer ciertas categorías del voto, con el fin de explicar de algún modo razonable cómo entiendo que funciona el proceso de elegir a un candidato o de no elegir ninguno. Sin ánimo de adjudicarme el rol de sociólogo ni de psicólogo político, he elaborado cuatro categorías en las cuales encuadrar a la población electoral en general, que aplicaría igual en todos los casos, es decir, tanto para quienes votaron por Chávez como para quienes votaron por Capriles o por algún otro.

a) Voto estimulado
Llamo voto estimulado el que resulta de una decisión electoral basada en un estímulo emocional o racional, positivo (recompensa, beneficio) o negativo (pérdida, castigo).
En esta categoría incluyo a los electores que se identifican con Chávez, los que están convencidos de que él los toma en cuenta, los entiende, se interesa por sus problemas y conoce sus necesidades, los que tienen sembrada su esperanza en él y confían en sus promesas. Se trata de un vínculo personal y cuasi religioso en el que la ideología es un factor con poca o ninguna relevancia y la revolución no es más que un modo de cambiar el orden de las cosas. Son los que esperan pacientemente su turno en el sorteo de los beneficios procedentes de las Misiones y otros programas sociales. Son, también, los que no reconocen los errores de Chávez, los que no se atreven a criticarlo y tampoco admiten que otros lo critiquen. Son los chavistas de corazón, aman a su líder, rezan por su salud, lloran por sus padecimientos y creen devotamente en él, tal cual quedó evidenciado hace algunos años en aquel eslogan «Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo».

b) Voto militante
Denomino voto militante el que obedece a un proceso racional que define los principios, creencias y convicciones (morales, políticos, religiosos, etc.) afianzados en el individuo de tal manera que lo dirigen en todos los aspectos de su vida. En esta categoría incluyo a los electores que adhieren a las ideas políticas que propugna Chávez, ya sea porque militaron o militan actualmente en algún partido tradicional de izquierda, ya sea porque se han formado en la militancia del PSUV o de alguno de sus partidos satélites. A este grupo pertenecen los socialistas y comunistas que divulgan con encendida radicalidad las ideas de Marx, Lenin y el Ché Guevara, los utopistas y los idealistas de la nueva izquierda, los que anhelan realizar la revolución al estilo soviético, chino o cubano, los que están dispuestos a tomar las armas y piensan que se debe armar al pueblo para defender esta revolución. En fin, los chavistas ideológicos.

c) Voto comprometido
Entiendo por voto comprometido el que resulta de un compromiso asumido por disciplina partidista, o por obligación, o por temor a las consecuencias.
En esta categoría incluyo a los empleados de la Administración Pública (cuyo número alcanza a 2,5 millones de electores); a los militares, que a partir de la Constitución de 1999 tienen derecho a votar (la Fuerza Armada Nacional tiene entre 250.000 y 350.000 combatientes activos, incluidos los “reservistas” de la Milicia Bolivariana); a los beneficiarios de las Misiones y otros programas sociales; y a las personas que están relacionados, en forma directa o indirecta, con el Estado por medio de contratos de algún tipo. Son los electores que temen perder su empleo, su carrera, su prebenda o su contrato si no votan, o si votan por un candidato distinto del que Chávez propone.

d) Voto utilitarista
El voto utilitarista se concreta en función de una estimación de la utilidad, cualquiera sea su género, a partir de un ejercicio racional de análisis comparativo, en el que sin duda también influye el aspecto emocional, según sean las condiciones del entorno. En esta categoría incluyo a los electores que, independientemente de sus preferencias políticas, prestan atención a las campañas electorales de los distintos candidatos, ponderan las propuestas de cada uno, probablemente dudan de todos ellos, no se identifican especialmente con ninguno, y llegado el momento es posible que voten por aquel cuya oferta electoral haya logrado incentivarlos, o que voten nulo, o que sencillamente se abstengan de votar. El voto utilitarista se caracteriza, además, por ser un voto susceptible de cambio entre un evento electoral y otro; esta circunstancia lo aproxima a la categoría del voto estimulado, cuando el principio utilitario que rige la decisión del elector halla correspondencia en un estímulo determinado.
Suponiendo que mis categorías estén bien definidas, entonces es factible que los mencionados grupos de electores encajen en ellas; lo que no puedo asegurar es que todos los electores de cada uno de esos grupos hayan votado de acuerdo con tales premisas, porque es bastante probable que haya habido más de un voto transversal.

¿Cuáles fueron los motores de la campaña de Chávez?
Lo que impulsó la campaña oficialista fue una serie de motores alineados en perfecta formación: la indisimulada laxitud del CNE ante el uso ilegal de los recursos del Estado en la campaña del oficialismo y ante los excesos cometidos por el candidato y el partido oficialistas, la sumisión del Tribunal Supremo de Justicia en sus sentencias indiscutiblemente sesgadas, y la implacable ferocidad de los medios de comunicación del Estado. Si a todo esto se suma el dineral de las arcas públicas que se empleó descaradamente en propaganda electoral, repartición de bienes de toda clase -desde viviendas, dinero contante y sonante, y artefactos de línea blanca-, está claro que no hay manera de lograr una competencia equilibrada.

Aun así, pienso que Hugo Chávez no venció a Henrique Capriles con la holgura que aparentan los resultados; a su victoria se le ven las costuras. En un país cuya población electoral raya los 19 millones de ciudadanos, es un triunfo a medias que uno de los candidatos sea electo con 8.062.056 votos (55,14%) y que su adversario político haya obtenido 6.468.450 votos (44,24%). La sociedad venezolana continúa dividida, no sólo en cuanto a la cuestión política, sino en casi todos los demás aspectos, un ramaje de valores e intereses distintos y opuestos que en el transcurso de 14 años han puesto en peligro de extinción a nuestro árbol democrático.

Sin embargo, el candidato electo -por cuarta vez consecutiva- no ha tenido oportunidad de celebrar, como en los eventos anteriores, su victoria, debido a su mal estado de salud, que no le fue posible ocultar durante la campaña electoral y que hace apenas unos días admitió, in extremis, públicamente. Y también in extremis y hasta el 10 de enero delegó ciertas funciones en el Vicepresidente Nicolás Maduro. 

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